Publicado: julio 3, 2026, 8:30 am
Tiene Putin a sus espaldas una larga lista de ciudades arrasadas. Grozny, la capital de Chechenia, fue su primera víctima. En la ciudad más destruida del planeta —eso dijo la ONU en 2003—, murieron más de 5.000 civiles sin que nadie moviera un dedo para ayudarles. Alepo, en apretada colaboración con el sanguinario Bashar al-Asad, fue la segunda. Mariúpol, aislada del mundo en el Donbás ocupado durante los primeros días de la invasión de Ucrania, tuvo el dudoso honor de completar el podio fatídico.
En los cuatro años de guerra que ya se han cumplido, Putin ha añadido algunas muescas más a donde quiera que lleve la cuenta de sus crímenes. Sin embargo, no pueden tratarse de la misma manera desde el punto de vista de la legalidad internacional porque, en general, en las demás ciudades destruidas por Moscú en su campaña conquistadora —Bajmut, Pokrovsk y varias más de menor tamaño— ha habido tiempo para evacuar a los civiles que las habitaban.
Hasta hace unos meses, Kiev había sido tratada de forma diferente. ¿Por qué razón el enemigo número uno del dictador —nadie ha desafiado tanto y tan públicamente su autoridad como la capital de Ucrania— merecía un trato más benigno? Porque, al contrario de lo que había ocurrido en las tres grandes ciudades martirizadas por Putin, allí había incómodos testigos de la comunidad internacional.
Por desgracia, la situación ha cambiado de forma dramática para los ciudadanos de Kiev. Después de las amenazas apocalípticas del presidente Trump al pueblo iraní, ¿quién va a decirle a Putin que bombardear ciudades en la retaguardia de su enemigo ya no es una forma legal de hacer la guerra? Ratificado en su día por la URSS, el protocolo adicional a los convenios de Ginebra que lo prohíbe expresamente entró en vigor en 1977, unos años después del final de la guerra de Vietnam. Pero poco le importa eso al dictador del Kremlin. La mejor prueba de que se siente liberado por las palabras de Trump nos la dan las agencias que la propia ONU tiene sobre el terreno, que han identificado al menos 274 civiles muertos en Ucrania en el pasado mes de mayo, la cifra mensual más alta desde el comienzo de la invasión.
Emplea Putin a menudo el pretexto de que sus bombardeos son represalias por los ataques de Zelenski a sus instalaciones petrolíferas. Y es cierto que las refinerías no son objetivos militares y, por ello, no pueden considerarse legítimos por sí mismos. Los Convenios de Ginebra, sin embargo, permiten los daños a las estructuras civiles siempre que la ventaja militar concreta que se derive de ellos —imagine el lector la destrucción de un puente, cuando es imprescindible para asegurar la defensa de una plaza— lo justifique. ¿Entra la guerra económica en la que confía Ucrania para defenderse en este supuesto? Doctores tiene la Santa Madre Iglesia para discutirlo, pero hay tres consideraciones que los lectores deben tener en cuenta a la hora de formarse su propia opinión.
La primera es que las represalias contra objetivos civiles —la historia recuerda con horror el criminal fusilamiento de rehenes como castigo por los ataques de partisanos en la Segunda Guerra Mundial— están expresamente prohibidas por los Convenios de Ginebra. Si, como Putin suele decir, él solo ataca objetivos militares, entonces el concepto de represalia se vuelve absurdo. Destruir las capacidades militares de su enemigo es su deber en tiempo de guerra, y no puede depender de que Ucrania ataque o no sus refinerías.
La segunda es que los bombardeos de las refinerías tienen como objetivo derrotar a Rusia por el talón de Aquiles de su economía, no matar civiles. Podría discutirse su legalidad —una discusión que sería estéril porque Ucrania es la víctima de esta guerra, no el agresor— pero lo que no es cierto es que sean ataques terroristas. Sí lo son los rusos, que buscan rendir al pueblo ucraniano por el miedo y, cuando llega el invierno, también por el frío.
La tercera —la verdadera «prueba del algodón»— es que la campaña aérea contra las respectivas retaguardias terminaría hoy mismo si Putin lo aceptara. Incluso sin necesidad de esperar a una tregua en el frente, Zelenski ha ofrecido en numerosas ocasiones el cese de los bombardeos mutuos y es el dictador ruso quien se ha opuesto al acuerdo. No hacen falta más evidencias para determinar quién es la víctima que se resiste pataleando y quién el verdugo que, descargado de culpas por las desafortunadas palabras del presidente Trump en la guerra de Irán, está decidido a dar marcha atrás al reloj de la historia para volver a emplear el terror como arma de guerra.
