Publicado: abril 30, 2026, 6:07 am

Ha querido el destino que un delincuente confeso llamado Víctor de Aldama haya pintado el retrato más crudo de la corrupción gubernamental que quizá se haya escuchado en una audiencia pública del Tribunal Supremo. El comisionista que ha desestabilizado a Pedro Sánchez es en el juicio del caso Mascarillas acusado y acusador porque, a cambio de un mejor trato, ha presentado pruebas que incriminan a Ábalos, a Koldo y a sí mismo. Y este miércoles fue su gran show: ocho horas híbridas entre la declaración prolija -quiso ser «claro y exhausto»- y el plató de Hombres, Mujeres y Viceversa. Entre la telerrealidad y un latrocinio en mochilas y bolsas de Carrefour del que el presidente habría estado perfectamente informado.
Como en esas películas en las que el protagonista invita al espectador a acompañarle por su vida pasada, Aldama nos dio la mano para colarnos con él en las entrañas más negras del poder.
El primer capítulo lo situó tras la moción de censura a Rajoy. Ábalos y Koldo han llegado «un poco verdes» al Ministerio de Transportes, donde su hermano trabaja de escolta. Así es como Koldo y Aldama se presentan, se entienden, el empresario conoce al ministro… y sucede el primer hito: una noche en México él paga «dos señoritas». «Es la primera y única vez que yo pago señoritas al señor Ábalos», proclamó Aldama. Hasta aquí podíamos llegar.
Luego vendría todo lo demás. Pero no por su voluntad, sino por la de sus compañeros de banquillo: «Son ellos los que me buscan a mí». Necesitaban a alguien que los ayudara a financiar ilegalmente al PSOE, dijo. El «oyes, aquí hay una oportunidad» resonó como filosofía vital.
La cantidad de detalles y delitos que fue hilvanando entró en el terreno de la incontinencia testifical. Sánchez, Begoña Gómez, María Jesús Montero, Francina Armengol, Ángel Víctor Torres, Santos Cerdán… Salvo Javier Hidalgo, nadie quedó en pie.
Habló de la «ruleta» de la obra pública («siéntate con esas constructoras a ver qué licitaciones quieren»); de la mochila con billetes que llevaba al Ministerio; de los pisos para Ábalos y el pisito para Jésica; de los 10.000 euros mensuales para «gastos fijos» («insignificativos» dentro del cómputo general)…
Fue conmovedor cuando explicó que incluso el ministro tenía sus límites. «La vez que yo he llevado el dinero [directamente] al señor Ábalos, estaba incómodo. Quería demostrar… y me parece loable… que no todo el dinero era para él».
Tampoco Venezuela sobrevivió. El supuesto impostor llegó a reunirse como enviado del Gobierno con Juan Guaidó y, dice, se quedó «estupefacto no, lo siguiente», cuando, tras las «presiones»» de Zapatero, Sánchez le dejó en la estacada. Aunque, según su relato, el PSOE y la Internacional Socialista sólo cambiaron de pagador, porque los «cupos de petróleo» con amparo estadounidense que Guaidó les ofrecía fueron sustituidos por los «cupos de petróleo» de Delcy. Y todo fluyó.
Narcisista y soberbio, Aldama es de esa gente que habla de sí misma en primera personal del plural y en pasiva refleja («se firma», «se paga»). Entre sus frases más sonoras estuvieron el consejo de su abuelo de que «el mejor negocio se hace con el dinero de los demás»; sus perlas sobre Isabel Pardo de Vera, con la que ha «desayunado» muchas veces pero que parecía ser pareja de Koldo (carcajada general); o esa otra expresión atribuida al dulce asesor según la cual a Montero se le hacía con Ábalos «el coño agua».
La asombrosa historia de auge y caída de nuestro arribista acaba por ahora con su pretendida redención. ¿Se ha arrepentido?, ¿ha dicho toda la verdad?, le preguntó su abogado, José Antonio Choclán. «El arrepentimiento está claro», respondió Aldama, compungido. Lo más inquietante lo había dicho justo antes: «Había más Aldamas. Otras personas que hacían lo mismo que yo».
Cuando abandonó el Supremo, el empresario se subió a un coche oscuro que lo esperaba en la puerta rodeado de un llamativo equipo de seguridad, con un vehículo por delante y otro por detrás.
