Publicado: octubre 6, 2026, 1:00 am
A lo largo de la vida, perdemos a personas por cambios de vida, por no conectar igual… y aunque es necesario decir adiós, pueden seguir ocupando espacio en nuestra cabeza incluso cuando, en el fondo, sabemos que deberíamos pasar página. ¿Por qué nos cuesta tanto cerrar una puerta cuando sabemos que detrás de ella ya no encontramos lo que necesitamos? La psicóloga Patricia Fernández explica a los lectores de 20Minutos que, en muchas ocasiones, lo que mantenemos abierto no es tanto la posibilidad de recuperar aquello que tuvimos como la expectativa de que algún día pueda convertirse en aquello que imaginamos.
¿Realidad o expectativa?
«Muchas veces en la vida nos podemos encontrar frente a etapas, relaciones o situaciones que sabemos que deberían terminar o incluso que sentimos terminadas aunque no nos hayamos ido de ahí», explica Patricia Fernández, pero el problema aparece cuando seguimos alimentando la incertidumbre con pensamientos como «quizá algún día las cosas cambien». Una idea que puede mantenernos vinculados a una situación incluso cuando la realidad nos está mostrando que ha llegado a su final.
«Para mí, en terapia o a nivel psicológico, lo importante sería cuestionarnos qué es lo que realmente estamos manteniendo abierto: ¿es la posibilidad de volver o la posibilidad de que algún día se cumpla aquello que imaginamos que esa relación o esa etapa podría llegar a ser? ¿Realidad o expectativa?», señala la psicóloga. La pregunta puede resultar incómoda, pero también ayuda a entender por qué determinadas historias nos cuesta tanto soltarlas. A veces no nos aferramos a lo que fue, sino a lo que creemos que podría haber sido.
Una puerta abierta como refugio
Mantener una posibilidad, por pequeña que sea, puede resultar emocionalmente más sencillo que aceptar un final definitivo. Si existe una mínima esperanza de que algo cambie, todavía no tenemos que enfrentarnos completamente al duelo. «Cuando no realizamos los cierres adecuada y conscientemente, hay una energía atrapada en el pasado que no permite que tu vida fluya adecuadamente«, apunta Patricia Fernández. Las razones pueden ser muy diferentes: «miedo al futuro«, al qué pasará después, el apego que existió o sigue existiendo, o incluso determinadas creencias personales.
Hay personas que sienten que cerrar una etapa las convierte en egoístas, desleales o «malas personas». Otras temen equivocarse y arrepentirse. Y otras simplemente tienen miedo a lo que vendrá cuando dejen de mirar hacia atrás. «Mientras exista una posibilidad, aunque sea mínima, no tenemos que enfrentarnos completamente al duelo«, explica la psicóloga. En ese sentido, «la puerta abierta funciona entonces como una especie de refugio psicológico frente a la incertidumbre y el arrepentimiento«.
Cerrar no significa dejar de querer
Cerrar una etapa tampoco implica necesariamente borrar lo vivido o negar los sentimientos que existieron. De hecho, uno de los errores puede ser pensar que para avanzar tenemos que dejar de querer, olvidar o encontrar una explicación perfecta.
«El problema no es dejar una puerta abierta cuando realmente existe una relación sana que merece una segunda oportunidad», matiza Patricia Fernández. La dificultad aparece «cuando esa puerta se convierte en una forma de no aceptar la realidad presente. Cerrar una etapa significa dejar de organizar nuestra vida alrededor de una posibilidad», señala la experta.
El duelo por lo que pudo ser
«A veces, avanzar no consiste en dejar de querer, olvidar o tener todas las respuestas; consiste simplemente en aceptar que algo terminó», explica Patricia Fernández. Y esa aceptación puede llegar incluso cuando una parte de nosotros sigue preguntándose qué habría ocurrido si las circunstancias hubieran sido diferentes. Como resume la psicóloga, «eso es lo más difícil de cerrar una puerta: no renunciar a lo que fue, sino renunciar a lo que todavía imaginábamos que podía llegar a ser«.
