Publicado: octubre 27, 2026, 3:00 am
Hay actividades que parecen sencillas hasta que nos ponemos delante de ellas, y pintar puede ser una de ellas si nos obligan a hacerlo con la mano no dominante. Sobre el papel o lienzo, cualquiera puede coger un pincel o utilizar directamente las manos y dejar una marca, pero cuando aparece la expectativa de conseguir un resultado determinado, la experiencia cambia; de repente, surgen pensamientos sobre si lo estamos haciendo bien, si el dibujo es bonito o si tenemos la suficiente habilidad.
Precisamente por eso, Amaya de Andrés, terapeuta especializada en Pintura Estratégica, propone en sus sesiones un ejercicio que puede resultar desconcertante al principio: pintar con la mano no dominante. «Cuando pido a mis clientes que pinten con la mano no dominante, inicialmente ponen cara de sorpresa y después admiten aliviados que con esa mano no les va a poder salir nada bien», explica a los lectores de 20Minutos.
Y ahí aparece, paradójicamente, una primera ventaja: si sabemos de antemano que no tenemos la misma destreza con esa mano, desaparece parte de la presión por conseguir un resultado estético. Tal como indica Amaya de Andrés, «disminuyen las expectativas estéticas sobre lo que se va a pintar, disminuye el grado de autoexigencia, aumenta la capacidad lúdica de probar y experimentar, aumenta la percepción de libertad y aumenta el contacto auténtico con el cuerpo».
Cuando dejamos de intentar hacerlo perfecto
La dificultad no estaría tanto en pintar como en todo aquello que proyectamos sobre una actividad aparentemente sencilla. «Cuando cualquier persona se pone ante algo tan accesible como pintar, toda su escala de valores se activa. Su autoexigencia, sus temores, sus creencias sobre lo bueno y lo malo, etc. y, realmente, esto es lo que siempre complica lo sencillo», explica Amaya de Andrés.
Durante el proceso puede aparecer una distancia entre aquello que queríamos hacer y lo que finalmente vemos sobre el papel. «Inicialmente cada persona trata de moldear el dibujo según sus intenciones y opiniones, pero luego, cuando contacta visualmente con el resultado de lo que ha hecho, empieza una lucha entre lo que quería y lo que siente al mirar lo que ha pintado«, cuenta.
Para alguien sin experiencia, ese momento puede convertirse incluso en un motivo para abandonar. “Si la persona no tiene experiencia plástica, este punto es un escollo que se hace difícil de superar y es el punto en que mucha gente dice: ‘no sé pintar’ y abandona”, afirma.
Pintar con la mano no dominante introduce, en cambio, una especie de permiso para no controlar completamente el resultado. “En los procesos con mis clientes, básicamente, significa salir de la zona de confort, pero ‘con red’”, resume la terapeuta.
Una forma de observar cómo reaccionamos ante lo desconocido
La propuesta no consiste en interpretar psicológicamente cada dibujo. Amaya de Andrés explica que, después de formarse con la arteterapeuta suiza Bettina Egger, aprendió a dejar fuera de sus sesiones la interpretación de las imágenes: su trabajo se centra en lo que sucede mientras la persona pinta.
«Actualmente en mi trabajo lo que resulta congruente y efectivo es centrarme en observar la forma de aplicar la pintura, las modificaciones en la relación que establece mi cliente conmigo y con el cuadro durante la sesión, las variaciones en la respiración, el ritmo y estructura en la que se desarrolla la imagen mientras es pintada, y muchos otros elementos observables directamente», señala la experta.
El objetivo es trabajar con lo que ocurre en ese momento y utilizarlo para abrir nuevas perspectivas. Según explica a 20Minutos, esta forma de trabajo puede aplicarse a situaciones como miedos desproporcionados, bloqueos cotidianos, dificultades derivadas de experiencias traumáticas o momentos de crisis y pérdida.
Las sesiones comienzan habitualmente con una breve entrevista para conocer qué quiere abordar cada persona. Después llega el momento de pintar, y se utiliza una nueva hoja para cada imagen y, generalmente, la persona comienza con un color utilizando la mano no dominante. La terapeuta observa el proceso e interviene cuando detecta algo que se interrumpe o cambia: «Como en todo momento está acompañada, puede probar a pintar más allá de lo que normalmente se atreve y ver cómo se siente». Al final, la sesión no termina únicamente con el cuadro, se revisa cómo ha llegado la persona, cómo se encuentra después de pintar y si ha percibido algún cambio relacionado con aquello que quería trabajar.
