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Cómo Rosalía inspiró el nombre de una proteína clave en el estudio de un virus en Harvard

Publicado: junio 24, 2026, 3:00 am

El adjetivo viral se ha utilizado en los últimos años para describir multitud de contenidos digitales que se comparten de forma masiva en redes, desde canciones hasta vídeos, pasando por memes. Historias que, al igual que un virus, crecen y se propagan exponencialmente hasta llegar a las manos de casi todo el mundo.

En mi caso, la historia que voy a compartir con vosotros es viral en el más puro significado de la palabra: no solo se ha hecho eco de la noticia en los medios, sino que además el meollo del suceso es la proteína de un virus que yo mismo descubrí y bauticé en honor a Rosalía, y por el que la cantante me dedicó una canción en su concierto de Boston.

Me llamo Miguel López Rivera y estoy cursando el doctorado en Ciencias Biológicas y Biomédicas en la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard. Aunque soy natural de Úbeda, Jaén, llevo ya ocho años fuera de España: hice el Bachillerato Internacional en el Colegio del Mundo Unido de Maastricht y de ahí marché con una beca a la Universidad de Yale para estudiar un programa combinado de grado y máster en Biología Molecular, Celular y del Desarrollo.

En Yale descubrí la investigación, estudiando bacterias resistentes a antibióticos, y le pillé el gustillo a la ciencia. Como me gustó esto de plantear preguntas sobre cómo funciona la vida e intentar buscarles respuesta, decidí continuar mi formación con un doctorado. Actualmente trabajo en el Kranzusch Lab de Harvard y el Instituto Oncológico Dana-Farber, donde nos enfocamos en la evolución del sistema inmunitario. Investigamos cómo las defensas de los seres vivos son capaces de detectar infecciones y orquestar contraataques para controlarlas, utilizando bacterias y los virus que las infectan como modelo biológico.

Muchas veces me preguntan: «Pero Miguel, ¿cómo se llega a descubrir una proteína?». La respuesta a esta pregunta es fácil; el proceso, no tanto.

Un proceso, paso a paso

Lo primero es identificar un problema aún sin resolver, un agujero en el tejido del conocimiento. En mi caso, comencé con una pregunta directa. Si el sistema inmunitario ataca a los virus, ¿habrán desarrollado los virus alguna estrategia para poder esconderse de estos ataques? Ya se conocen algunos ejemplos de patógenos que aprenden a escabullirse del sistema inmune, pero aún no comprendemos muy bien cómo.

Para encontrar nuevas estrategias de evasión inmune, buscamos un virus con una actividad fuera de lo normal, que se escapara de los límites de lo que esperábamos. Y tras estudiar docenas de virus, nos topamos con uno en particular realmente interesante que podía destruir las señales de alerta inmunitarias de la célula.

Una de las defensas que nuestras células y las de otros muchos seres vivos utilizan para defenderse de virus es generar unas señales químicas de alerta que les permiten entrar en un estado antiviral. En muchos casos, estas señales de alerta llevan a la célula a suicidarse de manera altruista antes de que el virus pueda replicarse e infectar a células vecinas, lo que ayuda a controlar la infección.

El virus que identificamos en nuestra investigación ha evolucionado para destruir esa señal; tiene una proteína que funciona como un caballo de Troya. Esta proteína consigue inactivar el sistema inmunitario desde dentro, obligando a la célula a quedarse viva mientras el virus se replica, incluso cuando la célula intenta suicidarse por el bien del resto de células.

Aparte de revelar nuevos principios básicos sobre las infecciones, este descubrimiento ha abierto nuevas líneas de investigación: existen proteínas humanas con dominios estructuralmente similares al de esta proteína viral, implicadas en procesos como la contracción muscular o la transmisión de impulsos nerviosos. Comprender cómo funciona podría ayudarnos a arrojar luz sobre otras proteínas parecidas que aún no entendemos del todo y sobre su posible relación con distintas patologías.

La biología, como una caja de herramientas

En nuestro laboratorio solemos investigar las estructuras de las proteínas para aprender más acerca de su función y buscar un elemento del día a día que nos ayude a explicar cómo funciona. La biología viene a ser como una caja de herramientas, donde la forma de cada utensilio te puede dar una pista sobre cómo manejarlo.

En nuestro caso, esta proteína viral que destruye las señales del sistema inmunitario tiene forma de castañuela: la señal inmune celular se pega al corazón de las castañuelas moleculares y, cuando estas se cierran, destruyen la señal, desarmando así a la célula.

Dada la conexión con el instrumento musical flamenco y que soy fan de Rosalía desde sus inicios allá por 2016, decidimos nombrar a la proteína RyDEP, un acrónimo con doble significado. Por un lado, captura el ámbito científico del descubrimiento (RyR-domain Defense Evasion Protein) y, por otro, hace referencia a una de las canciones más virales de la artista («Rosy Despechá»). En parte, lo que los virus con esta proteína consiguen es volver «despechás» a las células que infectan, así que el nombre le venía como anillo al dedo al descubrimiento.

En el concierto de Boston, donde actualmente resido, Rosalía se percató del descubrimiento y, por haberle dedicado yo una proteína, ella me dedicó de vuelta su canción Sauvignon Blanc, junto a su escritor favorito, Ocean Vuong. Este momento se hizo viral en redes y, más allá de la anécdota, me ha regalado la oportunidad de poder compartir mi ciencia con un público más general.

En muchas ocasiones, los científicos parecemos escribir y hablar solo para otros científicos, en círculos poco accesibles y con un lenguaje que nos cuesta comprender hasta a los que llevamos años utilizándolo. En tiempos tumultuosos como los de ahora, donde la ciencia es menospreciada por algunos de los que están en el poder y donde la ignorancia parece echar un pulso a la evidencia, los científicos tenemos la responsabilidad moral añadida de servir como educadores y divulgadores.

Custodios ante la desinformación

No solo hemos de expandir las fronteras del conocimiento, sino custodiar también sus límites frente a la desinformación y abrir vías para que lo que aprendemos no quede confinado en el laboratorio.

No sé cuál será mi próximo descubrimiento, si tendrá forma de guitarra o si lo bautizaré Sabina 19 días. Pero lo que sí sé es que por aquí seguiré, intentando que el interés por la ciencia se vuelva infeccioso y que los descubrimientos sean virales en el mejor sentido de la palabra, despertando curiosidad y ayudando a que lo que aprendemos en el laboratorio pueda, con el tiempo, traducirse en mejoras reales para la vida de las personas.

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