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José Azeite ve la televisión y se enamora de su The Bear

Publicado: septiembre 13, 2026, 7:30 pm

Mientras camina por los pasillos de su supermercado de confianza, el crítico, periodista y editor cultural José Azeite tararea una ranchera. Ni siquiera un intelectual de su potencia puede librarse del placer patrio de escuchar todo un concierto del Potrillo mientras pide el jamón, lleva la leche de soya, el pan que le gusta a Jacinta. Azeite es puerilmente feliz porque el año ya se acaba y eso significa dos cosas: pan de muerto de la Ideal y rosca de reyes de la Pastelería Suiza. La glotonería de Azeite es bien conocida, tanto que su enemigo a muerte, el crítico de arte Magnífico Togarashi, ha intentado más de una vez provocarle vómitos y diarrea con un Ferrero Rocher envenenado con eméticos. Las rivalidades entre pensadores nunca dejan de ser fascinantes.

Azeite camina a solas por el súper y como siempre, no deja de pensar. Estas últimas semanas hizo caso a Jacinta, su ahijada, y ha invertido algún tiempo en ver televisión. Hace veinte años que Azeite dejó de seguir series y telenovelas con interés. Cuando se acabó The Wire, el periodista pensó que nada podría superar la experiencia. Para Azeite no hubo ni habrá mejor serie estadounidense que The Wire, monumental arquitectura de la muerte del American Dream contada a partir de microhistorias con el escenario de la ciudad de Baltimore. Hay experiencias que se guardan puras en la memoria y el recuerdo de los guiones de The Wire todavía mantiene abrigado a Azeite en las noches frías de invierno.

Azeite es pedante, ya se sabe, pero también es fácil de convencer sobre todo si se le llega por la panza. Jacinta: que su padrino se baje de la nube, que hay muy buenas cosas en las plataformas. “No mames, padrino, date una vuelta por AppleTV o Disney+, hay grandes guiones, enormes actuaciones, diversión e inteligencia. Tengo la serie perfecta para los tragones como tú”.

La recomendación resultó una serie con el sospechoso título de The Bear. A regañadientes Azeite se sentó a ver lo que pensó serían las aventuras de algún veterinario de zoológico, adicto en recuperación pero con noblísimo espíritu de servicio, que encuentra el amor con una psicóloga pediátrica en una ciudad pequeña. Así de cliché son los gringos, pensó Azeite antes de sentarse a ver, control remoto en mano para apagarle pronto.

Nuestro valeroso héroe camina por la tienda y no deja de pensar en The Bear. La acaba de terminar y su corazón está, ay, no digamos roto porque Azeite es alérgico al romanticismo, pero sí chueco y doblado. Azeite no deja de aquilatar a The Bear como el retrato trágico de los grandes restaurantes (o de toda empresa artística, si a esas vamos), pero todo en una muy lograda clave de comedia.

Porque The Bear, piensa Azeite, es una comedia a pesar de lo que algunos críticos televisivos han opinado (Azeite ya se echó un chapuzón en lo que dicen sus colegas). ¿Demasiado solemne para ser chistosa? Error de apreciación, dice Azeite: la comedia es un género que admite matices. No se trata de acumular carcajadas fáciles sino de retratar personajes comunes que tienen la libertad de buscar su felicidad. Ese es el distintivo de lo cómico: la libertad de los personajes para ser felices y al final lograrlo o al menos estar cerca de ese objetivo tan manoseado pero tan real. Ayuda, por supuesto, que haya momentos chistosos en la trama y en The Bear los hay. Cuestión zanjada, The Bear es una de las mejores comedias de esta generación.

Pero es necesario hacer una pausa y explicar de qué trata The Bear. Si usted es como Azeite y vive en una cueva de libros y pensamientos, y cree que la televisión ya no tiene nada para ofrecerle, le recomiendo que vea The Bear. La serie sigue a Carmen Berzatto, el mejor chef del mundo que, por obligación moral, regresa a su Chicago natal para hacerse cargo del restaurante de sándwiches de su hermano Michael. Michael, dueño de una personalidad magnética pero también adicto y deprimido, es una presencia fantasmal: se suicidó sin dejar una explicación, ni siquiera una notita póstuma. Su único adiós: heredó el restaurante a Carmen, su hermano menor. Quien no lo quiere, lo último que le interesa al chef Berzatto es reencontrarse con el caos triste de su familia.

La premisa, piensa Azeite, no podría ser más aburrida. Tantas veces hemos visto esas historias de redención en la que el protagonista uberexitoso regresa a su casa paterna para poner orden y, en el camino, se descubre a sí mismo. Pero The Bear es otra cosa.

Para empezar Chicago no es ningún pueblito palurdo al que el héroe regresa para convertirse en la salvación. Lo interesante de la serie es que la intervención de Carmen no es bienvenida y quizá ni siquiera necesaria. El restaurante de Michael está bien establecido como sitio del barrio: todo el rumbo conoce y ama sus sándwiches italianos. El típico lugar que habría amado Anthony Bourdain: un restaurante honesto, la sal de la tierra.

La verdad: el restaurante está quebrado porque, nos damos cuenta a lo largo de la serie, esa es la doble vida de los restaurantes, exitosos a primera vista, un fracaso financiero en la trastienda.

En la serie abundan grandes personajes. El favorito de Azeite es Richie (ahora Azeite quiere ver todo en lo que salga Ebon Moss-Bachrach, el actor que interpreta al Cousin Richie). En la primera temporada Richie está a dos segundos de perder el control y madrearse a alguien, sobre todo a Carmen, al que ve como un bebé llorón que viene a destruir el aura del restaurante. Azeite no puede sino asombrarse del trayecto dramático de Richie: de un desastre de tomo y lomo al alma y corazón de la serie. No es gratuito que Moss-Bacharach se haya llevado dos veces el Emmy a mejor actor de reparto en una comedia.

Carmen por sí mismo es fascinante. Interpretado con una energía violenta por Jeremy Allen White, el chef Berzatto es el mejor del mundo en lo suyo (sí, necesita aclararse Azeite, que gran acierto es ponerle Carmen a un personaje italiano y, para más inri, tortuoso como los acólitos de la virgen del Carmen. Todo hay que decirlo, no deja de ser extraña la ocurrencia de bautizar así a un personaje masculino). De verdad, el mejor: ganador de todo tipo de galardones y reconocido así por sus colegas de toda la escena gastronómica internacional. Los comensales hacen reservaciones con meses de anticipación para probar sus maravillas en un gran restaurante de Nueva York. ¿Para qué dejarlo todo y rescatar The Original Beef of Chicagoland, el ridículo local de su hermano? Porque hay deudas que sólo el corazón entiende.

La tríada de protagonistas se completa con Syd, la sous chef interpretada por Ayo Edebiri. Azeite piensa que Syd se parece a su ahijada Jacinta: una mujer joven, casi adolescente, que no tolera ninguna mierda. Capaz e inteligente, y tan talentosa como Carmen, Syd es un personaje que no cesa de crecer. Nunca permite que la instruyan solo porque es joven. Es la sous chef que admira a su superior (Carmen) pero no es una mascota ni juguete. En modo alguno es un personaje fácil. Edebiri, ella misma escritora y directora de algunos episodios, ha sido nominada como actriz y como directora en la misma edición de los Emmy, la primera vez en la historia que una mujer es nominada en ambas categorías.

Ya en el autocobro, pasando la Nutella y su masculino shampoo para rizos, Azeite siente la nostalgia de que The Bear llegó a su fin en su quinta temporada, lanzada hace un par de meses en Disney+. La edición 2026 del Emmy le entregó varias nominaciones a la serie pero el ardor con el que fue recibida en 2022, ay, parece que ya se acabó. Otros shows más grandilocuentes como la serie médica The Pitt y la sátira Pluribus o las comedias Widow’s Bay y Hacks son los nuevos imanes de miradas.

Azeite tal vez se ha reconciliado con la televisión. Pero no esperen que se lance de cabeza a la próxima superproducción de HBO o AppleTV. Con calmita, Azeite ya necesita un par de minutos para que se le reinicie el sistema.

Azeite no puede sino rendirse en aplausos para la mente sin costuras de Christopher Storer, creador de The Bear. Qué premisa tan extraña: mostremos la belleza de los grandes restaurantes, pero también cómo en realidad son desastres muy amargos. Pero cuando funcionan, aunque sea por unos meses, son un hermoso desastre que merece existir, reductos del tipo más huidizo y raro: los de la más pura felicidad

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