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El modelo fanático de Sánchez

Publicado: noviembre 7, 2026, 3:07 am

Lo que el mesianismo puede hacer en las personas da un poco de miedo. La Guerra Civil del Sanchismo, esta confrontación de turras que nos ha tocado, se libraba en la puerta del polideportivo El Cabañal, en Valencia, el lugar elegido para la aparición de Pedro Sánchez después de que la segunda tragedia ferroviaria en nueve meses le dejara sin coartada para la reelección. Ser guapo está bien, pero a un presidente del Gobierno se le pide también, al menos, no tener un centenar de caídos en una infraestructura crítica. Una mujer recitaba proclamas de la Derecha Tróspida con un megáfono desde el balcón. Sus gritos convertían en Gremlins a los jubilados atrapados en los accesos. Les faltaba el aire y les sobraba argumentario. Mila, una profesora jubilada, sufría por verse desplazada. Dos horas de espera después, no conseguiría alcanzar a Pedro Sánchez. «Han enchufado a los que venían en autobús. Yo soy de aquí. A esta gente la pierde», decía. La edad media del público era sensiblemente superior a la de los figurantes situados en el escenario. Los pensionistas aplaudían y los chavales asentían. Crisóstomo, de 75 años, trabajador de banca, ayudó a Sánchez a ganar las primarias. «Estoy con Pedro desde el principio». Los sanchistas viejos, como sucede en España con los boomers, tienen el control.

Pilar Bernabé, candidata del partido en Valencia, dejó claro en un minuto a qué había ido Sánchez: a compararse con Mazón. Desde luego que ninguno de los dos vive su mejor momento. Recurrir, tras dos legislaturas, a elevarse por mediación del pobre diablo de Mazón es un síntoma de debilidad de Sánchez. Nadie espera oír de ningún presidente que su listón lo pone aquel político en modo avión. Ocurría una cosa. Estaba a simple vista. El acto era una trituradora de tragedias.

La política consiste en crear pequeños ecosistemas a salvo de la realidad. Ocurre en todos los partidos, pero Sánchez alcanza una regularidad apabullante en el ventajismo. Es un Cristiano Ronaldo de la huida, el Mick Jagger de eludir responsabilidades, el Brad Pitt de las trincheras. Hubo histéricas que se lanzaron a besarlo y al rato guardaban un minuto de silencio por las víctimas de Urda. «Ah, claro», señaló una señora cuando la megafonía cortó la mayonesa con el luto. «No quiero más música, a ver si hablan», pedía su compañera. Luego, los aplausos retuiteaban las palabras de Bernabé sobre lo sucedido en la Dana. La gestión del Gobierno entonces, al parecer, había sido impecable. Seguramente, entre todos los congregados, alguien llevaba colgada una víctima que podría haberse salvado si Sánchez hubiera lanzado la ayuda antes de que se la pidieran. En el aire quedó un olor a muerte, la muerte estaba más presente que nunca. El amor ha dejado paso a los funerales. La gente tomaba su fuerza de las víctimas. Fue un poco triste asistir a ese espectáculo.

Todavía no había salido la estrella abandonada por Óscar Puente y ya estaba todo dicho. Qué podía decir Sánchez. Habría estado bien que, ante la ausencia de palabras y como el ministro de Transportes, lo hubiera dejado justo aquí, por sorpresa, dándose a la fuga de sí mismo, que es la última escapada que le queda. La nueva campaña le queda holguera. Servicios públicos o gestión son conceptos que ha vaciado. Fue gracioso su valoración de la huelga general. «No es contra nadie», reveló un hallazgo. Dio paso a la primera huelga obituario, la huelga Maricarmen. Trataron de sacar brillo a lo que llamaron el modelo de Pedro Sánchez. Y el modelo de Pedro Sánchez es haber legado un país peor: ahora todo el mundo está politizado además de empobrecido. Sánchez se sostiene gracias a las adhesiones y odios que vampiriza. Por esa catarsis que provoca a su paso. Llamó a este modelo, a la tierra quemada, «un faro, el lado correcto de la historia». Pues a ver si los dos o tres votantes que quedan sin fanatizar empiezan a encontrar la luz.

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