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¿Que faltan niños para poblar este lugar?

Publicado: septiembre 24, 2026, 7:00 am

La nueva Encuesta Intercensal confirma que México está entrando en una etapa distinta de su historia demográfica. La población sigue creciendo, pero cada vez más despacio: pasó de 125.5 millones de habitantes en viviendas particulares en 2020 a 130.4 millones en 2025, con una tasa media anual de crecimiento de 0.7%. Al mismo tiempo, la edad mediana aumentó de 29 a 32 años. El cambio importa. Pero la pregunta relevante no es cómo conseguir que vuelvan a nacer más niños. Es qué ventajas podemos aprovechar y qué problemas tendremos que resolver en un México con menor fecundidad, menos niños y, con el tiempo, una población más envejecida.

México, además, tiene una larga historia buscando el número “correcto” de mexicanos. En los años treinta, Gilberto Loyo hablaba de nuestra “anemia demográfica” y sostenía que un país tan grande necesitaba más habitantes para integrarse y desarrollarse. Esa idea ayudó a justificar una política abiertamente pronatalista. Apenas unas décadas después, Chava Flores podía incluir entre los sueños evidentemente disparatados de los mexicanos la idea de “que faltan niños para poblar este lugar”. La broma funcionaba porque para entonces la mortalidad había caído rápidamente, la fecundidad seguía siendo muy alta y la población crecía a una velocidad extraordinaria. En los años setenta, ese crecimiento sí constituía un problema real y la política demográfica giró hacia la planificación familiar.

Hay una lección incómoda de la política demográfica del siglo XX: es relativamente sencillo para un Estado ayudar a que la gente viva más; es mucho más difícil conseguir que tenga el número de hijos que el Estado considera conveniente. Y cuanto más se empeña en lograrlo, más cerca termina de intervenir en decisiones que deberían pertenecer a las personas y a las familias. Esa historia debería hacernos cautos ante el regreso del viejo reflejo pronatalista. En lugar de preguntarnos cómo llevar la fecundidad de regreso a algún nivel considerado “correcto”, conviene preguntarnos qué implica la fecundidad que tenemos y qué debemos hacer frente a ella.

Lo primero es reconocer que la nueva demografía no trae solamente problemas. También puede hacer más fáciles algunas tareas que México lleva décadas tratando de resolver. Una fuerza de trabajo que crece más despacio reduce la necesidad de ampliar continuamente el acervo de capital simplemente para equipar a nuevos trabajadores. Eso puede facilitar una mayor acumulación de capital por trabajador. Algo parecido ocurre con la educación. Durante décadas México tuvo que construir escuelas a toda velocidad para recibir generaciones cada vez más numerosas. Cohortes infantiles menores permiten desplazar recursos de ampliar cobertura hacia mejorar la educación de cada niño. Menos alumnos no producen automáticamente mejores escuelas, pero sí abren una oportunidad.

Un crecimiento poblacional menor también puede aliviar parte de la presión sobre vivienda, agua, transporte, territorio y medio ambiente. Sería absurdo pensar que la demografía resolverá por sí sola esos problemas. Importan el consumo, la tecnología, la planeación urbana y las políticas ambientales. Pero tampoco tiene sentido suponer que el número de personas y la velocidad a la que crece la población son irrelevantes.

Al mismo tiempo, la nueva estructura demográfica traerá retos importantes. Si la población en edad de trabajar crece más lentamente, México tendrá que aprovechar mucho mejor la fuerza de trabajo que ya tiene. Un margen evidente está en la participación femenina. Entre 2020 y 2025, la participación económica de las mujeres aumentó de 38.8 a 41%, mientras la de los hombres prácticamente no cambió. La brecha sigue siendo enorme.

Pero aumentar la participación laboral femenina exige resolver al mismo tiempo el problema de los cuidados. No podemos aspirar a que muchas más mujeres trabajen y suponer que seguirán haciéndose cargo casi por completo de niños, enfermos y adultos mayores. Una sociedad más envejecida necesitará muchos más cuidados de larga duración. Construir la infraestructura para proporcionarlos será una necesidad económica tanto como social.

También habrá que adaptar los sistemas de salud y pensiones. Vivir más es una de las grandes conquistas del desarrollo, pero implica financiar más años de retiro y atender durante más tiempo enfermedades crónicas. La sostenibilidad de esos sistemas dependerá mucho menos de intentar producir más jóvenes que de cuántas personas trabajan, cuánto ganan, qué tan formales son sus empleos, durante cuántos años participan en el mercado laboral y cuánto produce cada una.

Por eso la productividad será central. Una economía no crece solamente porque tenga más trabajadores. También crece porque cada trabajador dispone de mejor educación, más capital, mejores tecnologías y mejores formas de organización. Una fuerza laboral que crece lentamente puede sostener una economía dinámica si aumenta suficientemente la productividad.

Aquí la revolución tecnológica puede jugar un papel especialmente importante. La automatización, la inteligencia artificial y otras tecnologías pueden ayudarnos a producir más con una fuerza laboral que crecerá más despacio. El reto será conseguir que esas ganancias de productividad se extiendan al conjunto de la economía y ayuden a resolver los problemas de la transición demográfica, en lugar de exacerbar la desigualdad o la precariedad.

Nada de esto ocurre automáticamente. Menos niños no garantizan mejores escuelas, más capital por trabajador ni un menor deterioro ambiental. Tampoco la inteligencia artificial garantiza mayor bienestar. La tarea del Estado es justamente aprovechar el espacio que abre la nueva demografía para que esas ventajas potenciales se materialicen: mejorar la educación de cada niño, favorecer la acumulación de capital y tecnología por trabajador y utilizar un crecimiento poblacional más lento para aliviar presiones sobre infraestructura y recursos.

Hace noventa años algunos pensaban que a México le faltaban habitantes. Una generación después, Chava Flores podía convertir esa idea en un sueño absurdo. En los años setenta el país tenía razones reales para preocuparse por lo contrario. Esa historia debería hacernos desconfiar de nuestra capacidad para fijar hoy otro número “correcto” de mexicanos.

La baja fecundidad no es una condena. Es una señal de que el país está cambiando. La pregunta importante no es cómo volver a la fecundidad de antes, sino qué vamos a hacer con los mexicanos que habrá.

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