Publicado: mayo 13, 2026, 7:00 am
Vivimos en una sociedad con exceso de estimulación. Casi no haría falta ni contrastar esta afirmación con la ciencia, ya que tú, como yo y el entorno que nos rodea ya sabe lo que es afrontar cada día con unas cuantas notificaciones, el estrés del trabajo o la rutina dira en modo emergencia y en la que parece que 24 horas se quedan cortas. No obstante, la evidencia científica ayuda a dar más autoridad a un proceso que todavía hace que nos preguntemos por qué estamos más cansados, por qué nos concentramos menos y por qué parece que no disfrutamos tanto el presente como deberíamos hacerlo.
Recientes estudios sitúan a las redes sociales como uno de los principales problemas, ya que el consumo compulsivo de contenido dopaminérgico o ese scroll infinito en plataformas tienen más impacto del que creemos en el cerebro. La estimulación digital es una realidad, como lo es también el cambio que produce en la salud mental. En este sentido, Begoña del Campo, experta en neuropsicología, ha hablado con 20minutos poniendo nombre a los efectos de esta hiperestimulación diaria: la ansiedad silenciosa. Un nuevo estado emocional que nos ayuda a definirlo.
¿Qué es la ansiedad silenciosa?
La especialista en reprogramación mental basada en la ciencia, Begoña del Campo, explica a 20minutos que «la ansiedad silenciosa es uno de los estados más normalizados y, al mismo tiempo, más invisibles hoy en día«. A estas alturas casi es posible aventurarse a decir que todo el mundo sabe lo que es la ansiedad e incluso el cortisol. Sin embargo, este nuevo estado de tensión emocional constante «no aparece con síntomas evidentes como una crisis de pánico o una sensación clara de desbordamiento, no irrumpe, se instala».
La experta añade que esta ansiedad silenciosa es muy difícil de identificar, sin embargo, es fácil que permanezca activa en el sistema nervioso de una persona que sigue con su vida: «trabaja, responde, cumple, y desde fuera parece que todo está bien, pero internamente hay una tensión constante, una especie de vigilancia de fondo que no se apaga».
¿Y cómo está cambiando nuestro cerebro?
A diferencia de lo que suele mostrar la ficción, esa ansiedad como estado de pánico, de llanto, de falta de aire (que, ojo, es real), la ansiedad silenciosa está integrada pudiendo pasar desapercibida, pero a la larga notando cierto desgaste. «Desde la neuropsicología, lo que observamos es un cerebro que ha aprendido a anticipar de forma crónica: su función es protegerte y, para hacerlo, proyecta escenarios futuros continuamente, no espera a que ocurra un problema, lo simula, y esa simulación activa respuestas fisiológicas reales», nos explica Begoña del Campo.
Por tanto, mientras la ansiedad tradicional te obliga a parar, la ansiedad silenciosa se mantiene produciendo así cierta sintomatología que a veces es difícil saber de dónde procede. Te sonará así el insomnio, la irritabilidad, el agotamiento mental o físico, el nerviosismo o pensamiento constante, así como la anticipación. Signos que como se mencionaba anteriormente, terminan desgastando. ¿Pero por qué lo aceptamos o no somos conscientes?
«Cuando un estado se mantiene en el tiempo, deja de percibirse como un estado y se integra en la identidad, de modo que la persona piensa que ‘es así’. Muchas personas asocian ansiedad con descontrol emocional evidente, así que si no hay crisis ni síntomas intensos descartan que haya ansiedad», cuenta así Begoña.
La hiperproductividad, una virtud que engaña
En una sociedad hiperestimulada, conceptos como el fomo o la productividad sale a la luz como una forma de sentirse útil y de no perderse nada de lo que ocurre a nuestro alrededor, sobre todo motivado por la estimulación digital. Sin embargo, para la salud mental, aquello que puede parecer virtud, es realmente un engaño. «Muchas conductas que socialmente se premian están sostenidas, en algunos casos, por un sistema nervioso hiperactivado», alerta la experta.
Begoña del Campo nos explica que la hiperproductividad es el ejemplo claro de ansiedad silenciosa. «Personas que no paran, que siempre están haciendo, resolviendo, adelantándose; desde fuera se interpreta como disciplina o ambición, pero en muchos casos hay una dificultad real para detenerse. La necesidad de control también es una señal frecuente: intentar anticiparlo todo, organizarlo todo, reducir la incertidumbre al mínimo, no es tanto una preferencia como una forma de regular una activación interna», añade.
No me siento mal, pero tampoco bien: ¿qué hago?
Lo cierto es que cada vez es más común conocer a gente que siente no estar mal, pero tampoco bien. Para la experta, esta también es una señal. «Es un sistema funcionando en automático sin una dirección consciente clara; no hay malestar intenso, pero tampoco hay bienestar real. Es un momento muy interesante para intervenir, porque hay margen y suficiente conciencia como para detectar que algo no encaja; no hace falta esperar a que el sistema colapse, de hecho, el cambio es mucho más eficaz cuando se inicia en este punto» explica.
Y, es que, tal y como cuenta a 20minutos Begoña del Campo, «la ansiedad silenciosa no solo desaparece entendiendo lo que pasa, se transforma entrenando al cerebro de forma intencional. El cerebro es plástico, se adapta a lo que repites: si repites alerta, consolida alerta; si introduces calma de forma sostenida, aprende calma. Pero lo más importante es esto: no estamos definidos, podemos ensayar nuevas formas de interpretar, nuevas respuestas, nuevas maneras de estar en el mundo, porque no somos algo cerrado; vamos siendo, somos presente continuo, y eso abre una puerta real al cambio«, concluye.
