Publicado: septiembre 13, 2026, 11:31 pm
El voto «protesta» o voto «enfadado» ha cambiado de lado: esa decepción con el sistema que allá por el 2015 sirvió para vehicular el auge de la derecha radical, de los Podemos, Syriza o Francia Insumisa, se ha pasado ahora a la derecha radical, a la vista por ejemplo del aplastante triunfo de Alternativa por Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt. También se percibió en el triunfo de Meloni en Italia, el crecimiento de Vox en España o el hecho de que RN lidere las encuestas en Francia para las presidenciales del año que viene.
Hace una década la izquierda buscó ‘soprasar’ a la socialdemocrácia y en algunos casos lo consiguió, como en Grecia o en Francia. Ahora los expertos tienen claro que es la ultraderecha la que hace caer a la derecha tradicional; el análisis no es tanto que se pasa de un extremo a otro, sino que dentro del mismo espacio la gente percibe (y lo lleva al voto) el desgaste de los partidos tradicionales. El propio canciller alemán, Friedrich Merz, calificó el resultado de la CDU en Sajonia-Anhalt como «la mayor derrota en décadas» de los suyos. No es para menos: perdió 20 puntos en porcentaje de voto. Además, las encuestas a nivel federal tampoco le son favorables… y sí son muy halagüeñas para AfD.
Se puede decir por tanto que se ha pasado de los «indigandos» a los «decepcionados» con el sistema actual. En ese contexto, Elsa Arnaiz, presidenta de Talento para el Futuro, explica a 20minutos que la situación está llena de matices. «Creo que hay que empezar por una idea: el enfado, por sí solo, no tiene ideología. Se puede estar enfadado por la vivienda, la precariedad, la pérdida de expectativas, la inmigración o porque se percibe que las instituciones no responden. Ninguno de esos malestares conduce automáticamente a votar a la ultraderecha», argumenta Arnaiz, que sí entiende que los partidos de derecha radical «han leído la situación» mejor que los partidos tradicionales.
«Han detectado malestares, miedos y cambios culturales que una parte de la política convencional estaba ignorando, minimizando o expresando en un lenguaje que no conectaba con quienes los estaban viviendo», añade. Además, «han simplificado el mensaje», dice, «con mucha más claridad que sus adversarios» y llegando a estratos de la sociedad a los que la política mainstream no llega. La foto general es todavía más clara para Arnaiz: «Los partidos tradicionales acumulan décadas de decisiones, promesas incumplidas y crisis gestionadas mejor o peor. La ultraderecha, incluso cuando lleva años dentro de las instituciones, ha conseguido muchas veces mantener una posición de outsider: puede señalar los fallos del sistema sin ser percibida todavía como plenamente responsable de ellos».
Arnaiz recalca, por otro lado, que los partidos de derecha radical «no son todos iguales» pero sí «comparten mecanismos que ayudan a entender su atractivo como voto protesta». ¿Por qué? «Ofrecen claridad frente a complejidad, responsables reconocibles frente a problemas difusos y una promesa de recuperar control frente a la sensación de impotencia», desarrolla. La política convencional muchas veces explica por qué un problema es difícil de resolver: las competencias, Europa, los mercados, los tribunales, la necesidad de negociar. «Estas fuerzas ofrecen un relato mucho más directo: sabemos cuál es el problema, sabemos quién es responsable y sabemos qué hay que hacer. Que esa explicación pueda ser simplificadora no impide que sea políticamente eficaz», termina Arnaiz.
«La gente siente que la política tradicional no resuelve»
Por su parte, Adrián Caballero, politólogo y profesor asociado en la Universidad Autónoma de Barcelona y director de Simple Política, añade que lo primero para entender el auge de la derecha radical es que «no se puede ver ya el panorama político desde el eje de izquierda y derecha» y que la realidad este crecimiento se basa en «la sensación de la gente de que la política tradicional no está resolviendo sus problemas». Sí hay, dice, una similitud con lo que se votaba en 2015 para elegir a la izquierda radical: el voto a la ultraderecha «también es un voto contra la élite», expone Caballero. En este punto, sostiene, los partidos como Vox, AfD, Fratelli o RN «han sabido conectar bien con las preocupaciones» de los ciudadanos.
El voto a la derecha radical es un voto contra las élites
En cuanto al voto joven, Caballero explica que hay que tener en cuenta que son «las generaciones que más lejos ha nacido de un contexto de autocracias, de un contexto dictatorial, de un contexto incluso de posguerra, por tanto; son las que menos van a vivir o interiorizar, porque ni sus padres lo tendrían interiorizado, las consecuencias o qué significaría el programa electoral de una extrema derecha como tal». Eso sí, aclara que ese no es el caladero decisivo de la derecha radical. «Para modificar el resultado de unas elecciones los jóvenes tendrían que votar en masa», y no lo hacen. Al menos no con los datos en la mano, aunque el peso de las redes sociales genere otra percepción.
Una variable que añade Caballero para terminar es la del «marketing político» para entender el éxito de la ultraderecha y cómo ha virado el voto protesta. «El marketing político bebe del marketing comercial, el marketing tradicional, y una de las estrategias del marketing comercial es tratar de entender al máximo a tu cliente potencial, en este caso hablaríamos de votantes». Ahí está el éxito: en las campañas electorales y los temas que se tocan. «El cliente, votante, se siente identificado y en ese punto es cuando las formaciones políticas ganan credibilidad», termina.
Crecimiento y fortaleza en casi todos los países de Europa
En España también hay un giro. Las encuestas son favorables a un giro hacia la derecha, pero con un PP que no proyecta una mayoría absoluta, por lo que un escenario factible en 2027 sería una entrada de Vox en el Gobierno central. De momento, el partido que lidera Santiago Abascal no crece al mismo ritmo que sus homólogos europeos, pero sí muestra poder territorial en los ejecutivos autonómicos. La crisis de Ceuta, la migración o la corrupción son temas que permiten crecer a la formación, y de hecho muchos sondeos ya muestran que entre PP y Vox sumarían en unas elecciones generales más del 50% de los vots.
Italia y Países Bajos son dos buenos ejemplos de la consolidación de la derecha radical. Giorgia Meloni se ha convertido en el baluarte de la familia política en Europa, sobre todo después de la caída de Orbán en Hungría. Su partido, Fratelli D’Italia, ganó las elecciones en 2022 con un 26% y su Gobierno ya es el más largo de la historia de la democracia italiana reciente, superando a Silvio Berlusconi. Aunque ha sufrido algunas derrotas a nivel regional frente a la coalición de izquierdas, Fratelli sigue liderando los sondeos de las legislativas y ya está en un 30% de intención de voto.
En territorio neerlandés la dinámica es parecido: el PVV de Geert Wilders, otro de los dirigentes más importantes de la derecha radical europea, ganó las elecciones el pasado año con un 23,5% de los votos, el partido formó parte de un Ejecutivo débil que cayó antes del verano de 2025 por diferencias respecto a la política migratoria. Ahora, con los liberales en el poder, el PVV mantiene fuerza electoral en los sondeos, que les sitúan todavía en un 23% de los sufragios.
Francia camina hacia las presidenciales de 2027 con RN liderando las encuestas. El partido de Marine Le Pen y Jordan Bardella ya se convirtió en la formación más votada en toda la UE en las europeas de 2024, aunque después en las legislativas del mismo año recibió un duro batacazo. A nivel comunitario obtuvo más de un 31% de los votos, pero ahora de cara a las presidenciales los sondeos ya les sitúan en torno a un 35% bajo un mensaje más cercano a las clases medias, de claro contenido antiinmigración pero también centrado en frenar la crisis económica y política que atraviesa el país. Además, la inhabilitación de Le Pen posiciona a Bardella como candidato y RN quiere que el perfil joven y alejado de la vieja política les dé el impulso definitivo y rompa el cordón sanitario existente hasta ahora a nivel nacional (que no local o regional).
