Publicado: noviembre 2, 2026, 3:00 am

Cuando Donald Trump dio a conocer los principales puntos de interés de su política exterior para su segundo mandato hubo una región que se llevó todas las miradas. Recuperar la influencia en América Latina se convirtió en el elemento clave para ampliar su poder en el mundo. Desde Alaska hasta Tierra del Fuego, el continente americano se ha convertido en el territorio para disputar la influencia de China. Y esa resignificación de la Doctrina Monroe, que ha vuelto a proyectar a América como el patio trasero de Estados Unidos, se ha llevado aplicado a cualquier precio.
El intervencionismo estadounidense en esta segunda Administración de Donald Trump se ha visto en ejemplos que van desde las acciones militares directas, como los bombardeos a lanchas en el Caribe sin juicio previo o la captura de Nicolás Maduro en Venezuela; las intervenciones en procesos electorales, como ocurrió en Argentina; los aranceles a aquellos países que no aceptan sus condiciones, con Brasil como país más afectado; o directamente el bloqueo comercial, como está ocurriendo en Cuba. Todas estas políticas han intensificado ese viraje hacia la derecha de América Latina que ya se estaba produciendo en los últimos años.
Sin embargo, la victoria del progresista Lula da Silva en Brasil, la economía latinoamericana más importante, y las posibilidades de que en las ‘midterms’ de este martes el Partido Republicano pierda el poder que tiene en el Congreso, amenazan con poner barreras a esa doctrina. Desde 2006 todos los presidentes en ejercicio han perdido sus elecciones de mitad de mandato, y aunque la ventaja demócrata responde más al impacto económico que a sus relaciones con países vecinos, algunas decisiones derivadas de sus políticas en el continente le pueden pasar factura en el voto latino.
¿Por qué es tan importante América Latina para Trump?
La renovada Doctrina Monroe, rebautizada como ‘Doctrina Donroe’, por la combinación del apellido de Donald Trump y el del expresidente James Monroe, refleja hasta qué punto América Latina se ha convertido en una pieza estratégica para la Casa Blanca en su pulso global con China. Washington busca recuperar su hegemonía sobre el continente y evitar que Pekín siga ampliando su presencia en sectores clave como las infraestructuras, las telecomunicaciones, la energía y los minerales críticos. No se trata únicamente de una cuestión comercial, sino también de seguridad e influencia geopolítica. «Cada vez que Estados Unidos ha tenido un desafío estratégico, activa lo que ellos llaman la gran estrategia: usar todos los instrumentos políticos, económicos, militares y propagandísticos para neutralizar la influencia de esos actores», explica a 20minutos Fabián Calle, politólogo y analista internacional.
En ese contexto se enmarca también el llamado Escudo de las Américas, una iniciativa impulsada por Trump que busca coordinar a gobiernos ideológicamente afines y reforzar el liderazgo estadounidense en la región. Para Leandro Morgenfeld, profesor de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina detrás de esta alianza existe «una voluntad de establecer relaciones de subordinación política y desplazar los mecanismos tradicionales de cooperación internacional». A su juicio, la iniciativa también supone «dejar de lado organismos multilaterales» y concentrar las decisiones en el propio Trump y en su secretario de Estado, Marco Rubio. Una fórmula que, más allá de su alcance práctico, evidencia la intención de la Administración estadounidense de construir un bloque político propio en América Latina frente al avance de Pekín.
Sin embargo, las aspiraciones de Washington chocan con dos realidades cada vez más evidentes: el peso económico de China en la región y la imagen de Estados Unidos en el continente. China es ya el segundo socio comercial de América Latina y el primero de Sudamérica. Esta creciente dependencia económica explica las dificultades de los gobiernos latinoamericanos para plegarse por completo a las exigencias de Washington, incluso cuando mantienen con la Casa Blanca una estrecha cooperación política o militar. Un caso paradigmático es el de Argentina, donde el alineamiento ideológico entre Javier Milei y Donald Trump es total. Sin embargo, esto no ha impedido que China siga aumentando su influencia en el país, con un crecimiento de las exportaciones argentinas al gigante asiático, que pasaron del 7,5% en 2024 al 11% en 2025, y de las importaciones chinas, que aumentaron del 19% al 24%.
Por otro lado, la imagen de EEUU pierde terreno frente a la de su rival asiático. El último Latinobarómetro, realizado en 17 países, refleja que la valoración positiva de la influencia estadounidense ha descendido del 60% en 2020 al 57% en 2026, mientras que la de China ha escalado del 48% al 65%. La distancia también se aprecia en las opiniones desfavorables: el rechazo a Estados Unidos ha aumentado nueve puntos, hasta el 37%, mientras que las valoraciones negativas de China han caído del 37% al 26%. Pekín supera así a Washington en percepción de influencia regional, con Costa Rica y República Dominicana como únicas excepciones. Un cambio de tendencia que plantea un desafío añadido para Trump: recuperar el control político de un continente en el que su principal competidor económico gana cada vez más aceptación.
La victoria de Lula y el resultado de las ‘midterms’
La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil ha supuesto un revés para los planes de Donald Trump de consolidar su influencia política en América Latina. Brasil era una de las grandes piezas que Washington aspiraba a incorporar a su órbita en plena pugna con China y la derrota de Flávio Bolsonaro ha dejado a la Casa Blanca sin uno de sus principales aliados potenciales en la región. Durante su discurso de victoria, Lula lanzó un mensaje directo a Washington al asegurar que «Brasil no acepta ser el patio trasero de nadie», dejando claro que la soberanía nacional será una línea roja en sus relaciones con Estados Unidos.
El revés brasileño llega, además, en un momento delicado por el posible resultado negativo de las elecciones de mitad de mandato de este martes. Una victoria opositora supondría un importante contrapeso a la capacidad de Trump para desarrollar su política exterior y, en particular, su estrategia hacia América Latina. «Las elecciones de medio término son fundamentales. Trump durante todo el año las planteó como un plebiscito a su Gobierno», recuerda Morgenfeld. El experto en relaciones de Estados Unidos con el continente apunta que el propio mandatario llegó a advertir a los republicanos de que, si perdían, se enfrentaría a un proceso de destitución. Si los demócratas se hacen con la Cámara de Representantes y el Senado, Trump quedaría convertido en lo que en Estados Unidos se conoce como un «pato cojo», al ver muy debilitada su posición para la toma de decisiones.
En América Latina, ese nuevo equilibrio de fuerzas podría traducirse en una mayor fiscalización de las decisiones de la Casa Blanca. Los acuerdos económicos, las ayudas financieras y el uso de los aranceles como instrumento de presión sobre los gobiernos de la región encontrarían más obstáculos en el Congreso. Los demócratas podrían impulsar investigaciones sobre los acuerdos petroleros y la gestión de los recursos de Venezuela, así como sobre los fondos destinados a financiar pactos migratorios, como el que permitió trasladar deportados a la megacárcel salvadoreña CECOT. También ganarían peso las exigencias de control sobre las actuaciones del ICE y las operaciones militares estadounidenses en el Caribe y el Pacífico. En materia comercial, el Congreso podría intentar recuperar su capacidad de decisión sobre los aranceles, una de las principales herramientas que Trump ha utilizado para presionar a otros países, como ya ocurrió con Argentina y en sus intentos de condicionar la política colombiana.
No obstante, una mayoría demócrata no supondría necesariamente un freno definitivo a las aspiraciones de Washington. «Los presidentes americanos han absorbido bastantes poderes en temas de política exterior, de defensa y de seguridad, por lo tanto, no queda claro que perder una o las dos cámaras le impida a Trump jugar en esos ámbitos estratégicos», advierte Fabián Calle. De hecho, los expertos coinciden en que el cambio de mayorías legislativas no alteraría por sí solo los objetivos estratégicos de Estados Unidos en el continente. La rivalidad con China y la voluntad de mantener la hegemonía estadounidense seguirán marcando la política de Washington, independientemente de quién controle el Congreso o de quién ocupe la Casa Blanca. «La estrategia de Estados Unidos hacia la región no va a cambiar por las ‘midterms’, es una estrategia a largo plazo que ejecutan las burocracias permanentes», explica Fabián.
La principal incógnita será, por tanto, hasta qué punto un Trump debilitado optará por moderar sus actuaciones o, por el contrario, redoblará la apuesta para recuperar protagonismo. Morgenfeld advierte de que una derrota política podría llevar al presidente a intensificar su ofensiva exterior, especialmente sobre Cuba, donde teme una escalada de la presión económica y una posible intervención. Así, la victoria de Lula y un eventual triunfo demócrata en noviembre podrían complicar los planes de Trump en América Latina, aunque difícilmente acabarían con la pugna de fondo por el control geopolítico de la región.
