Publicado: abril 28, 2026, 12:30 am
Por las calles de Roma corría un rumor. Se decía que Mussolini tenía la capacidad de dejar embarazada a una mujer solo con mirarla. Su vida nunca dejó de ser una paradoja: el temido dictador que necesitaba viagra para sus relaciones y cocaína para los discursos. El hombre seguro que se frustraba con su peso y aspecto. El que ansiaba ser gladiador y aspiraba al cielo, colgado como un pollo boca abajo. La humillación del totalitarismo y la contradicción del hombre en sí misma.
El 28 de abril de 1945, un grupo de partisanos fusilaron a un Benito Mussolini disfrazado, callado y atemorizado. Intentaba huir junto a su amante Clara Petacci hacia Suiza, pero fueron interceptados cerca del Lago di Como. La presunta heroicidad de la que alardeaba, contradicha por el miedo y la vergüenza de la derrota. Disparos. Golpes y patadas al cadáver.
Al día siguiente colgaron su cuerpo junto al de otros jefes fascistas boca abajo, atados por los pies a una viga, en Piazzale Loreto de Milán. Y quedaron un día así, expuestos ante una multitud de resentimiento, rabia y frustración que los profanaba y escupía y gritaba y vejaba. La impuesta y falsa gloria, deshonrada.
El marxista que acabó siendo fascista. No es el único extremista de un lado que viene del opuesto. La teoría de la herradura puede explicarlo: los extremos políticos, derecha e izquierda, no son en realidad tan distantes. Como en la forma de una herradura, se van acercando a medida que se vuelven más extremos. Mussolini pasó de dirigir un periódico de izquierdas a firmar las denominadas leggi fascistissime (leyes muy fascistas).
Benito nació en una familia humilde de la rural Predappio, un municipio al sur de la Emilia Romagna. Padre socialista y madre católica, fue un chaval conflictivo e intelectualmente curioso. Pasó una temporada en Suiza y allí hizo amigos revolucionarios. Durante un tiempo militó en el socialismo italiano y llegó a dirigir el periódico del Partido Socialista Avanti!. Pero la Primera Guerra Mundial lo cambiaría todo.
El Partido Socialista defendía una postura más neutral, pero Benito empezó a apoyar la entrada de Italia en la guerra. Fue expulsado del partido y fundó el suyo propio, de marcada línea nacionalista e intervencionista. En 1919 llegó su agrupación Fasci Italiani di Combattimento, le Camicie Nere y pocos años después, la Marcha sobre Roma. Una demostración de poderío ante el miedo a una guerra civil que llevó al rey Vittorio Emanuele III a nombrarlo primer ministro.
Mussolini quería forjar la idea de la Grande Italia, devolver el Mediterráneo a Roma, alzarse como heredero del Impero expansionista hasta autoproclamarse Il Duce, el líder supremo. Durante dos décadas controló al país por medio de la fuerza y la ley, y una potente propaganda no solo acerca de sus ideas, sino sobre su propia persona. Para crear el mito, el carisma, el concepto de hombre que embaraza con la mirada.
El Eje Roma-Berlín le otorgaba un paraguas: Italia no era tan potente como Benito quería, y Alemania esperaba más de Italia. Dos dictadores con ideas similares, que a ratos se admiraban y a otros despreciaban, dos personalidades complejas que necesitaban control y dominación para alcanzar sus fines y paliar sus carencias. Complejos de inseguridad que acabaron distanciándolos, como en cualquier relación tóxica de dependencia y envidia mutua.
La Segunda Guerra Mundial marcó otro giro en el guion. Llegaron las derrotas de la Grande Italia. Grecia, África, Balcanes, frente soviético… el país estaba agotado. Acabó destituido por el Gran Consejo Fascista, que le devolvió el mando a Vittorio Emanuele III. Ya todo estaba perdido, y sacrificaron al Duce para negociar con los Aliados. Los alemanes trataron de ayudarlo. Lo colocaron al frente de un estado títere al norte del país, la Repubblica di Salò. Un fracaso. Otra humillación. Había sido repudiado.
Así que orquestó un plan. Abandonó a su esposa y escogió a su amante Claretta, casi 30 años más joven que él, y emprendieron la huida juntos. En sus diarios ella relata sus encuentros fogosos, su inclinación al salvajismo, esa pasión desmedida que venía truncada por la impotencia. El uso de un compuesto similar al que hoy conocemos como viagra para no perder su obsesión por la virilidad. Ambos huyeron sabiendo en el fondo que solo les quedaría la muerte.
Se disfrazó de alemán en un convoy camino de Suiza. Quería llegar a la Austria alemana para ser protegido. Cerca de Dongo unos partisanos detuvieron el vehículo y lo reconocieron. Dicen que estaba abatido, silencioso, cansado. Alejado del aire dominante y teatral que lo envolvía en los años 30. Se sentía traicionado, temía el linchamiento público.
Del fusilamiento saltaron teorías. La principal ocupa al comunista Walter Audisio como autor del plan final de ejecución. Pero hay discrepancias sobre quién apretó el gatillo, incluso se especula con agentes británicos. Audisio, conocido como el Coronel Valerio, es quien encarna la hipótesis principal. De hombre socialista a Duce, Benito Mussolini encarnó la complejidad de las inseguridades del individuo, un presunto obseso del sexo impotente, un ególatra narcisista vulnerable, el que se quiere ver héroe pero huye. La caída del líder no fue otra que la derrota del propio hombre.
