Publicado: junio 24, 2026, 1:00 am
Hace una década, los promotores del Brexit buscaban hacer propaganda partidista, no tanto provocar que el ánimo británico realmente se alineara con la idea de abandonar el pacto con el resto de Europa, que, si bien les habÃa dejado problemas, también les otorgó múltiples beneficios.
Sin embargo, la apatÃa de muchos ciudadanos que no salieron a votar en ese referendo, más la combinación de los antisistema que sà se tomaron la molestia de sufragar aquel 23 de junio del 2016, resultaron en la dinamita que voló el puente de Reino Unido con su principal socio comercial.
Ganaron aquellos que querÃan detener la inmigración y que pensaron que tendrÃan la capacidad para negociar acuerdos bilaterales con toda la fuerza de su reino. Diez años después, la fantasÃa ideológica de los rupturistas se esfumó para dejar en el aislamiento a una maquinaria que pierde impulso industrial y polÃtico.
Reino Unido no se volvió más libre, sino más irrelevante con esa ruptura de las cadenas de suministro que estaban bien integradas con la Europa continental; ahora tienen de regreso una burocracia aduanera que complementa el desplome de la inversión y del crecimiento económico.
La ironÃa es que los rupturistas prometieron un freno a la inmigración europea, pero el resultado fue un incremento histórico del flujo migratorio tras el rompimiento con la Unión Europea. Solo que, a la vuelta de una década, los que han llegado a Reino Unido ya no son ciudadanos de la Unión, sino de otras naciones. Los británicos no querÃan inmigrantes, pero tampoco querÃan hacer sus trabajos.
Reino Unido perdió su lugar en la mesa de las decisiones europeas, pero tuvo que seguir acatando esas reglas del juego como un mecanismo de supervivencia comercial.
Si alguien hoy debiera verse en ese espejo británico, sin duda tendrÃa que ser Estados Unidos, que actualmente está dominado por una retórica proteccionista y por la amenaza de romper ese lazo fundamental que tanto subestima del T-MEC y sus vÃnculos regionales. Hoy Washington usa un guion populista muy parecido al de los Brexiteers, en el cual culpan al libre comercio de sus propios desajustes estructurales internos, satanizan la inmigración y prometen la reinstalación de un pasado manufacturero.
El ejemplo británico deberÃa enseñarle a Donald Trump que los empleos industriales no regresan con muros arancelarios o metálicos, ya que éstos constituyen también la forma de provocar una escasez de insumos y de mano de obra.
El Brexit estadounidense está en sus aranceles, y la puntilla serÃa terminar con la relación comercial abierta con América del Norte. Estrangular al T-MEC implicarÃa un suicidio logÃstico para su industria automotriz, pero también para las cadenas de suministro agroalimentarias.
Es verdad que hoy la Casa Blanca no ve al actual régimen mexicano como el perfil del socio ideal, ni como aquel que los mercados preferirÃan. Sin embargo, más allá de los desencuentros polÃticos, la realidad económica ha demostrado durante más de 30 años que México se ha consolidado como un confiable socio emergente de la economÃa más poderosa del mundo.
Asà como los británicos descubrieron tarde que no querÃan inmigrantes, pero tampoco querÃan cosechar sus campos, Washington tendrÃa que entender que la soberbia populista de cerrar sus fronteras, lejos de regresar el esplendor industrial, acabará por llevarlo por un camino similar al del Brexit.
