Publicado: septiembre 29, 2026, 2:00 am
Se acabó el verano, no te descubro nada. Pero, créeme, es el momento perfecto para que leas esto.
Esta vez no te voy a hablar de gemelos. No me hacen falta. El ejemplo perfecto lo tengo, casi seguro, en ti.
Nos han vendido la idea de que una droga es esa sustancia que alguien toma de fiesta, a escondidas, en un baño. Algo lejano, que les pasa a otros. Pero hoy te voy a abrir los ojos, porque hay una que consumes a diario, a plena luz, y con la conciencia tranquila.
Está mucho más cerca de lo que crees.
Probablemente, la tienes en la cocina. El azúcar. Sí, el azúcar.
¿Eres de los que se echan un sobre de azúcar en el café? ¿De los que lo acompañan con un pastel? ¿Siempre que comes fuera te pides el postre más dulce de la carta, aunque ya no tengas hambre? Pues atento.
Dopamina liberada
No te digo que el azúcar sea heroína. Pero sí que tu cerebro lo recibe de una manera que se le parece más de lo que te gustaría. Cuando tomas algo dulce, se activa el sistema de recompensa y se libera dopamina, el mismo circuito del placer y del “quiero más” que ponen en marcha otras sustancias. Por eso una onza de chocolate rara vez se queda en una.
No es falta de voluntad, te lo prometo. Es pura química.
Y lo más curioso: es la única de esas “drogas” que les damos a los niños como premio… ¿te lo puedes creer? ¿les darías veneno? ¿por qué les damos un subidón de azúcar cada fin de semana?
¿Has oído hablar del PET-TAC?
Voy a empezar por un concepto que, muy probablemente, capte tu atención.
El PET-TAC es una prueba que mide la actividad metabólica de las distintas partes de nuestro organismo. Es decir, no solo ve la forma de los órganos, sino cuánto están “trabajando”. Y cuando existe un tumor, esa actividad está, lógicamente, disparada. Ahora viene lo interesante. ¿Sabes qué se le inyecta al paciente para hacer la prueba?
Básicamente, glucosa.
Una glucosa “marcada”, con una pequeña etiqueta radiactiva que permite verla en la imagen. Se llama fluorodesoxiglucosa. Y el truco es tan sencillo como brillante: las células que más glucosa devoran son las que más se iluminan. Entre ellas, las células tumorales, que tienen un apetito por la glucosa muy superior al de una célula sana. Es lo que en medicina se conoce como efecto Warburg.
Detente un segundo en esto…
Para encontrar al enemigo, le ofrecemos su comida favorita. Y acude a por ella.
Ojo, la dosis de la prueba es mínima, la molécula queda atrapada y no “alimenta” nada: el PET-TAC es completamente seguro. Y tampoco significa que un pastel provoque un cáncer. Pero es una imagen muy gráfica de algo que conviene no olvidar: la glucosa es la gasolina de las células que más rápido crecen. Y el exceso mantenido de azúcar, a través de la obesidad, la inflamación y la insulina alta, sí se asocia a un mayor riesgo de varios tipos de cáncer (por no decir la gran mayoría)Glucosa no es lo mismo que azúcar
Aquí conviene hacer una parada técnica, porque solemos usar las dos palabras como si fueran sinónimos. Y no lo son.
La glucosa es el combustible básico de nuestras células. La necesitamos. El cerebro, sin ir más lejos, vive de ella (ésta es la causa por la cual el PET-TAC no es demasiado útil para valorar el cerebro y el tronco encefálico, es un concepto muy médico, pero te parecerá lógico habiendo entendido esto).
Y el cuerpo es perfectamente capaz de obtener la glucosa de las legumbres, el arroz, la fruta o la patata, sin necesidad de un solo terrón.
La glucosa y la sacarosa
El azúcar de mesa, el del sobre, es otra cosa: sacarosa. Una molécula formada por dos piezas unidas, una de glucosa y otra de fructosa. Y esa segunda pieza, la fructosa, la procesa casi en exclusiva el hígado. En pequeñas cantidades, sin problema. En exceso y de forma mantenida, el hígado la transforma en grasa. Es una de las vías del famoso hígado graso, que ya no es cosa solo de quien bebe alcohol.
La diferencia importante no está solo en la molécula. Está en la forma.
La glucosa que llega desde un plato de lentejas entra en la sangre poco a poco, acompañada de fibra y proteína. La del refresco entra de golpe. Como un chute. Y tu páncreas tiene que salir corriendo a apagar el incendio.
La llave que deja de abrir: resistencia a la insulina y diabetes
Para entender qué pasa cuando ese incendio se repite a diario, tengo que hablarte de la insulina.
Imagina que cada célula de tu cuerpo es una casa con la puerta cerrada, y la glucosa espera fuera para entrar. La insulina, que fabrica el páncreas, es la llave. Cuando comes, sube la glucosa, el páncreas reparte llaves y las puertas se abren. Todo en orden.
Pero ¿qué ocurre si, día tras día, año tras año, llegan picos de azúcar sin parar?
Que las cerraduras se cansan. Las células empiezan a hacerse las sordas y a no responder igual a la llave. Eso es la resistencia a la insulina. El páncreas, para compensar, fabrica cada vez más llaves. Y durante un tiempo lo consigue: tus análisis salen normales y tú no notas nada.
Hasta que el páncreas, agotado de trabajar a destajo, se atonía. Ya no da abasto. La glucosa se queda en la sangre.
Eso es, en términos muy generales, la diabetes mellitus tipo 2.
Y no es una enfermedad rara (al contrario) Y algo sorprendente, casi la mitad de los adultos diagnosticados no lo sabía cuando le hicieron la prueba. En la sociedad en la que vivimos, con el ritmo de vida y la comida que nos rodea, si vives muchos años tienes muchas papeletas para acabar en este grupo.
La buena noticia es que no es inevitable. La resistencia a la insulina es, en gran medida, reversible si se actúa a tiempo. Y el momento de actuar no es cuando llega el diagnóstico. Es mucho antes.
Hagamos cuentas
La Organización Mundial de la Salud recomienda que el azúcar añadido no supere el 10% de las calorías del día, y que lo ideal es bajar del 5%. Traducido a algo que puedas imaginar: unos 25 gramos al día. Unas seis cucharaditas de café…seis.
Ahora, te voy a dar unos datos. Una lata de cualquiera de esos refrescos rojos tan famosos lleva 35 gramos de azúcar. Ella sola ya se pasa del objetivo del día entero.
Piensa en un día cualquiera de este verano:
Una lata de refresco azucarado: 35g + un café con un sobre de azúcar 8 g + un helado bañado en chocolate 20g…. total: 63g. 63gramos!!
Más del doble de lo recomendado. Y eso sin contar el pan de molde, la salsa de tomate, los yogures de sabores o el zumo “natural” de brik…donde el azúcar se esconde sin que lo busques. Una sola cucharada de kétchup, por cierto, lleva unos 4 gramos. No te has comido el azúcar a cucharadas, sino disfrazado. Por eso no lo has visto.
Septiembre, el mejor momento para desengancharse
Septiembre tiene algo de año nuevo. Volvemos a la rutina, a los horarios, a los propósitos. Y quizá ahora que se termina el verano, el de los helados, las terrazas y los refrescos bien fríos, es buen momento para cambiar ciertos hábitos. ¿No crees?
No te pido que dejes de disfrutar. Te pido que dejes de consumirlo sin darte cuenta.
Empieza por algo pequeño. Medio sobre en el café en lugar de uno entero. Luego, ninguno. Agua o refresco sin azúcar en lugar de la lata roja. El postre, solo cuando de verdad te apetezca, no por costumbre. Lee las etiquetas del súper.
Te va a costar las primeras semanas, no te voy a engañar. Pero te cuento un secreto: el paladar se reeduca. En poco tiempo, ese café que antes te parecía imposible de tomar sin azúcar te sabrá a café (te lo aseguro porque me ha ocurrido a mí). Y el helado de siempre te parecerá empalagoso.
Eso es desengancharse.
Porque la droga más peligrosa no es la que te esconden.
Es la que tienes a la vista y ya no la ves, pero la consumes… ¿te unes a mi equipo?
