Publicado: julio 9, 2026, 1:00 am
Comer por ansiedad y recurrir al chocolate tras un día complicado es una situación más común de lo que parece. Aunque a menudo se atribuyen a una falta de fuerza de voluntad, los especialistas insisten en que, en muchos casos, detrás de estos comportamientos existe una explicación biológica: un sistema nervioso que permanece demasiado tiempo en estado de alerta. Comprender cómo funciona este mecanismo puede ser el primer paso para mejorar la relación con la comida y dejar de culpabilizarse por determinados hábitos.
La dietista-nutricionista y fundadora de NutrireSmart, Yuby Guzmán Savinelli, explica que todo comienza con el denominado «modo supervivencia«, un estado en el que el organismo permanece preparado para responder a una amenaza. Según la experta, se trata de «la activación sostenida del sistema nervioso en respuesta a una amenaza percibida por la persona«. A diferencia de lo que ocurría hace miles de años, cuando el peligro podía ser un depredador, hoy esas amenazas suelen adoptar la forma de reuniones de trabajo, conflictos personales, problemas económicos o una agenda repleta de obligaciones.
¿Es peligro físico o estrés psicológico?
El inconveniente es que el cuerpo no distingue entre un peligro físico y un estrés psicológico mantenido. Si esa activación se prolonga durante días o semanas, el organismo empieza a priorizar las funciones necesarias para afrontar la amenaza y relega otras, como la digestión. «Cuando el sistema nervioso opera en ese estado de alerta crónica y constante, la relación con la comida puede alterarse en varios niveles», señala Guzmán.
Uno de los primeros efectos aparece precisamente en el aparato digestivo. La especialista explica que pueden surgir digestiones pesadas o problemas intestinales porque el organismo desvía recursos hacia los músculos y el cerebro, considerados prioritarios para la supervivencia. A medida que el estrés se mantiene, también se alteran las señales internas que regulan el hambre y la saciedad. En ese contexto, «el cerebro busca compensación rápida en alimentos densos en calorías para tener energía que sostenga la alerta o estrés; y luego para generar una sensación momentánea de alivio». Si este comportamiento se repite con frecuencia, acaba convirtiéndose en un hábito automático.
Muchas personas desconocen que su sistema nervioso está desregulado porque las señales pueden resultar muy sutiles. Entre ellas destacan la dificultad para identificar el hambre real hasta que aparece de forma urgente, un apetito constante que no desaparece tras comer, digestiones lentas, tensión en la mandíbula o el cuello, irritabilidad, insomnio o problemas de concentración.
La clave es prestar atención a cómo comes
Para detectar esta situación, Guzmán plantea una pregunta sencilla durante sus consultas: «¿Comes distinto cuando estás tranquila que cuando estás bajo presión?». Según explica, «si la respuesta es sí, y la diferencia es notable, hay desregulación». Este cambio en el comportamiento alimentario no responde únicamente a una cuestión emocional, sino también a mecanismos neurobiológicos que influyen en las decisiones relacionadas con la comida.
El estrés crónico provoca un aumento del cortisol, una hormona que favorece la búsqueda de energía rápida. La experta explica que, en estas circunstancias, «el cerebro, en particular la amígdala y el núcleo accumbens, se inclina por preferencias alimentarias ricas en azúcar y grasa, porque generan una liberación inmediata de dopamina«. Esa descarga produce una sensación de alivio temporal y refuerza el comportamiento, haciendo que el cerebro aprenda a repetirlo cada vez que percibe malestar.
Sin embargo, no todo depende de la biología. La historia personal también influye en la forma de gestionar las emociones a través de la comida. Muchas personas crecieron asociando determinados alimentos con el consuelo o la recompensa. Si un dulce acompañaba los momentos de tristeza o un premio consistía en una chocolatina, el cerebro acaba registrando esa experiencia como una estrategia eficaz para aliviar el malestar.
Nada de prohibir alimentos
Por eso, Guzmán subraya que «no es que solo hagamos malas elecciones alimentarias, sino que estamos ejecutando un programa neurológico que en su momento tuvo sentido». Es decir, se trata de respuestas aprendidas que el organismo activa de manera automática mucho antes de que la persona sea plenamente consciente de lo que está haciendo.
Este mecanismo está estrechamente relacionado con el llamado hambre emocional. Desde la psiconutrición, la especialista recuerda que «comer es también un acto de autorregulación emocional, y en muchos casos es la única herramienta que una persona tiene disponible en ese momento». La diferencia con el hambre física radica en que esta aparece de forma gradual y permite elegir entre distintos alimentos, mientras que el hambre emocional surge de repente, suele dirigirse hacia un alimento muy concreto y acostumbra a ir acompañada de una fuerte sensación de urgencia y, posteriormente, de culpa.
Frente a esta situación, el objetivo no consiste en prohibir alimentos ni en recurrir a dietas más estrictas, sino en aprender a regular el sistema nervioso para que deje de vivir en un estado permanente de alerta. «Trabajar esta distinción se logra al reeducar al sistema nervioso para que encuentre otras vías de regulación, sostenibles y que no generen conflicto con la salud ni con la autoestima», dice la experta.
Tal como anima la nutricionista, comprender el papel del sistema nervioso permite abordar la alimentación desde una perspectiva mucho más amplia. Más allá del autocontrol, la forma en la que comemos está profundamente condicionada por nuestro estado fisiológico y emocional. Recuperar la calma no solo mejora el bienestar psicológico, también ayuda a restablecer una relación más equilibrada, consciente y saludable con la comida.
