Publicado: septiembre 14, 2026, 10:01 pm
Inició formalmente la temporada electoral, para el ciudadano es posible que no haya ningún cambio y que no lo detecte, pero el INE ya empieza a establecer qué pueden decir los medios y qué pueden decir los políticos. Ya no es “pelea libre” donde todo se valga, aunque de todos modos todo se haga.
Vale la pena dimensionar lo que viene, porque es la elección intermedia más grande de nuestra historia. Se van a elegir alrededor de veinte mil cargos, aunque la mayoría son regidurías y sindicaturas que van en planilla; si contamos solo las posiciones que encabezan una boleta —gubernaturas, diputaciones federales y locales, ayuntamientos— son unas tres mil cuatrocientas. Imagínese tres candidatos por boleta, que es el mínimo que veo: más de diez mil candidatos y podrían ser quince mil. Si cada uno tiene diez personas que le ayuden, un asesor que lo mueve, alguien que le organiza, son mucho más cien mil personas trabajando en campaña y gastando dinero. Eso mueve la parte de empleo y de economía; ni modo, las campañas mueven.
Van a competir ocho partidos nacionales. Hace seis años eran diez y la posibilidad de que desaparezcan algunos es alta: en 2024 desapareció el PRD y en 2021 desaparecieron tres. Cuántos se quedan en el camino es una de las preguntas de este proceso.
Los votantes: hoy hay 99.3 millones en la lista nominal y estimemos en cien millones para 2027. Hace seis años votaron 49 millones; si la participación supera o se queda cerca del 53% de aquella intermedia, será la primera vez que en una elección de este tipo voten más de cincuenta millones de mexicanos, doy por hecho que ocurrirá.
Diecisiete gubernaturas, que hoy gobiernan nueve mujeres y ocho hombres: doce son de Morena, tres del PAN, una de Movimiento Ciudadano y una del Verde. Dos de ellas, Aguascalientes y Quintana Roo, se eligen después de cinco años de las actuales gobernadoras; y una, Sonora, se elegirá solamente por tres años, así que la volveremos a ver en 2030. Y además hay un chorro de alcaldías: más de cien “grandotas” a las que los partidos les van a meter dinero, campaña y estrategia de medios porque pesan como si fueran gubernaturas. Por ejemplo Juárez y Chihuahua, las dieciséis de la Ciudad de México, las metrópolis de Monterrey y Guadalajara, Culiacán y Mazatlán, y en la frontera Nuevo Laredo, Reynosa y Ciudad Victoria por mencionar algunas.
¿Qué temas nos van a estar bombardeando como parte de las campañas? Programas sociales, Estados Unidos, inseguridad, salud, economía familiar —inflación, desempleo y otros—. Habrá que seguir el papel de las instituciones y los tribunales electorales, ahora que se dice que están “entregados” al régimen; el de los grupos sociales, de las madres buscadoras, los transportistas, los agricultores, los médicos, los extrabajadores del Poder Judicial y otros; los escándalos de corrupción que se destapen a partir de hoy, que sólo esta semana nos dieron a una empleada del municipio de Tecate y a una senadora; la participación de la presidenta en la mañanera y si cruza o no la línea; y lo que hagan las redes sociales, la inteligencia artificial, el crimen organizado y los medios tradicionales.
¿Y cuál será el titular del día siguiente? Como no es una elección de presidencia, no habrá un «ganó fulano» nacional. La elección nacional es la del Congreso, y ahí hay tres posibilidades: que Morena más aliados logren y ratifiquen su mayoría calificada, que se queden en mayoría absoluta o que ni siquiera lleguen a ella. Que sean primera fuerza es muy probable; la pregunta es a qué nivel, porque de eso depende si pueden aprobar presupuesto y cambiar leyes secundarias o si pueden cambiar la Constitución. Súmele si las alianzas se rompen o siguen, si se rompe o no la unidad del partido oficial en los estados por los pleitos de candidaturas —como ya está ocurriendo— y qué papel juegan los nuevos partidos, a quién le quitan votos y a quién le dan triunfos. No va a ser una elección aburrida.
Termino con lo que, como ciudadano, me gustaría exigirle a este proceso.
Uno: debates más interesantes, mejor organizados y con moderación activa, donde el moderador no solamente lea la pregunta sino que pueda repreguntar y presionar a los candidatos.
Dos: transparencia en el origen de los recursos. No me preocupa tanto cuánto se gasta como que sea claro de dónde sale, porque el que acepta dinero para una campaña acepta el compromiso con quien se lo dio.
Tres: más respeto a la autoridad electoral y a los resultados, a lo que el pueblo quiere. Que no anden todos gritando fraude por cualquier cosa: si no tienen pruebas, acepten los resultados; si las tienen, preséntenlas.
Cuatro: que los candidatos promuevan la participación y no la abstención; que jueguen a que la gente vote y hablen de la importancia de votar, aunque no fuera por ellos. La participación es importante por sí misma.
Y cinco, la más olvidada: que los partidos se hagan responsables de la calidad de los gobernantes que generan. Si ponen a uno que resultó corrupto, hay responsabilidad del partido que lo postuló. Que nos presenten candidatos alejados del crimen, de la violencia de género y de la corrupción; que su línea sea postular gente que, si gana, demuestre qué ese partido tiene mejores gobernantes. Y que haya castigo cuando sus candidatos ganen y demuestren lo contrario.

