Publicado: julio 13, 2026, 8:00 am
En junio la inflación bajó a 3.37% anual, su nivel más bajo desde diciembre de 2020. Buena noticia para el gobierno, para el Banco de México y, sobre todo, para los hogares. Pero un dato mensual bueno no borra los riesgos. Ahí siguen.
Uno de ellos no se origina en Palacio Nacional o el Banco de México. Se genera despacio, en años de decisiones erróneas que hoy resumimos en dos palabras: cambio climático. Y no afecta a todo el país por igual. México no tiene un problema climático, tiene varios encimados: sobra agua donde hace daño, falta donde sostiene la agricultura y las presas.
Julio arrancó con lluvias intensas en el centro-sur, ondas tropicales que dejaron entre 100 y 200 milímetros, hasta 500 en zonas de montaña. Esa lluvia no le sirve en nada a la sequía del norte. En Puebla y la Ciudad de México el agua llegó como inundación urbana. Colapsó calles. No llenó presas.
El norte vive la situación opuesta. Domo de calor, temperaturas arriba de 40 grados. A nivel nacional la sequía parece controlada, apenas 7.4% del país, el nivel más bajo desde 2020, pero el promedio no refleja lo que importa porque es más intensa en el norte del país.
Las presas explican mejor la paradoja que cualquier promedio nacional. Las lluvias de 2026 sí las recargaron, pero las 210 principales apenas almacenan 56,900 millones de metros cúbicos, que es el 48% de su capacidad máxima. Se inunda una cuenca y en la de al lado falta agua.
Cuando el agua daña infraestructura urbana en vez de beneficiar cultivos y presas, el riesgo no desaparece, cambia de forma y afecta a la producción agrícola, a la logística y, al final, a los precios.
No toda sequía se convierte en inflación general, eso hay que aclararlo, porque pega a productos y hogares específicos. El Documento de Investigación 2023-16 del Banco de México, “Weather shocks, prices and productivity: Evidence from staples in Mexico”, de Arellano González, Juárez-Torres y Zazueta Borboa, analizó dos productos básicos, el maíz blanco y el frijol, y encontró efectos inmediatos y rezagados en sus precios ante choques de temperatura y lluvia. El inmediato ronda 2.0%, el rezagado va de 1.0 a 2.5%.
Lluvias extremas, sequía regional, presas frágiles, el contraste norte-sur, todo eso tiene la misma causa. México recibe agua cada vez más irregularmente y la administra con infraestructura insuficiente. Un mes se ve como inundación, al siguiente como sequía, al final como alimentos más caros.
Y eso importa porque los alimentos pesan más en el presupuesto de los hogares de menores ingresos. Para ellos, tortilla, frijol, huevo o verduras más caros no son una variación estadística, son menos dinero para el transporte, las medicinas, las escuela o la renta.
Banxico puede subir o bajar la tasa. Lo que no puede hacer es mover lluvias del centro-sur al norte, ni detener una inundación, ni reconstruir una cosecha perdida. La política monetaria sirve contra ciertas presiones inflacionarias, no contra todas.
La inflación ya no debe leerse solo desde Hacienda, Banxico o el Inegi. También desde el campo, las presas, las lluvias, la sequía y la mesa de millones de familias que no compran “inflación general”, sino kilos de tortilla, frijol, huevo y verduras.
La inflación también depende del clima.
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