Publicado: mayo 23, 2026, 4:08 am

La revolución monetaria de Kevin Warsh ha chocado antes de empezar contra el mercado de bonos. Y el mercado no parece especialmente impresionado. El bono americano a 30 años ya supera el 5,1% y eso es un problema enorme para Warsh. Porque quiere bajar tipos y desmontar parte de la vieja política ultraexpansiva de la Reserva Federal (Fed). ¿Se pueden bajar los tipos de interés mientras la inflación está subiendo?
En condiciones normales, la respuesta sería no. Si los precios suben, los bancos centrales suelen endurecer las condiciones financieras. Hacen más caro pedir dinero, enfrían la economía e intentan reducir el consumo para evitar que la inflación se descontrole. Ese ha sido el manual clásico durante décadas. El problema es que Warsh quiere hacer lo contrario. Y tiene sus motivos.
Estados Unidos llega a esta nueva etapa con un déficit previsto de 1,9 billones de dólares en 2026, una deuda pública cercana a los 40 billones y una factura anual de intereses que ya ronda el billón de dólares. Mantener tipos altos durante demasiado tiempo empieza a convertirse en un problema económico, financiero y también político.
Bajar tipos aliviaría parte de esa presión. Haría más barato refinanciar deuda, reduciría parte de los costes financieros y daría algo de oxígeno a una economía cada vez más dependiente del crédito barato. Ahí está la lógica de Warsh. El problema es que el mercado empieza a no comprarle la idea.
La Fed pierde la iniciativa
Hace apenas unas semanas muchos inversores esperaban recortes de tipos. Ahora el mercado empieza a descontar justo lo contrario. Y detrás de ese cambio hay tres palabras que vuelven a aparecer por todas partes: Inflación, petróleo y deuda.
La inflación en Estados Unidos ya ha escalado hasta el 3,8% en abril, el nivel más alto de los últimos tres años, impulsada sobre todo por el encarecimiento de la gasolina y de la energía. Los precios energéticos suben casi un 18% y el mercado empieza a asumir que el shock inflacionario puede durar bastante más de lo esperado. Y con ese panorama, convencer al mercado de que ahora toca bajar tipos empieza a ser bastante más difícil.
Sobre todo, porque el plan de Warsh no consiste solo en abaratar el precio oficial del dinero. También quiere reducir el balance de la Reserva Federal. Es decir, que el banco central deje de actuar como ese gran comprador permanente de deuda que sostuvo el mercado durante años. Y ese es otro problema para el que el mercado podría no estar listo.
Durante mucho tiempo Wall Street vivió bastante tranquilo sabiendo que, si había tensión en el mercado de bonos, ahí estaba la Fed comprando deuda y metiendo liquidez. Warsh quiere empezar a retirar parte de ese apoyo justo cuando Estados Unidos necesita seguir colocando cantidades gigantescas de deuda pública y el endeudamiento acaba de rebasar los 39 billones de dólares. Pero si la Fed compra menos bonos, ¿Quién absorbe ahora toda esa deuda?
En ese caso, la respuesta del mercado está siendo “nosotros compramos, sí, pero cobrando más”.
El hecho de que los bonos están reaccionando justo en la dirección contraria a la deseada, ha hecho que muchos analistas empiecen a mirar menos a la Fed y mucho más al bono americano a 30 años. Durante años, era el mercado el que reaccionaba a la Fed. Ahora empieza a dar la sensación de que es la Fed la que corre detrás del mercado.
Ed Yardeni, uno de los analistas que popularizó el concepto de los “vigilantes de los bonos” en los años ochenta, cree precisamente eso: que el mercado de deuda está recuperando el mando. Tanto, que incluso contempla la posibilidad de que la Fed termine necesitando subir tipos para recuperar autoridad frente al mercado.
Eso chocaría de lleno con los planes de Warsh. Porque buena parte de su estrategia pasa precisamente por convencer al mercado de que Estados Unidos todavía puede crecer más sin volver a desatar otra ola inflacionaria.
Ahí entra la inteligencia artificial (IA). El nuevo presidente de la Fed cree que puede disparar la productividad de la economía estadounidense y permitir más crecimiento con menos presión sobre los precios. Es una idea que recuerda bastante a los años noventa, cuando internet permitió acelerar la economía sin provocar inmediatamente una explosión inflacionaria.
Si las empresas producen más, automatizan más procesos y generan más beneficios con menos costes, la economía puede soportar tipos más bajos sin recalentar tanto los precios.
El problema es que el mercado todavía no tiene claro que esa revolución de productividad vaya a llegar tan rápido. Y sin ese salto de productividad, resulta mucho más difícil justificar tipos más bajos con una inflación todavía elevada y con un déficit disparado.
De momento, el mercado de bonos parece mucho menos convencido que Kevin Warsh.
