Publicado: mayo 3, 2026, 10:00 pm
Caminaba de modo despreocupado José Azeite por un Sanborns una tarde estival de 2009. Ni tan quitado de la pena: fingía buscar un libro de Murakami para poder ir al baño sin las miradas suspicaces de los empleados. Al crítico, periodista y editor José Azeite le daba pena simple, descaradamente, meterse al baño del Sanborns como cualquier Juan de la gleba. No: necesitaba comprar algo. Y compró su novela de Murakami para pasar al baño. Una vez satisfecha la llamada de la naturaleza, Azeite presenció un fenómeno fascinante.
Como suele ser en los Sanborns, las pantallas emitían un video musical. Lo normal es que los viandantes las ignoren, no hay nada extraordinario en la nueva reunión de Timbiriche o el enésimo bolero de Luis Miguel.
Pero esto no era lo que vio Azeite. Se detuvo asombrado. Las pantallas proyectaban un video del recién fallecido Michael Jackson. “Thriller”, para más señas. Un niño empezó a bailar. Su familia, embobada frente a la televisión, apoyaba entre risas. Más gente llegó, otros más bailaron discretamente. Nadie podía dejar de ver a Jackson. Una pequeña multitud en Sanborns se rindió así en homenaje al ídolo caído. Por un momento Azeite se quedó callado. Sólo acertó a decir para sí “Ah, chirrión”.
Sin palabras, pero no sin pensamientos. Azeite caminó y caminó dando vueltas frente al departamento de cigarros. De acá pa’, de allá pa’ acá. Pensó Azeite con urgencia que de esto había que tomar nota. El tipo raro que se mesaba el cabello frente a los puros Romeo y Julieta pensó lo siguiente:
Michael Jackson es el fenómeno pop más interesante de la última parte del siglo veinte y el inicio del nuestro. Nació, casi, en el escenario. A los ocho años ya era el líder de la banda que conformaba con sus hermanos, los inolvidables Jackson 5. Eso significa que desde pequeño fue maltratado por la cruel máquina del showbiz. Nadie puede salir indemne de un leviatán que devora a sus hijos: no es suficiente cantar a una escala impresionante o bailar como quien flota en una nube, la bestia desea cada vez más. Fatiga y destruye. Asesina sin misericordia.
Pero Michael persistió. Hay un video de él cantando y bailando con sus hermanos en un programa. De pronto el cable del micrófono se le enreda alrededor del torso y parece que se va a tropezar. Sin perder un instante el ritmo, se destraba con un paso magistral de baile. No deja de cantar y sale del escollo sin mayor drama. Tendría, qué, ¿unos trece años? Un maestrito del escenario.
Detrás de ese talento, la violencia. Su padre era un mánager desalmado. Se burlaba de su nariz, del tono de su piel, de su dificultad de concentrarse fuera del escenario. Michael se convierte en una estrella mientras sufre todo este profundo, mortal maltrato. Sonríe y baila mientras por dentro sueña con quitarse la nariz. Esa época de su vida lo tatuó, pero pronto se deshizo de su padre y su familia rémora. Se convirtió en algo que ellos nunca serían: un icono.
Todos sabemos lo que sigue con MJ, su ser cada vez más excéntrico. Pero antes, todos esos hits, esos álbumes que se imprimieron por millones y llegaron a cada casa con adolescentes en los años ochenta. Esa generación nos dio tres reyes del pop: Michael, Madonna y Prince (podemos mencionar también a Pat Benatar, pero su carrera se quedó atrapada en esa década, nunca evolucionó como la de los otros). Los tres fueron tan indiscutibles que sólo se necesita decir su nombre para que de inmediato nos venga una canción a la mente.
Prince por el virtuosismo, Madonna por el sexo, ¿pero Michael? Porque era único. Nadie cantaba como él, o bailaba, o componía. Cada hit, un dechado pop. Su pluma, su ritmo, su conciencia de quién es. Un trauma más: ¡cataplum! Una idea le venía a la cabeza y nacía el próximo éxito. Todos los productores musicales y directores de videoclips querían trabajar con él. MJ sólo escogía colaborar con los mejores.
Tomemos por ejemplo el video de “They don’t care about us”. Filmado en una de las favelas brasileñas más peligrosas, Spike Lee, su director, tuvo terror cuando fueron a la locación y sintió todos los ojos (y cañones) apuntados hacia ellos. En las favelas mandan los líderes criminales locales y ciertamente no les gustan los metiches. ¿Pero qué pasó, cómo se logró ese video tan fascinante? Pasó que Michael fue a hablar con el jefe, que resultó ser fan a muerte. El influjo de MJ. Hasta el crimen organizado no escapa de su alcance. El kingpin aceptó y puso todos los recursos para que el video se rodara sin problemas.
Como todos sabemos, MJ nunca estuvo lejos de los tabloides. Por regresar a la misma canción, en el caso de la letra de “They don’t care about us” las acusaciones de antisemitismo volaron. El escándalo fue de tal magnitud que Jackson se disculpó públicamente y grabó la canción con una letra modificada. De todos modos la versión que todo mundo recuerda es la racista con el término “kike”, epiteto antisemita repetido en cada coro.
Azeite se detiene a pensar qué hacía a Jackson tan extraño y tan cercano al mismo tiempo, tan inolvidable. Encontrar palabras nuevas para definir a un behemonte son huidizas porque se han repetido hasta el agotamiento y pierden significado. MJ merece ser mirado desde nuevas perspectivas. Continúa su reflexión Azeite:
Cuando Michael Jackson murió de manera inesperada, todavía joven y en vísperas de la serie de conciertos que reiniciarían su carrera a fuerza de boletos agotados, los fans le perdonaron todo, hasta las acusaciones de violencia pedófila en Neverland, su estrafalario palacio real. La muerte de Jackson además cambió la forma en se cubrieron las notas del espectáculo.
(Es 2009 el momento en el que Azeite se revuelve en departamento de tabaco de Sanborns mientras las empleadas llaman a seguridad para que saquen a este esperpento que no consume nada y nada más anda retorciéndose en un trance secreto. La batalla por la herencia cultural de Michael Jackson todavía está por resolverse, pero Azeite es un adelantado a su tiempo).
El primero que dio noticia de la sobredosis que mató a Jackson fue el infame bloguero Pérez Hilton en su cuenta de Twitter. Desgraciado como suele ser, lo primero que Hilton tuiteó fue que Jackson tenía tal terror de regresar a los escenarios que fingía una sobredosis para cancelar los conciertos.
La nota fue evolucionando de manera veloz. TMZ, el sitio que cubre todo chisme de la farándula sin piedad alguna, fue el primer medio que confirmó la muerte de la estrella. La fuente: unos de los paramédicos en la escena. Regresamos al periodismo violentamente entrometido de la era dorada del star system de Hollywood, cuando los tabloides no tenían reparo en publicar los desfiguros etílicos de una starlet después del pitazo de algún policía que trabajaba con los reporteros.
Los medios tradicionales tardaron horas en dar cuenta de la muerte de Jackson—e hicieron bien, ninguna nota debería publicarse sin confirmación, pero la audiencia corrió desde ese momento a las redes sociales para enterarse rápido de algo que los legacy media tienen tiento en difundir—. La rapidez con la que la nota corrió primero en redes sociales es unos de los momentos claves de la historia del periodismo. Twitter y otros sitios de periodismo informal (“periodismo ciudadano”) que hasta ese momento eran pura diversión inane se convirtieron en fuentes legítimas.
Michael Jackson es caso de estudio de la fama y la persistencia de la reputación. Como dicen los clásicos, la fama muere pero la reputación dura. Michael Jackson, piensa Azeite desde aquel lejano 2009, fue más que una estrella. Acusaciones de pedofilia aparte, veamos a esos niños bailando “Thriller” frente a una pantalla en un lugar público mientras sus padres observan sin mayor cuestión: están rindiéndose ante un titán imbatible. Nadie será como MJ.
La seguridad de Sanborns escolta a Azeite, mientras que el crítico, periodista y editor intenta escapar bailando como aquel Michael Jackson adolescente. El moonwalk sólo le sale a los dioses.
