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¿Hay ciencia de la salud?

Publicado: julio 2, 2026, 10:00 am

En la década de 1730, Voltaire recurrió a una analogía antigua para pensar la libertad: la comparó con la salud. Escribió que sentir la enfermedad prueba que se ha estado sano. No inventaba una relación nueva, pero le daba una formulación especialmente clara: ni la libertad ni la salud son estados absolutos. Son capacidades frágiles, limitadas y, muchas veces, sólo visibles cuando empiezan a perderse.

La salud tiene esa peculiaridad: mientras existe, suele pasar desapercibida. Nadie se levanta por la mañana a celebrar que puede respirar, concentrarse, subir una escalera o dormir sin despertarse cada dos horas. Simplemente sale, trabaja, come, conversa, hace planes. El cuerpo queda al fondo, como una infraestructura discreta que nos permite ocuparnos de lo demás.

René Leriche, célebre cirujano francés, llamó en 1936 a esa experiencia “la vida en el silencio de los órganos”. La frase tiene algo de verdad y algo de trampa. Es verdad porque, cuando el cuerpo no duele ni limita, no exige explicaciones. Pero es una trampa porque el silencio no demuestra nada. Una persona puede sentirse bien y, sin embargo, no saber que está sana.  Kant lo dijo con precisión en 1798: sentirse sano no equivale a saber que se está sano.

Georges Canguilhem retomó esa separación entre experiencia y conocimiento, pero la inscribió en un problema más amplio. No hablaba desde fuera de la medicina. Se había formado primero como filósofo, decidió estudiar medicina y en 1943 presentó la tesis con la que obtuvo el doctorado en medicina, texto que sería el núcleo de su libro fundacional, Lo normal y lo patológico. Llegó a la medicina desde la filosofía y encontró allí un problema que la filosofía no podía evitar.

En esa tesis discutió una idea central de la fisiología de Claude Bernard: que entre lo normal y lo patológico habría continuidad. Una función se acelera, disminuye, se exagera o se debilita; la enfermedad sería, en suma, una variación cuantitativa de la vida normal.

Canguilhem se opuso a esa idea. Estar enfermo no es sólo tener un número alterado. Es vivir de otra manera. Una enfermedad puede estabilizarse, permitir seguir vivo e incluso obligar a construir nuevos hábitos, pero suele estrechar el margen de lo tolerable. Lo que antes era una variación ordinaria —una noche mal dormida, una jornada larga, un cambio de clima, una infección menor, una subida de escaleras— puede convertirse en amenaza.

Por eso lo normal no es una media estadística ni una cifra de laboratorio. Es la capacidad de las personas para responder a las variaciones de su medio, establecer normas, modificarlas y encontrar otras cuando las anteriores ya no bastan. No se trata de un cuerpo perfecto. Se trata de un cuerpo que conserva margen.

Con este contexto se entiende mejor la conferencia que Canguilhem pronunció en Estrasburgo en 1988, La santé : concept vulgaire et question philosophique —“La salud: concepto vulgar y cuestión filosófica”—. No abandonaba lo que había pensado durante décadas sobre lo normal y lo patológico; llevaba ese problema hasta un lugar más incómodo. Si la salud no equivale a un promedio, ni a la simple ausencia de desviaciones, ni a la suma de funciones correctas, ¿puede convertirse en objeto de una ciencia?

Su respuesta fue provocadora: no. De ahí su fórmula: no hay ciencia de la salud. La frase parece absurda. La medicina mide la presión arterial, la glucosa, la inflamación, la fuerza muscular y la función pulmonar. Detecta infecciones, fracturas, tumores, insuficiencias y riesgos antes de que aparezcan síntomas. Puede analizar muestras de tejidos, identificar lesiones y seguir con enorme precisión el deterioro o la recuperación de una función. Canguilhem no estaba negando nada de eso. La fisiología, la clínica y la prevención son indispensables.

Lo que cuestionaba era otra cosa: que la acumulación de esos saberes hubiera producido, por sí sola, una ciencia de la salud equivalente al conocimiento que la medicina ha desarrollado sobre lesiones, disfunciones y enfermedades. La medicina puede saber mucho sobre lo que falla sin haber resuelto qué significa que una vida vaya bien. Puede establecer que no hay infección, fractura o insuficiencia detectable. Puede registrar que los valores están dentro de lo esperado. Pero la salud no es un expediente sin hallazgos. Tampoco es una colección de resultados normales.

Es la posibilidad de habitar un cuerpo sin que sus límites absorban por completo la vida; de tolerar cambios, asumir riesgos, recuperarse, reorganizarse o inventar nuevas formas de vivir cuando ya no es posible volver a las anteriores. El silencio del cuerpo es una de sus experiencias posibles, pero no su definición final.

Pero el silencio del que hablaba Leriche no era una garantía clínica. Para entonces, la medicina ya había aprendido que un cuerpo sin fiebre, dolor o malestar puede albergar un agente infeccioso e incluso en ciertos casos transmitirlo. El silencio de los órganos nombra otra cosa: la experiencia de vivir sin que el cuerpo reclame atención constante, sin que el propio cuerpo empiece a desconocernos.

Ahí está la tensión que Canguilhem recoge. La medicina puede sospechar del cuerpo silencioso, estudiarlo y encontrar en él lesiones, riesgos o agentes infecciosos. Pero quien vive ese cuerpo sigue reconociendo la salud, antes que nada, como la posibilidad de no estar ocupado todo el tiempo por sus límites; de no sentirse expulsado de sus ritmos, sus planes y su mundo.

Desde entonces, la provocación ha recibido respuestas distintas: desplazar la pregunta hacia la vida colectiva, intentar construir una teoría de la salud, preguntar qué podría estudiar una fisiología de la salud o proponer, directamente, una ciencia de la salud.

El desafío de Canguilhem no quedó encerrado en la filosofía francesa, pero tampoco fue repetido sin cambios. En América Latina, el ecuatoriano Edmundo Granda llevó la provocación hacia una crítica de la salud pública concentrada en enfermedad y muerte: la pregunta ya no era sólo qué falla en los cuerpos, sino cómo se camina la vida bajo condiciones sociales concretas.

El colombiano Carlos Eduardo Maldonado aceptó el reto de manera más directa: si no existe una teoría de la salud, habrá que intentar construirla en diálogo con las ciencias de la complejidad. En 2025, Maël Lemoine tomó otra vía desde la filosofía de la fisiología. No declara resuelto el problema ni supone que una definición filosófica pueda ordenar desde fuera lo que deben estudiar las ciencias. Pregunta cómo la fisiología y las ciencias biomédicas podrían aprender a investigar los procesos que permiten a un organismo sostenerse, adaptarse y reorganizarse.

Ese mismo año, Cohen y Picard se atrevieron a avanzar todavía más. Proponen una “salud intrínseca”: una capacidad dinámica y cuantificable del organismo, relacionada con energía, comunicación y estructura. Pero distinguen esa base biológica de la “salud realizada”: aquello que una persona puede efectivamente vivir y hacer cuando esa capacidad se encuentra con condiciones favorables o adversas.

Su apuesta es ambiciosa: construir una ciencia de la salud sin reducirla a la ausencia de enfermedad. Y, sin embargo, la pregunta de Canguilhem sigue ahí. Cohen y Picard no reducen la salud a un biomarcador; su modelo es más complejo que eso. El contexto no está ausente: opera como aquello que permite o impide realizar una salud definida primero dentro del cuerpo.

Canguilhem obligaría a invertir la mirada. La salud no es una reserva biológica que primero existe dentro del cuerpo y después se despliega en el mundo. Es la capacidad de las personas para establecer y rehacer sus propias normas de vida en un medio concreto, con sus exigencias, apoyos, pérdidas y posibilidades.

El problema no es que Cohen y Picard inclinen la explicación hacia la biología. El problema es llamar salud a la biología que hace posible vivir, cuando todavía falta explicar qué cuenta como poder vivir, para quién, en qué mundo y bajo qué condiciones.

Referencias para profundizar.

Canguilhem, Georges. “La santé : concept vulgaire et question philosophique” (1988). Versión en español: “La salud: concepto vulgar y cuestión filosófica”.

Maldonado, Carlos Eduardo. Preliminares para una teoría de la salud, no de la enfermedad: ciencias de la salud y ciencias de la complejidad. Universidad El Bosque, 2021.

*Elm autor es investigador Emérito del SNII. Profesor Emérito del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud. Universidad de Washington. rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano

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