Los motivos tras la violencia creciente en las calles francesas: una mezcla de "segregación", reacción "visceral" y "un grito de auxilio" - Venezuela
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Los motivos tras la violencia creciente en las calles francesas: una mezcla de «segregación», reacción «visceral» y «un grito de auxilio»

Publicado: octubre 20, 2026, 2:30 am

Francia, de cuando en cuando, arde en protestas callejeras contra alguna pata del sistema; pero ahora las vive casi todas a la vez. Lo que empezaron siendo unas manifestaciones estudiantiles contra los recortes en educación han pasado a ser movilizaciones generalizadas por, por ejemplo, el derecho a la vivienda o el coste de la vida. Y todo ello en la fase final del ‘macronismo’. El presidente galo ha quedado señalado, pero ha querido mantener su agenda internacional y en medio del caos se ha ido de viaje oficial al Golfo Pérsico al mismo tiempo que promete más mano dura y ha denegado la dimisión del ministro del Interior.

La violencia crece, pero: ¿por qué? La mezcla de causas es amplia, y los datos hablan por sí solos. Durante el fin de semana la Policía francesa cifró en 720 los arrestos ejecutados, de los cuales 517 derivaron en detenciones, correspondientes a 171 menores de edad y 346 mayores de edad. Todo ello solo en París. El dato supone algo menos de la tercera parte del total a nivel nacional, nivel al que el Ejecutivo ha anunciado 2.397 arrestos, junto a más de 500 agentes heridos. Mientras, el primer ministro, Sebastien Lecornu, anunció toques de queda parciales en varias ciudades.

Macron incluso ha amenazado con prohibir ciertas reuniones, aunque ha dejado el poder de decisión en los gobiernos regionales. «Los prefectos tomarán decisiones conjuntamente con los alcaldes para proteger nuestras ciudades, nuestros edificios públicos y nuestros negocios«, sostuvo este domingo. Asimismo, ha pedido a los manifestantes continuar con los debates «con los partidos y no en la calle, mediante la violencia», con la mirada puesta en las elecciones presidenciales que se celebran en seis meses.

Muchas voces señalan a la «extrema izquierda» del nivel de tensión, otras al mero cansancio ciudadano y algunos líderes internacionales como el primer ministro húngaro, Peter Magyar, a la inmigración. En España el Gobierno no tiene, dice, «ningún temor» a que haya un efecto contagio. «Hay que distinguir entre la violencia sin sentido y descomunal de unos pocos con el legítimo derecho a ejercer el derecho de manifestación y de huelga de la inmensa mayoría de los franceses que están participando en ello», comentó en una entrevista en Telecinco el ministro de Exteriores, José Manuel Albares.

Pero ¿qué está pasando realmente en Francia?

Ruth Ferrero, profesora de Ciencias Políticas en la UCM, es muy rotunda: «Esto es una protesta contra la desigualdad, la precariedad y el debilitamiento del Estado social. Punto». El problema es, por tanto, generalizado, dice, y la cuestión trasciende de un sector u otro. «Existe una profunda crisis de representación política en la sociedad francesa y hay una importante cantidad de jóvenes que considera que las instituciones no están ofreciendo los canales efectivos para expresar sus demandas«, comenta, en una tesis que comparten el resto de expertos consultados por este medio. Eso sí, en el auge de la violencia en las marchas Ferrero ve una mezcla de componentes: un «modelo de gestión de orden público que está siendo muy cuestionado» y también «grupos violentos que se han infiltrado» en las manifestaciones, matiza.

«Es muy peligroso confundir los cientos de miles de personas que se han movilizado pacíficamente en Francia con los grupos que están aprovechando esas movilizaciones para protagonizar episodios violentos. La confusión, además, es muy útil para todos aquellos actores políticos que quieren desplazar el debate desde las causas de la protesta hacia la seguridad y el orden público», argumenta la profesora, que habla «de movilización ideológica, de agotamiento social y de frustración generacional, una pérdida de expectativas ante el futuro» como causas de esta fuerza en las movilizaciones.

Por su lado, Daniel Gil, analista en The Political Room especializado en política europea, sostiene, como el resto, que este nivel de protestas en Francia «no es un fenómeno nuevo» pero si lo son «la extensión de las mismas y la amplitud hacia otros sectores» después de que se iniciasen por parte de los estudiantes. Y por eso, matiza, «todas están marcadas por ese factor de los adolescentes o los adultos jóvenes» en las calles. «Durante muchas décadas, desde ciertos sectores especialmente vinculados a la izquierda, pero no solo, se percibe una sensación de país sin rumbo y sin esperanza. Ha habido distintos gobiernos, ha habido distintas elecciones, han caído, ha habido distintos resultados electorales pero casi nada ha cambiado a mejor», resume.

«Este sentimiento de desesperanza, con las propias condiciones que tiene aparejado ser una persona de 15, 16, 17 años, sin ninguna organización detrás que diga qué comportamientos son aceptables y los que no», al final provoca un auge de los episodios violentos. Además, desde el punto de vista de los manifestantes «se critica una respuesta policial especialmente dura que alentó más violencia«, añade Daniel Gil en el caso concreto de la escalada. No obstante, esa «potencia» de la juventud ha acabado contagiando a toda la sociedad, sentencia: «Hay muchas personas que protestan porque creen que es su deber, pero al mismo tiempo no tienen fe en la protesta, no consideran que vaya a cambiar nada, sino que es un grito necesario, que es una manera de hacer ver su descontento, es un grito de auxilio que saben que no tendrá respuesta».

¿Y puede haber efecto contagio en España u otros países del entorno? Sí, pero Ferrero no llama así. «A España no le hace falta importar las protestas de que vienen de Francia, porque ya tienen las mismas causas aquí presentes y, de hecho, lo hemos visto en las movilizaciones por el derecho a la vivienda. En el caso de España, las protestas se podrían llegar a intensificar sobre el pivote de la vivienda, por supuesto, la defensa de los servicios públicos, la movilización en educación y sanidad, que va unida a esa de vivienda y, luego, ese contexto electoral que favorece también esa movilización y, sobre todo, la convocatoria de huelga general», comenta.

Elsa Arnaiz, profesora de Ciencia Política en el IE y presidenta de Talento para el Futuro, analiza la etiqueta de «violencia de extrema izquierda» que algunos están intentando asociar a las protestas. «Puede haber grupos que busquen la confrontación política y personas que aprovechen el desorden para robar, sin que compartan una misma motivación. Saquear una tienda no adquiere un sentido emancipador por suceder junto a una manifestación: arruinar a un pequeño comerciante o dejar a sus trabajadores sin empleo contradice cualquier aspiración de justicia social. Además, esos ataques facilitan que el debate se desplace de las reivindicaciones al orden público, perjudicando a quienes intentan conseguir mejoras mediante la protesta pacífica», expone.

Sentirse tratado como un ciudadano de segunda puede erosionar la confianza institucional y endurecer el conflicto

Sobre si ser inmigrante es un factor clave en la violencia de las protestas, Arnaiz considera que «crecer con menos oportunidades y sentirse tratado como un ciudadano de segunda puede erosionar la confianza institucional y endurecer el conflicto», sobre todo porque esa «desigualdad», según los datos de los últimos años, añade, «se nota más en unos barrios que en otros» y denota «segregación» de algunos grupos, con un rol clave también de las redes sociales en esa movilización de los ‘apartados’. «Hablaría de una fractura de igualdad y pertenencia que afecta también a franceses nacidos allí, aunque su peso en las protestas actuales todavía debe investigarse», concluye.

En la misma línea habla Javier Carbonell, investigador del European Policy Centre en Bruselas y profesor asociado en Science Po París. En Francia «hay una situación que lleva empeorando de deterioro de servicios públicos, de calidad de vida, de coste y de vida, es decir, que lleva deteriorando durante básicamente tres décadas, o quizá más, sin que nada se haga«, y eso se une a «un sistema político muy poco permeable a la opinión pública». Todo eso hace que la violencia vaya en aumento, explica Carbonell. «Si se me permite, es una política de cojones grandes, más visceral: si no cambia la posición del Gobierno, las protestas se endurecen para decir ‘si ellos no ceden, nosotros tampoco’. Ya se vio con los chalecos amarillos».

«Esto es muy distinto, por ejemplo, a lo que pasa en otros países, incluida España, en el que los políticos, en ese sentido, tienen más miedo a la opinión pública. Si ven que la opinión y los medios se están hablando de un tema, se adaptan y se mueven rápidamente con respecto a este tema. Creo que en Francia esto no pasa, lo que explica un elemento fundamental del nivel de protestas que tenemos actualmente, que es cómo se canalizan» a través de episodios violentos para presionar al poder.

¿Y qué papel tiene la inmigración? Para él no son los «culpables» los inmigrantes, deja claro, pero el factor de «extranjerizar» las protestas sí es relevante en cuanto al relato político en torno a las protestas. «Hay muchos votantes que asocian la inmigración con el nivel de violencia en las manifestaciones, y eso es lo que está aprovechando por ejemplo Agrupación Nacional» para llevar el debate ahí en lugar de dar «una visión más estructural del problema».

Además, añade, el hecho de que las protestas estén ‘lideradas’ por los jóvenes, las hace menos organizadas. «Al final buscamos una explicación por qué se ha producido la violencia y entonces tratamos de encontrar una especie de organización que esté detrás de esto y una planificación total y vienen todas esas narrativas de la extrema izquierda organizado o grupúsculos de aquí y de allá», y en realidad la explicación es la contraria: «El problema es precisamente que no hay organización, no que haya una organización oculta y violenta». Con todo, el analista saca una conclusión: «Creo que la falta de organización explica mucho mejor la violencia que estamos viendo que el hecho de que haya una organización oculta de la extrema izquierda», aunque sí reconoce que habrá grupúsculos que busquen más violencia «para evidenciar, según ellos, una respuesta todavía más violenta del Estado».

Pero va más allá. «Las protestas en España, las de Francia, pueden tener un efecto de contagio importante, se ha visto en Bélgica, en Italia. No sabemos cómo de grande y veremos quién la persona o el movimiento que lo organiza en cada país», asume, porque «el caldo de cultivo ya está preparado y está a punto de explotar; hay toda una serie de demandas sociales que no están respondidas». Francia, más propensa a estos movimientos o sacudidas sociales, puede ser solo el principio.

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