Publicado: septiembre 9, 2026, 6:31 am
En su tristemente famosa cuenta de Truth Social, el presidente Trump acaba de reclamar la luna para los EEUU. No se molesta en alegar razones históricas o geográficas, como hace el Gobierno de Marruecos para cuestionar la soberanía española en Ceuta. Él simplemente se la pide.
En Europa prestamos poca atención a las excentricidades del magnate. Después de todo, publicó el mismo día una imagen generada por IA en la que le doblaba el pulso a Hulk Hogan, el famoso luchador ya fallecido. Sin embargo, en Rusia se lo han tomado en serio. Los analistas del Izvestia, órgano oficioso del Kremlin, se han molestado en recordar a sus lectores que el Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967, del que los EEUU son parte, «no permite la apropiación nacional de cuerpos celestes».
Para disipar cualquier duda en quienes recordamos haber visto algún cuadro de Colón plantando la bandera de los Reyes Católicos en el Nuevo Mundo, el articulista añade: «La bandera estadounidense, plantada por la tripulación del Apolo 11 en 1969, no representa una apropiación territorial como ocurrió en nuestro planeta durante la Era de los Descubrimientos. Tenía un significado puramente simbólico». Menos mal.
¿Para qué quiere Trump la luna? No es esa la pregunta correcta, en mi opinión. La luna es de todos pero, digan lo que digan los tratados internacionales, cuando sea posible explotar algunos de sus recursos —que no será durante la presidencia del magnate— se los quedará quien sea capaz de hacerlo. Lo que deberíamos preguntarnos no es para qué, sino por qué. ¿Por qué quiere Trump reclamar la propiedad de nuestro satélite? La respuesta correcta es, seguramente, la que todos imaginamos: se trata de una pura y simple demostración de prepotencia.
En nuestro país, los medios no han dado ninguna importancia a esta enésima salida de tono del presidente de los EEUU. Ya estamos acostumbrados. Yo me atrevería a sugerirle al alocado inquilino de la Casa Blanca que, ya que no puede hacer efectiva la propiedad, le ponga su nombre a nuestro satélite y demuestre su poder omnímodo obligando a los norteamericanos a llamarlo como él quiere. Al menos en los documentos oficiales, porque no veo a ningún autor de novelas románticas describiendo la escena de dos enamorados paseando de la mano a la luz del Trump.
Tengo para mí que la prepotencia, cuando se exagera hasta el punto al que la suele llevar el presidente Trump, se convierte en un rasgo infantil. Tengo un nieto que suele decir que su papá es muy fuerte y, dada su corta edad, en lugar de avergonzarme me llena de orgullo. Después de todo, yo soy el papá de su papá. Sin embargo, Donald Trump no va a la guardería a pasar el día —tampoco sería una mala idea— sino que dedica el tiempo que no está jugando al golf o escribiendo dislates en Truth Social a presidir los EEUU y a mandar el ejército más poderoso de la historia.
Desde cualquiera de los dos puntos de vista, ya sea como presidente o como comandante en jefe, la lista de sus predecesores es impresionante. Tenemos a George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln… y ahora Donald Trump, aportando al grupo dos cosas que seguramente le faltaban: sus fanfarronadas y sus pataletas. Aún más chocante es colocar al magnate en la lista de los más poderosos caudillos militares de todos los tiempos, detrás de Alejandro Magno, Aníbal Barca, Julio Cesar, Carlomagno, nuestro Carlos I y Napoleón.
¿Deshonra Donald Trump a quienes le han precedido en sus altas responsabilidades? Cada uno tendrá su opinión. La mía me quitaría cualquier posibilidad de obtener un visado para viajar a los EEUU en los próximos años… pero, reconozcámoslo, a él no le va mal. De hecho, su forma de hacer las cosas caótica e infantil, irresponsable e insultante en las redes sociales, parece extenderse como una mancha de aceite sobre los líderes de otras naciones y otras culturas. También en España empiezan a aparecer personas así… y algunos llegan a ministros.
El coste para la sociedad de actitudes como la del presidente Trump me parece enorme. Creo que la convivencia y el progreso exigen un cierto grado de autoridad y, si nuestros líderes no se respetan a sí mismos, ¿por qué habríamos de respetarlos los demás? A pesar de todo, el modelo cuaja. Podemos elegir y elegimos mal. Una y otra vez. Por eso, la pregunta que de verdad me inquieta no es la que se refiere al presidente Trump, sino a nosotros mismos: ¿Tenemos lo que nos merecemos?
