Publicado: octubre 26, 2026, 6:00 am
Investigadores de Australia han presentado en la revista científica Advanced Science los llamados Paraborgs, insectos cíborg concebidos para que algún día puedan llegar hasta víctimas inaccesibles para los equipos de rescate y prestarles una primera asistencia médica.
La propuesta es la última evolución de un campo de investigación que lleva décadas tratando de aprovechar capacidades que la ingeniería tiene dificultades para reproducir a esta escala. Las cucarachas pueden caminar por terrenos irregulares, superar obstáculos y atravesar espacios estrechos utilizando muy poca energía. En lugar de construir desde cero un microrrobot que reproduzca todas esas habilidades, los investigadores utilizan al propio animal como plataforma móvil y añaden electrónica que permite orientar parcialmente su desplazamiento.
Los investigadores utilizaron la cucaracha excavadora gigante australiana (Macropanesthia rhinoceros), un animal de aproximadamente 8,4-8,7 centímetros de longitud y entre 34 y 40 gramos de peso, suficientemente grande para transportar los componentes. Mediante pequeños electrodos implantados en las antenas y los cercos —apéndices sensoriales situados en la parte posterior del abdomen— es posible inducir respuestas de giro y aceleración. La cucaracha no se convierte, por tanto, en un robot convencional: sigue siendo un organismo vivo cuyo comportamiento es modulado mediante estímulos eléctricos y supervisado por un operador humano.
Sobre el animal se instala el elemento que convierte al cíborg en un posible ‘paramédico’: el AIM (Auto-Injection Mechanism), un mecanismo automático de inyección. El conjunto listo para funcionar añade unos 17 gramos al animal. Una señal eléctrica calienta un hilo de nicromo que corta el elemento que mantiene comprimido un muelle y libera el inyector. Después entra en juego un ingenioso mecanismo químico: la reacción entre ácido cítrico y bicarbonato de potasio genera presión dentro del dispositivo y desplaza un émbolo, haciendo salir el líquido a través de la aguja. En las pruebas ex vivo con piel porcina, el sistema consiguió penetraciones de aproximadamente 5,5 milímetros y tuvo éxito en el 90 % de los ensayos. Los autores realizaron además pruebas preliminares en las que no detectaron contaminación del líquido atribuible al mecanismo químico.
Pruebas con éxitos… y fracasos
El desafío, sin embargo, no consiste únicamente en conseguir que funcione una minúscula jeringuilla. Primero hay que colocar un animal vivo en el punto adecuado y mantenerlo suficientemente estable. En los experimentos, cinco cucarachas realizaron cinco pruebas cada una. Los investigadores lograron conducirlas a través de los tres puntos de control establecidos en el 100 % de los ensayos. El resultado final fue menos perfecto: 18 de las 25 pruebas, un 72 %, terminaron con el lanzamiento y la administración satisfactoria del líquido en el objetivo de silicona. Dos intentos fallaron porque la cucaracha giró inesperadamente durante el lanzamiento, mientras que a distancias mayores también se produjeron rebotes de la aguja. A corta distancia, dentro de los 150 milímetros del objetivo, la tasa de éxito llegó aproximadamente al 95 %.
El experimento plantea además una estrategia que parece salida de una operación de rescate en miniatura. Un Paraborg puede transportar una cámara Wi-Fi y actuar como observador, mientras otro lleva el sistema de inyección. Los investigadores demostraron experimentalmente la navegación coordinada de dos insectos: las imágenes del primero permitían al operador vigilar y dirigir al segundo hasta el objetivo. La visión de futuro es desplegar varios animales con funciones distintas dentro de estructuras colapsadas, donde robots convencionales o equipos humanos tendrían dificultades para entrar. Unos podrían localizar a la víctima y proporcionar imágenes; otros, eventualmente, transportar dispositivos médicos. Es importante subrayar que esta última aplicación es todavía una perspectiva de investigación, no una capacidad clínica demostrada.
También quedan preguntas que van más allá de la ingeniería. Utilizar organismos vivos como componentes de una máquina obliga a plantearse su bienestar. La cuestión está recibiendo una atención creciente en la literatura científica: trabajos recientes sobre robótica biohíbrida reclaman precisamente declaraciones éticas específicas y más investigación sobre nocicepción en invertebrados para poder establecer criterios adecuados de bienestar.
Los Paraborgs, por tanto, no son todavía diminutos sanitarios preparados para recorrer las ruinas de un terremoto con medicamentos a cuestas. Son algo científicamente más modesto, pero también más interesante: una demostración de que un insecto cíborg puede pasar de ser un sensor móvil a convertirse en una plataforma capaz de realizar una intervención física sobre un objetivo. Hasta ahora, buena parte de esta disciplina se había concentrado en controlar el movimiento, explorar entornos, captar imágenes o localizar supervivientes. Conseguir que un organismo biohíbrido transporte, posicione y active un sistema de inyección abre una nueva línea de investigación.
