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La suerte de no ser futbolera

Publicado: julio 23, 2026, 3:00 am

España reina desde el domingo 19 de julio en el universo sin límites del fútbol. Solo ocho selecciones, en cerca de cien años de historia, han ganado el Mundial –Brasil ha levantado cinco copas; Alemania e Italia, cuatro cada una; Argentina, tres; Uruguay, Francia y España, dos; Inglaterra, una-. Pero estas dos estrellas brillan doblemente porque somos el único país que ha conseguido bordar dos en este siglo, en este milenio.

Somos, pues, los campeones indiscutibles del mundo en el deporte más bonito que existe, con un equipo que encarna el mejor fútbol, el que consigue, por encima de intereses inconfesables y cifras astronómicas, unir a millones de personas para vibrar con una alquimia perfecta: mérito y azar; juego y disciplina; ilusión y cálculo. Puede darnos el mejor de los ejemplos o ser el peor espejo en que mirarnos. Podemos elegir con qué nos quedamos. Y este ha sido el prodigio del domingo 19 de julio, el del buen juego.

Quienes solo volvemos la mirada al balón bien en las grandes ocasiones, bien cuando queremos conectar con alguien que vive en el país de los goles tenemos la suerte de entender el idioma del fútbol como si fuera el esperanto. Y qué placer que quién sabe nos lo cuente. Ahí está el premio nacional de periodismo cultural, Antón Castro, para definir el juego de la selección: «Juegan para ganar con la belleza y la elegancia en los pies, con el respeto y el reconocimiento al rival en la cabeza».

Una vez conocida la fórmula, qué bueno perderse en datos que son mucho más que números, que explican por qué este equipo –mucho más que la mejor selección, como dice el seleccionador Luis de la Fuente, el hombre que habla de valores- ha enamorado a España. Aitor Lagunas, director de ‘Panenka, lo describe como «un grupo tan diverso, tan plural y, a la vez, tan bien avenido, que supone un ejemplo para todo el país»: «Catalanes, vascos, madrileños… jugadores con origen migrante, algunos niños bien y otros nacidos en familias en las que poner un plato en la mesa suponía una batalla diaria… Creo, resume, que muchas de las Españas posibles están representadas en ese vestuario».

Un conjunto de jóvenes que sufrieron en los penaltis contra Italia en la Eurocopa de 2021 y contra Marruecos en el Mundial de 2022. Un grupo de recién llegados que tomaban el relevo de la selección gloriosa de los Iniesta, Casillas, Busquets…, chicos que serían corrientes si no fueran deportistas de élite, con todo lo que ello conlleva, que se llevan bien entre ellos, que han asombrado al mundo justamente por su juego limpio (y bueno). Que, como en las grandes historias, ha hecho un camino en el que no han faltado las dudas, las críticas y los sobresaltos. Pero, claro, lo ha hecho con un seleccionador que lee a Marco Aurelio: «Lo que no es útil para la colmena no lo es para la abeja».

Así que cada uno de esos jugadores, que sabe que lo que es bueno para uno lo es para todos, se ha impuesto a un mito como Messi y a una Argentina que no estuvo a la altura, y a figuras como Ronaldo, Mbappé o Courtois… Y ha dejado a la humilde selección de Cabo Verde el orgullo de no haber encajado un gol de los reyes del mundo.

Que su victoria se haya consumado pese a la bochornosa entrega del jefe de la FIFA, Infantino, a un Donald Trump que miraba el trofeo como si fuera Groenlandia ha sido un motivo extra de orgullo y de alegría. Quizás las endorfinas que nos ha brindado este Mundial se estén diluyendo ya… pero este equipo, sin duda, nos reserva muchas más alegrías colectivas. Porque, como también dice Marco Aurelio, empiezan una nueva travesía: «Te embarcaste, surcaste mares, atracaste: ¡Desembarca!».

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