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Una nutricionista explica el error más común al comer ensaladas en verano

Publicado: julio 2, 2026, 7:30 pm

Cuando llega el verano, muchas personas modifican su forma de comer casi sin darse cuenta. Ensaladas al mediodía, gazpacho para cenar, fruta entre horas… El calor reduce el apetito y los platos frescos pasan a ocupar el centro de la mesa. Pero ¿qué ocurre cuando esas comidas ligeras se convierten en la base de toda la alimentación?

Para Klau Gago, nutricionista especializada en nutrición consciente y PNIE y fundadora de klauinstinto, este es uno de los errores más frecuentes de la temporada. «Tener menos hambre no significa necesitar menos nutrientes«, explica. Una afirmación que ayuda a entender por qué muchas personas terminan el día con menos energía, más hambre y una mayor necesidad de picar entre horas.

El apetito disminuye

Durante los meses más calurosos es habitual que el apetito disminuya. Muchas personas sienten que necesitan comidas más ligeras o que, simplemente, tienen menos ganas de comer que durante el resto del año. Sin embargo, esa sensación no implica que el cuerpo haya reducido sus necesidades.

«El cuerpo tiene una enorme capacidad de adaptación, pero adaptarse no significa funcionar en condiciones óptimas», señala Klau Gago. Aunque el apetito cambie, el organismo sigue necesitando proteína, grasas saludables, vitaminas, minerales y energía suficiente para mantener la masa muscular, producir hormonas, reparar tejidos y sostener el sistema inmunitario.

El reto, según la especialista, no consiste en comer igual que en invierno, sino en adaptar la alimentación al verano sin dejar de aportar aquello que el cuerpo necesita para funcionar correctamente.

Lo que muchas comidas veraniegas dejan fuera

Que una comida sea fresca no significa necesariamente que esté aportando todo lo que el organismo necesita. Según explica Klau Gago, una de las diferencias más habituales entre una ensalada equilibrada y otra que no lo está suele encontrarse en la presencia de proteína y en el aporte energético total del plato.

Una ensalada de hojas verdes, tomate o pepino puede resultar refrescante y aportar fibra y volumen, pero una comida principal necesita algo más. Para que sea completa, recomienda incorporar fuentes de proteína como huevo, pescado, legumbres o pollo, además de grasas saludables como aceite de oliva virgen extra, aguacate o frutos secos.

«En consulta veo con frecuencia platos muy grandes a nivel visual que, sin embargo, aportan pocos nutrientes», comenta. El resultado es que muchas personas sienten que han comido suficiente porque el plato parece abundante, cuando en realidad no están cubriendo las necesidades de una comida principal.

Por qué llegamos con tanta hambre a la tarde

El hecho de tener menos apetito en verano tampoco significa que el cuerpo deje de necesitar energía. De hecho, cuando una comida no aporta los nutrientes necesarios para resultar realmente saciante, es habitual que el hambre aparezca horas después.

«Con frecuencia, el hambre de las seis de la tarde empieza realmente a la una o a las dos del mediodía«, explica Klau Gago. Si durante la primera parte del día hemos consumido poca proteína, poca energía o comidas con escasa capacidad saciante, es más probable que aparezcan antojos a media tarde.

A partir de ahí suele repetirse una situación muy frecuente: el cuerpo reclama aquello que no ha recibido antes y aparecen el picoteo, los snacks improvisados o esa sensación constante de que siempre apetece algo más. En verano, cuando las tardes se alargan y los encuentros alrededor de una terraza, una cerveza o un aperitivo son más habituales, esta dinámica resulta todavía más fácil de normalizar.

«Es habitual atribuir esos antojos a una falta de control, cuando en muchas ocasiones reflejan simplemente una respuesta fisiológica normal a una ingesta insuficiente durante las horas previas«, añade. Para Klau Gago, uno de los errores más comunes del verano es confundir una alimentación ligera con una alimentación insuficiente.

«Cada verano veo personas que sustituyen comidas completas por ensaladas muy básicas, fruta o zumos porque creen que así se sentirán mejor o adelgazarán más rápido», afirma. Sin embargo, esta estrategia suele tener el efecto contrario al que buscan: menos energía, más hambre, más picoteo y una sensación persistente de que el cuerpo necesita algo más. «Comer ligero puede estar bien, siempre que la comida siga aportando proteína, grasas saludables, vitaminas, minerales y energía suficiente», recuerda.

La clave, concluye, no está en renunciar a las ensaladas, los gazpachos o los platos frescos que apetecen en esta época del año. El secreto está en construir comidas que, además de resultar apetecibles, sigan cubriendo las necesidades del organismo.

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