Publicado: julio 3, 2026, 3:05 am

Conste que nunca me habría osado titular esta columna en semejantes términos sin antes comprobar que los doctores en lenguas hispánicas constatan que lo de «cabrón» en Méjico no es una palabrota.
Allí, cabrón se le llama a los amigos sin que nadie piense que le acusas de ser mala gente y mucho menos que su pareja le pone los cuernos. ¡Viva Méjico, cabrones!, es el grito señero en la celebración del Día de la Independencia, una expresión nacionalista e identitaria.
En consecuencia bien podríamos emplearla para celebrar el encuentro que mantuvo Felipe VI y la presidenta Sheinbaum en el Palacio Nacional para sellar la normalización de las relaciones diplomáticas entre España y Méjico tras siete años de tensión originados por aquella carta absurda de López Obrador, exigiendo al Rey y al Papa Francisco que pidieran perdón a los pueblos indígenas por los abusos cometidos durante la conquista hace 500 años.
Una iniciativa populista fuera de contexto histórico hasta el punto de olvidar que, por aquel entonces, allí había un mosaico de pueblos indígenas con lenguas y culturas distintas y que el acierto militar de Hernán Cortés fue aprovechar el sentimiento de opresión de unos con respecto a otros para actuar como libertador de los oprimidos.
Claro que hubo violencia y muerte como en toda conquista, pero cuentan las crónicas que las expresiones más despiadadas fueron las protagonizadas entre los propios rivales indígenas. Crónicas que también constatan la existencia de excesos y brutalidades y que los primeros en denunciarlas fueron españoles como Fray Bartolomé de las Casas o Francisco de Vitoria en defensa de los derechos de los indígenas.
Hubo en la conquista luces y sombras y también hubo mestizaje, lo que contrasta con la colonización de la América del Norte donde la devastación de los pueblos autóctonos fue prácticamente total mientras la leyenda negra se la cargaban a España.
Ni la Corona ni el Gobierno español podían admitir la humillación que pretendía López Obrador, pero tampoco mantener por más tiempo la tensión entre dos pueblos hermanos por semejante dislate.
Había interés por ambas partes en resolverlo y se activó una filigrana diplomática en la que Felipe VI, sin llegar a pedir disculpa oficial alguna, admitió que durante el periodo de conquista se cometieron muchos abusos, como así fue.
Si en lo económico carecía de sentido mantener el distanciamiento entre dos países cuya relación bilateral ronda los cien mil millones de euros, siendo Méjico el primer socio comercial de España y nuestro país el segundo inversionista más importante en Méjico, la incongruencia del alejamiento era aún mayor en lo afectivo.
Hay un idioma, una historia en común y una estima mutua que está muy por encima de cualquier manejo político. Méjico fue el país que acogió como suyos a cerca de 25.000 exiliados republicanos tras la Guerra Civil, y donde ahora viven casi 200.000 españoles mientras en España residen unos 80.000 mejicanos.
Últimamente Madrid se ha consolidado como el principal destino europeo de las élites mejicanas convirtiéndose en los mayores compradores extranjeros de viviendas de lujo.
Por fortuna ni las críticas de los recalcitrantes a la actitud conciliadora de la Corona ni el provocador viaje de la presidenta Ayuso en su patético intento de reventarlo todo lograron dar al traste con la maniobra diplomática que culminó el pasado viernes con el encuentro entre Felipe IV y la presidenta Sheinbaum. «Hay que hablar del futuro y seguir caminando juntos», dijeron allí. Así que «viva Méjico, cabrones».
