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La cumbre de Ankara y las peras del olmo

Publicado: julio 7, 2026, 12:30 am

Puede que los mansos hereden la Tierra, pero eso no va a ocurrir mañana. No antes de que se cumpla una condición imprescindible para heredarla: la desaparición de los príncipes guerreros que hoy la dominan. Mientras esto no ocurra, los pacifistas de corazón que asumen el compromiso de no abusar de su propia fuerza son tan dignos de aplauso como de crítica cuando llevan su legítima postura ética hasta el extremo de negar una verdad fundamental en la naturaleza: el pez grande se come al chico.

Lo cierto es que, hoy por hoy, la mar, como el patio de Monipodio en el que las naciones compiten por su futuro, es un lugar peligroso para los débiles. Por esa razón, los peces pequeños se agrupan en grandes bancos; los otros bancos —los que se ocupan de nuestros ahorros— se unen para ampliar sus cuotas de mercado; y las naciones, tanto las pequeñas como las grandes que quieren serlo aún más, forjan alianzas. Ninguna de esas alianzas, por cierto, puede presentar una hoja de servicios tan limpia como la de la OTAN. Tan solo una vez en 77 años, durante la crisis de Kosovo, actuó fuera del paraguas de Naciones Unidas y, aunque aquello fue un error, cabe la atenuante de motivos altruistas: nadie pretendió quedarse con un solo metro cuadrado de tierra serbia.

Las naciones, con todo, suelen ser más pragmáticas que agradecidas, y no seré yo quien las critique por eso. De poco sirve mirar atrás. Lo que importa es el futuro, y es el futuro de la Alianza el que vuelve a ponerse a prueba este martes en Ankara. ¿En qué condiciones? Pese a los dislates de Donald Trump, los nubarrones que se ciernen sobre la cumbre no parecen tan negros como los del año pasado en La Haya. Las dos grandes cuestiones de entonces —la hipotética retirada de los EEUU de la Alianza y la equívoca postura de Washington sobre la invasión de Ucrania— parecen, si no resueltas para siempre, sí temporalmente desactivadas. Sobre la primera de ellas, acabamos de escuchar al embajador Matt Whitaker declarar que su país es un «miembro orgulloso» de la OTAN y que «no se va a ninguna parte». Acerca de la segunda, el comunicado de la última cumbre del G7 reconoce a todos los integrantes del grupo, EEUU incluidos, «unidos en su apoyo inquebrantable a Ucrania en la defensa de su libertad, soberanía e integridad territorial».

¿Nos espera entonces una cumbre tranquila, centrada en los importantes asuntos que la Alianza todavía tiene entre manos? Seguramente no, y es una pena porque en esta ocasión hay amplios consensos sobre los asuntos fundamentales. Todos los aliados reconocen —aunque alguno lo haga a regañadientes— que Rusia sigue siendo la principal amenaza… y todos admiten que la OTAN debe ser más europea a medida que Washington desplaza su atención al Indopacífico. Nadie se opone a que el reparto de las cargas presupuestarias de la defensa europea sea más justo, y la mayoría reconoce que, si el ritmo es el adecuado, el nuevo equilibrio sería para Europa y para su defensa una nueva oportunidad, más que un problema. Incluso en el asunto que a priori parece más difícil, la guerra de Irán, parece posible construir un texto aceptable para todos siempre que se centre en las negociaciones pendientes más que en los desencuentros pasados: nadie desea que Irán tenga armas nucleares ni que quede en su poder la llave del estrecho de Ormuz.

Con todo, mientras Donald Trump sea el presidente de los EEUU, no es razonable esperar una cumbre reposada. Es probable que, frente al efecto tranquilizador de los acuerdos que recogerá una declaración final que, a estas alturas, habrá sido ya consensuada por todas las naciones, lo que quede en la memoria de la ciudadanía —y, lo que es peor, en la mente de los enemigos de Europa— sean algunas de las declaraciones hechas en los pasillos por el magnate y por quien quiera entrar en el juego de contestarle. Ojalá todos ellos se limitaran a firmar lo ya pactado y sonreír para la fotografía… pero eso, me temo, sería como pedir peras al olmo.

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