Publicado: abril 26, 2026, 1:30 am
Katia y Yeva viven en los suburbios de Chernóbil, pero dos veces al año son acogidas por las familias de Naikiri y Pablo en el País Vasco. Sus padres las envían para alejarlas de la radiación que sigue afectando a la región ucraniana 40 años después de la explosión del reactor 4 de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, considerado el peor accidente de este tipo de la historia. Aunque las menores de diez y nueve años no solo vienen a España para respirar aire puro y comer alimentos sin radiación, sino también para escapar de la guerra desatada en 2022.
Yeva llegó a la vida de la familia de Pablo en diciembre de 2024. «Mi mujer siempre había querido acoger un niño», afirma a 20minutos este hombre de 61 años que reside en Gipuzkoa y que conoció el programa de acogida junto a su pareja a través de una compañera de trabajo de ella. Tras informarse del tema, tomaron la decisión de acoger a uno de esos niños, aunque con la incertidumbre de no saber si lograría adaptarse. «El primer encuentro fue mucho mejor de lo que pensaba. Bajó del autobús y nos abrazó. En el trayecto estuvo silenciosa, pero cuando llegamos a casa se puso a jugar un juego de mesa con los hijos de mi mujer», recuerda antes de sostener que tampoco sabían si ella los aceptaría ya que los niños conocen a la familia que los recibirá, por medio de una carta de presentación, al subirse al autobús que los traerá a España.
A pesar de la barrera del idioma, Yeva se integró muy bien desde el primer momento. Y, tras haber pasado tres temporadas en España, ahora es capaz de «cambiar el chip» entre el ucraniano y el castellano cuando habla. «Su capacidad de aprendizaje es increíble», resume Pablo, quien describe a Yeva como una niña muy alegre a pesar de que sus padres están separados y de las situaciones a las que se tiene que enfrentar en su país de origen, donde los cortes de luz son constantes y los drones sobrevuelan su casa. Pablo también confiesa que admira su generosidad —ya que siempre comparte toda la comida que le ofrecen— y la «facilidad que tiene para abrirse a los demás».
Naikiri, por su parte, asegura a este medio que siempre quiso tener tres hijos, pero por motivos económicos solo tuvo dos. Al pasar el tiempo, y estabilizarse su situación, ella y su marido tomaron la decisión de acoger a un niño ucraniano. «Siempre me pareció una ayuda mucho más directa que hacer donativos monetarios», afirma la joven de 35 años. Fue entonces cuando Katia llegó a sus vidas. Aunque los primeros tiempos no fueron nada fáciles. «Lo peor era verla llorar. Nunca había pasado una noche sin su madre», manifiesta Naikari.
Con el tiempo Katia se fue adaptando a su familia de acogida y a España, donde ha tenido la oportunidad de ir a la playa, a centros comerciales, de ver películas en 3D en el cine y de aprender a nadar. «Cuando vio la playa por primera vez yo pensaba que le daba algo. Hasta me quemé cuando la llevé porque no era capaz de sacarla del agua», recuerda Naikiri. «Cuando la llevas al centro comercial Garbera la niña piensa que está en un parque de atracciones», añade antes de asegurar que, a pesar de su corta edad, es una niña muy autónoma. «Si la dejas, es capaz de meterse a la cocina para preparar recetas de su país. Y como se aburra se pone a hacer las tareas de la casa, bien sea coger la aspiradora o acomodar todo en el armario». A los ruidos fuertes, como petardos y fuegos artificiales, todavía no ha podido acostumbrarse. «Se asusta. Es lo que peor lleva», indica.
Tanto Katia como Yeva tienen la posibilidad de pasar los meses de julio, agosto y las vacaciones de Navidad junto a Naikiri y Pablo gracias a la asociación Chernóbil Elkartea, que gestiona las acogidas de menores ucranianos —de entre ocho y 18 años— procedentes de la región de Chernóbil. De acuerdo con su presidenta Marian Izagirre, la asociación nació para poder ayudar a las familias de bajos recursos que querían liberar a sus hijos, al menos por un tiempo, de la radiación. Eso ocurrió hace ya 30 años y actualmente son unos 150 los niños que todos los años participan en el programa (100 en verano y 50 en diciembre).
«La asociación evoluciona en función de las necesidades de Ucrania», dice Marian antes de recordar que los cambios más importantes ocurrieron durante la pandemia, cuando les fue imposible traer a los menores, y a raíz de la invasión rusa de Ucrania. «Al principio solo traíamos menores que tenían un vínculo con una familia de aquí. Pero tras la guerra lo que hacíamos era atenderles en la huida desesperada. Nos costó casi dos años volver a retomar el trabajo de verano«, sostiene.
Al ser preguntada por el estado de salud físico en el que llegan los niños a España, Izagirre dice que es el de una persona «afectada por la radiación» y que este mejora notablemente al comenzar a vivir con su familia de acogida. «Los niños ganan peso, les cambia el color de la piel y enferman menos en invierno. Se les ve enseguida el cambio. Todo va variando porque aquí la alimentación y el aire son más sanos», declara. No obstante, también admite que la guerra tiene un efecto en su salud mental. «Ahora vienen con un nivel de estrés un poquito alto porque están acostumbrados a pasar la noche bajo el sonido de drones y misiles. Entonces, el poder descansar toda la noche, que puedan estar en un parque jugando y no pase nada es importante. Y eso se nota», sentencia.
El programa que ofrece la asociación es vacacional, por lo que una vez que acaba el periodo los menores vuelven con sus familias a Ucrania, desde donde permanecen en contacto tanto con la ONG como con sus familias de acogida. Estos son los casos de Katia y Yeva, cuyos padres de acogida coinciden en que haber tomado la decisión de recibirlas ha sido muy gratificante. «Solo el ver que ella hace planes con nosotros a futuro me parece increíble, porque esto al final quiere decir que la niña está bien y se siente segura con nosotros», afirma Naikiri, para quien Katia siempre será un miembro más de su familia.
