Publicado: julio 5, 2026, 3:00 pm
“La soledad no siempre se nota: a veces se sienta a la mesa con nosotros.”
No toda soledad enferma. Hay una soledad necesaria, incluso fecunda, que nos permite pensar, guardar silencio, recuperar el centro, decidir con conciencia y volver a nosotros mismos. Llegamos a este mundo desde un vínculo, en una dependencia radical de la otredad, pero vivimos una existencia irrepetible y, al final, hay zonas de la vida y de la muerte que nadie puede atravesar en lugar de cada quien. Esa tensión es profundamente humana porque sí, necesitamos a los demás, pero también necesitamos aprender a habitarnos en soledad y hacernos cargo de nuestra propia existencia sin co-dependencia de amores, amistades y sociedad.
El problema no es la soledad. El problema es la desolación
La soledad puede ser compañía interior. La desolación es intemperie y erosión física, mental y espiritual. Es estar rodeado de personas y sentirse sin vínculo. Es vivir acompañado, pero no escuchado. Es trabajar, producir, contestar mensajes, cumplir responsabilidades, sostener una familia, dirigir una empresa, servir a una comunidad y, aun así, sentir que por dentro algo se va apagando. La desolación aparece cuando una persona ya no se siente sostenida por los demás, pero tampoco por sí misma. No solo le falta compañía, le falta fuego interior.
México no solo tiene personas solas. Tiene personas desoladas, sin suficiente vínculo con otra gente, sin red de apoyo en la urgencia y, muchas veces, sin un espacio interior desde donde volver a sostenerse. Esa es una de las grandes fracturas de nuestro tiempo. Y conviene decirlo sin dramatismo vacío, pero con toda seriedad porque una sociedad desolada puede seguir funcionando, puede vender, comprar, votar, producir, consumir y publicar fotografías felices, mientras millones de personas viven deshabitadas por dentro. A veces en la oscuridad y ausencia espiritual.
Marco Aurelio, emperador estoico, entendía que retirarse hacia uno mismo podía ser un acto de gobierno interior. No para huir del mundo, sino para no ser esclavo del ruido, de la opinión, del miedo o del deseo desordenado.
Kierkegaard, pensador existencial, miró la desesperación como una enfermedad del yo: no querer ser uno mismo, querer ser otro o no poder sostenerse en la propia existencia.
Buber, filósofo del diálogo, advirtió que el vínculo humano se empobrece cuando dejamos de mirar al otro como un “Tú” y empezamos a tratarlo como un “Eso”: recurso, expediente, cliente, carga, empleado, votante, consumidor o número.
Ahí se abre una herida mexicana contemporánea. No estamos hechos para vivir sin soledad; estamos hechos para no convertir la soledad en desolación. Sin embargo, una parte de nuestra cultura actual empuja en sentido contrario. Nos sobreestimula, nos mide, nos compara, nos endeuda, nos acelera, nos exige rendimiento casi religioso y luego nos vende entretenimiento para anestesiar el vacío que ella misma produjo. Como si la vida fuera una carrera interminable por demostrar que estamos bien, aunque por dentro estemos profundamente cansados.
No nos tenemos y estamos perdiendo nuestro espíritu
La desolación no es simple tristeza es oscuridad, nuestra luz interior se va a pagando. Tampoco debe confundirse con depresión clínica, aunque puede acercarnos a ella o agravarse con ella. La tristeza tiene causa, lenguaje y, muchas veces, movimiento. La depresión puede requerir atención profesional, tratamiento, psicoterapia, valoración médica y acompañamiento serio. La desolación, en cambio, es más amplia porque es la pérdida progresiva de sentido, pertenencia, presencia y refugio interior. Es cuando una persona ya no sabe a quién llamar, pero tampoco sabe cómo escucharse a sí misma. Es cuando alguien se despersonaliza y escinde su esencia de la realidad y el mundo.
La Organización Mundial de la Salud colocó la conexión social como prioridad global y estimó que una de cada seis personas en el mundo vive desolada, sin red de cuidado y sin nadie acompañándoles. En la mayoría de las ocasiones sin espíritu. Además, asocia la desconexión social con más de 871,000 muertes al año. El dato es brutal, pero no basta repetirlo. Hay que interpretarlo con mirada fenomenológica, porque la ausencia de vínculo no solo entristece; enferma. La falta de pertenencia no solo duele; desgasta el cuerpo, la mente, la voluntad y la esperanza. El vació existencia deshidrata la voluntad para un buen vivir y comienza un mal vivir.
En México, el espejo también es duro. La ENSANUT 2022 reportó que 16.7% de las personas adultas presentó sintomatología depresiva, con una prevalencia mucho más alta en adultos mayores: 38.3%. La ENASEM 2024 mostró que, entre personas de 80 años y más, 42.3% de las mujeres y 29.8% de los hombres presentaron cinco o más síntomas depresivos. La desolación tiene rostro de vejez, de viudez, de cansancio, de enfermedad, de hijos e hijas en ocupaciones irrenunciables, de nietos/as ausentes, de pensiones insuficientes, de cuerpos que duelen y de conversaciones que ya nadie inicia. Pero lo más relevante, de personas que fueron negligentes con ellas mismas y no planearon un plan de júbilo, pensaron que su identidad era el presente (trabajo, familia, bienes materiales) y cuando la edad les alcanzó, dejaron de ser quienes pensaban que eran y se abandonaron a la suerte social, le cobran factura de la falta de autocuidado y su depresión.
También tiene un rostro joven que oscila entre 25 y 55 años.
Nuestra juventud está hiperconectada y profundamente desolada. Personas trabajadoras que viven de traslado en traslado, de deuda en deuda, de pantalla en pantalla, sin tiempo para cocinar una conversación real. Mujeres que sostienen emocionalmente a todos y todas y no tienen dónde sostenerse. Hombres educados para callar el dolor hasta que el cuerpo lo grita. Un empresariado que carga nóminas, bancos, familia, sucesión, clientes, pleitos societarios y apariencia de fortaleza, mientras por dentro se sienten solos frente a la responsabilidad. Funcionarios públicos quemados y desmotivados por tareas que no les permiten disfrutar su vocación o sentido de propósito.
Cuando no miramos la desolación, confundimos silencio con fortaleza, aislamiento con carácter y agotamiento vital con normalidad.
La desolación comienza cuando una persona no sabe a quién llamar, cuando deja de cuidarse y se despersonaliza
La ENBIARE 2021 del INEGI captó que alrededor de 30.8% de la población adulta estima no contar con una red de apoyo en caso de necesidad o urgencia. Este dato debería dolernos más de lo que nos duele. Porque la desolación no es carecer de contactos; es no saber a quién llamar cuando la vida se rompe. Es tener conocidos, grupos de WhatsApp, seguidores, compañeros, familiares y, aun así, sentir que pedir ayuda sería incomodar, deber, exponer o fracasar. También es falta de planeación y mitigación de riesgos asociados a la vida. No obstante, sigamos aprendiendo de lo normalizado. En lo social, revisemos lo que hace falta comprender, hablemos de la familia y su corresponsabilidad en este tema.
¿Puede una familia mexicana ser verdaderamente fuerte si sus integrantes no tienen permiso emocional para decir “no estoy bien”?
La familia mexicana no debe idealizarse ni cancelarse. Debe reformarse desde el cuidado. Ha sido sobre-mesa, memoria, refugio, fiesta, sacrificio, ternura y comunidad. Pero también ha sido silencio, machismo, control, abuso, abandono, manipulación y deuda emocional. La calle no inventa nuestra forma de convivir; muchas veces sólo la revela. Una familia que no dialoga produce ciudadanía defensiva. Una familia que cuida produce ciudadanía disponible.
Por eso la educación es la verdadera reforma social. No me refiero a una educación dogmática que domestica, ni a una escolaridad técnica que solo prepara para competir. Hablo de educación profunda, de aprender a vivir, conversar, cuidar, disentir, trabajar, amar, reparar, descansar, pedir perdón, poner límites y hacerse cargo de la propia existencia. Educar no requiere dogmas impositivos que nos idioticen o lasceren nuestra vida; requiere disposición, amor, criterio y compromiso con el desarrollo humano y el bien común.
El despertar no está en la fe ciega depositada en ideologías, religiones, algoritmos, liderazgos mesiánicos o patrones heredados. Está en la capacidad de razonar la existencia. Aprender a cuestionar lo que hemos normalizado es una forma de libertad. Y México necesita esa libertad interior para no seguir confundiendo obediencia con educación, consumo con realización, ruido con compañía y productividad con dignidad.
Una economía que apaga personas termina apagando valor
La desolación también cuesta. No porque la persona desolada sea un costo, sino porque una economía que apaga personas termina debilitando su propia capacidad de crear valor. La Organización Mundial de la Salud estima que cada año se pierden 12,000 millones de días laborales por depresión y ansiedad, con un costo cercano a un billón de dólares en productividad perdida. En México, el CIEP ha advertido que el presupuesto para salud mental en 2026 tendría un recorte frente a 2024 y equivaldría apenas a 1.5% del gasto de la Secretaría de Salud e IMSS-Bienestar, muy lejos de lo que requiere una crisis que ya vive en casas, calles y centros de trabajo.
¿Puede llamarse próspera una empresa que gana más, pero deja a su gente agotada, silenciosa y emocionalmente desconectada?
El empresariado mexicano debe mirar esto con inteligencia estratégica y responsabilidad humana. La salud mental ya no puede quedar fuera de la conversación económica. La desolación no atendida se convierte en ausentismo, presentismo, rotación, errores, baja creatividad, conflictos, accidentes, cinismo, renuncias silenciosas y pérdida de confianza. Una persona puede estar sentada ocho horas frente a una computadora y, sin embargo, estar emocionalmente ausente. Puede cumplir, pero sin crear. Puede asistir, pero sin conectar. Puede obedecer, pero sin aportar.
El presentismo es uno de los rostros más caros de la desolación porque se muestra con cuerpos presentes, personas apagadas o renuncias silenciosas extendidas por años.
No se trata de convertir a la empresa en consultorio, ni al líder en terapeuta. Se trata de asumir que toda empresa es una comunidad humana antes que una maquinaria financiera. En los Censos Económicos 2024, el INEGI reportó más de 5.4 millones de unidades económicas del sector privado y empresas paraestatales, con casi 28 millones de personas ocupadas; las microempresas representaron 95.4% del total y dieron trabajo a 41.4% del personal ocupado. Si a eso sumamos que, según fuentes especializadas como CIFEM-BBVA/IPADE, más de 95% de las empresas mexicanas con capital mexicano son familiares, aparece una verdad poderosa: la empresa familiar mexicana no es un actor marginal; es una de las grandes escuelas de convivencia, trabajo, pertenencia y futuro del país.
Cada empresa familiar es una pequeña república. Ahí se aprende civismo o incivismo. Ahí se aprende si la autoridad sirve o humilla. Si el trabajo dignifica o exprime. Si la sucesión conversa o destruye. Si el dinero ordena o domina. Si el fundador escucha o se aferra. Si las nuevas generaciones se preparan o solo heredan. Si la persona trabajadora es vista como recurso o como ser humano con historia.
¿Qué pasaría si cada empresa mexicana asumiera que también educa ciudadanía?
La empresa puede ser una respuesta de transformación social si deja de concebir el bienestar como accesorio y empieza a entenderlo como infraestructura de prosperidad. Un salario digno, un horario razonable, una junta donde no se humilla, una escucha real, una política de salud mental, una sucesión dialogada, un consejo profesional, una capacitación humanista, una cultura que no castiga la vulnerabilidad y un liderazgo que no reduce a nadie a resultados son actos económicos y cívicos al mismo tiempo.
¿Qué pasaría si la empresa también educa a su comunidad a planear su júbilo, un estado independiente de bienestar para cada persona?
La empresa es una plataforma de desarrollo humano, en el presente y para el futuro, independientemente que trabajen en ella, es una responsabilidad social que cueste menos a la sociedad la vejez y que cada quien tenga lo suficiente para sobrevivirla sin experienciar desolación.
Cuidar no es invadir; cuidar es estar disponible
México no es el país más pobre de las comparaciones internacionales, pero sí es profundamente vulnerable por la mezcla de desigualdad, informalidad, baja resiliencia financiera familiar e indiferencia normalizada. El INEGI reportó en 2024 una pobreza multidimensional de 29.6%, equivalente a 38.5 millones de personas. La ENOE ubicó la informalidad laboral alrededor de 54.8% en 2025. La ENSAFI 2023 mostró que solo 17.8% de las personas adultas tenía bienestar financiero alto y 36.9% presentaba estrés financiero alto; además, 34.9% reportó malestares físicos derivados de ese estrés, como dolor de cabeza, gastritis, colitis o cambios en la presión arterial.
Esa no es solo economía. Es cuerpo. Es familia. Es mesa. Es insomnio. Es irritabilidad. Es pleito e indiferencia con la pareja y la familia. Es violencia con hijos e hijas. Es deuda emocional heredada. Es ausencia espiritual. Es desolación.
La pobreza multidimensional es causa directa de la desolación.
¿Si la familia mexicana no es estable, armónica y consciente de su importancia como fuerza de cambio, el país podría serlo?
La respuesta incómoda es no. Un país no puede ser más sano que sus familias, más digno que sus empresas, más justo que sus instituciones ni más consciente que sus ciudadanos. La reforma verdadera comienza en casa, se practica en la escuela, se confirma en el trabajo, se exige en la política y se prueba en la calle. Primer sector, segundo sector y tercer sector no son compartimentos aislados; son corresponsables de una misma posibilidad histórica, la de reconstruir el tejido social antes de que la desolación se vuelva cultura.
¿Y… si sí hacemos conciencia de cuidado sistémico?
Desde el Humanismo Regenerativo, la desolación no puede entenderse como falla privada ni como debilidad de carácter. Es una señal profunda de ruptura del vínculo con uno mismo, con la familia, con la comunidad, con la empresa y con las instituciones. Por eso, una sociedad humanista no debe limitarse a tratar síntomas; debe regenerar condiciones. Necesitamos familias que escuchen sin juzgar, empresas que no reduzcan a las personas a productividad, comunidades que vuelvan a mirar a sus mayores, escuelas que formen carácter y criterio, organizaciones civiles que acompañen sin protagonismo, y un Estado que invierta seriamente en salud mental, prevención, cuidado y acceso oportuno.
La ética del cuidado no es paternalismo ni sentimentalismo. Es hacer lo correcto cuando alguien está vulnerable. Es evitar que el descuido propio termine siendo deuda para las nuevas generaciones. Es comprender que el autocuidado no cancela la empatía, sino que la hace sostenible. Es preguntar sin invadir, acompañar sin controlar, sostener sin humillar. Es decir “te creo”, “estoy aquí”, “busquemos ayuda juntos/as”, en vez de “échale ganas”, “hay gente peor” o “ya supéralo”.
La falta de empatía tiene dos rostros visibles, la indiferencia y el abandono. La indiferencia es una violencia pasiva. El abandono es su consecuencia. Ambas producen una mexicanidad defensiva, cansada y desconfiada. El anonimato colectivo también puede volverse una forma de autoritarismo social porque nadie decide dañar, pero todos dejamos pasar, nos volvemos cómplices de los malos hechos; nadie se declara cruel, pero todos miramos a otro lado; nadie quiere un país roto, pero cada quien protege su pequeño mundo mientras lo común se desmorona.
¿Puede haber liderazgo humanista sin ética del cuidado, inversión sistémica, educación continua y economías saludables?
No. El liderazgo humanista de nuestro tiempo tiene que ser regenerativo. Regenerar no es reparar personas rotas; es reconstruir las condiciones humanas para que una persona pueda volver a sentirse viva, digna, acompañada y capaz de habitarse espiritualmente. Implica dignidad en el trato, disposición al otro, conciencia del impacto propio y responsabilidad frente a lo común. Esos cuatro valores no son ornamento filosófico; son estructura mínima de convivencia.
Estamos entrando a una zona oscura de la mexicanidad si aceptamos que la vida se vuelva supervivencia, que el trabajo pierda dignidad, que la familia deje de conversar, que la empresa solo mida rendimiento, que la política administre enojo, que la tecnología sustituya presencia y que la salud mental siga llegando tarde.
Pero México todavía tiene corazón y espíritu.
Y el corazón espiritual, en nuestra historia, no es solo órgano o surrealismo abstracto. Es centro de vida, conciencia, amor, sufrimiento, memoria y decisión. El corazón espiritual de México está en la madre que cuida, en el padre que aprende a escuchar, en la abuela que todavía reúne, en el docente que no se rinde, en la trabajadora del hogar que sostiene hogares ajenos, en el médico que mira a la persona antes que al expediente, en la pyme que paga con esfuerzo, en la familia empresaria que institucionaliza para no destruirse, en la organización civil que acompaña, en el joven que decide no rendirse al cinismo, en la autoridad que sirve sin humillar. En la sensibilidad individual y colectiva para cuidarnos más y prosperar.
La desolación no se resuelve solo con compañía. Se enfrenta regenerando vínculos con uno/a mismo/a, con la familia, con la comunidad, con la empresa y con un sistema de salud que deje de llegar tarde. La prosperidad regenerativa no puede medirse únicamente en ingreso. Debe incluir tiempo, salud integral, armonía, educación, realización, pertenencia y posibilidad real de futuro.
Una economía verdaderamente humana no solo pregunta cuánto crece. Pregunta cómo vive su gente mientras crece. Pregunta si el trabajo dignifica. Pregunta si la empresa educa. Pregunta si la familia se fortalece. Pregunta si la comunidad cuida. Pregunta si el Estado llega a tiempo. Pregunta si la persona puede volver a sí misma sin miedo.
También la pregunta aplica en el personal, ¿Qué debo hacer para que las cosas sean distintas a lo que hemos construido?
México necesita narrativas contraculturales que desnuden dogmas obsoletos como el mande usted, la productividad sin alma, el consumo como identidad, la competencia como destino, el poder como dominio, la tecnología como sustituto del encuentro y la indiferencia como defensa. Necesitamos una reconversión crítica, responsable y auténtica que vincule políticas públicas con derechos humanos, empresa consciente con bienestar familiar, filantropía con justicia, educación con libertad interior y ciudadanía con deliberación real.
El futuro no será digno si dejamos a millones de personas funcionales por fuera y desoladas por dentro
Por eso, la pregunta no es solamente cuántas personas están solas. La pregunta es qué tipo de país estamos construyendo para que tantas personas se sientan desoladas. Y la respuesta no puede quedarse en el diagnóstico. Empieza en cada uno y cada una: en cómo nos hablamos, cómo nos cuidamos, cómo trabajamos, cómo lideramos, cómo pagamos, cómo educamos, cómo escuchamos, cómo gobernamos y cómo tratamos a quien no puede devolvernos nada.
Una mexicanidad que permite el autoritarismo colectivo, disfruta la incivilidad y abandona su soberanía pierde de forma estructural y sistémica, paulatinamente, su libertad. Pero una mexicanidad que recupera dignidad, disposición, conciencia y responsabilidad puede iluminar de nuevo lo que hoy parece oscuro.
No es soledad, es desolación. Y no se cura solo con ruido, compañía o productividad. Se regenera con presencia, educación, trabajo digno, cuidado, comunidad y amor propio consciente.
Te invito a hacer algunas acciones concretas.
Una. Revisa tu relación contigo misma o contigo mismo. Pregúntate si tu forma de vivir, trabajar, consumir, descansar, discutir, liderar y cuidar te está acercando a una soledad fecunda o te está empujando, silenciosamente, hacia la desolación.
La otra. Si tienes una empresa, lideras un equipo o participas en una familia empresaria, pregúntate si tu organización está ayudando a que las personas se sientan dignas, escuchadas y acompañadas, o si solo está exigiendo resultados a costa de cuerpos cansados, vínculos rotos y voluntades apagadas. No desde el discurso. Desde el salario, el trato, el descanso, la escucha, la seguridad psicológica, el desarrollo humano y la posibilidad real de construir futuro.
La última. Volvamos a educarnos para cuidar. En la familia, en la escuela, en la empresa, en la política, en el barrio y en la calle. Porque pensar bien, decidir mejor y vivir mejor exige algo más: aprender a habitarnos y no abandonar a quien ha perdido el camino de regreso a sí mismo.
Un país que mira la desolación puede recuperar vínculo. Un país que recupera vínculo puede reconstruir confianza. Un país que reconstruye confianza puede cooperar. Un país que coopera puede sanar. Y un país que sana puede prosperar con justicia, dignidad y sentido humano.
México no necesita personas funcionales por fuera y deshabitadas por dentro. Necesita familias que escuchen, empresas que cuiden, instituciones que lleguen a tiempo y ciudadanía capaz de hacerse cargo de sí misma sin abandonar a la otredad.
Esta labor empieza en el liderazgo propio y se vuelve país cuando la practicamos en comunidad. De eso seguiremos conversando, con esperanza activa, conciencia crítica y responsabilidad compartida.
Por último, te invito a sintonizar nuestro espacio radiofónico Liderazgo, Salud y Sociedad. Pensar y decidir mejor para vivir mejor. Este tema lo abriremos el próximo martes 7 de julio, de 15:00 a 16:00 horas con una invitada experta en el tema, tiempo del centro de México, desde el eje de salud; y lo profundizaremos el jueves 9 de julio, en el mismo horario, desde el liderazgo, la familia, la empresa y la sociedad.
Nos escuchas por Radio Fórmula: 1470 AM en la Ciudad de México y 1230 AM en Guadalajara y Monterrey. Lo conduciremos, con muchísimo gusto, Rafael Balderas Ledezma, Maribel Ramírez Coronel y yo, Jaime Cervantes Covarrubias.
Pensar bien. Decidir mejor. Vivir mejor. Convivir mejor. Y ahora, con más urgencia, cuidar mejor.
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