Publicado: septiembre 22, 2026, 3:01 am

Lee la noticia y mira el cielo. Ya se ha convertido en un gesto reflejo. Cualquier alerta, cualquier amenaza le hace elevar la vista. Mirar y rezar. El ruego también se ha instalado permanentemente en su cerebro, en su alma. En la súplica, las palabras se atropellan en el silencio. A veces las musita sin darse cuenta. Si no tuviera dios, lo inventaría. Para eso están los dioses, para rogarles que sean más poderosos, más justos, más humanos que los hombres.
Mira el cielo e, inevitablemente, la imagen se hiere por aquello que sus ojos no ven, pero que han visto. Aquel primer destello segador, aquella inmensa bola de fuego voraz y, después, ese negro que se lo come todo. Que no vuelvan, suplica, ruega, reza.
Lee la noticia y afirma con la cabeza. El gesto es rotundo, inconmovible, guiado por la fuerza de las convicciones. Sí, así debe ser. Es cuestión de vida o muerte, de ellos o de nosotros, de sus hijos o de los míos. La Biblia muestra el camino: «hay que borrar la memoria de Amalec». Arrasar, aniquilar a los enemigos del pueblo de Israel.
Pegado a su mirada, un sedimento que no deja de engrosarse. Hay ira, desprecio, impotencia, soberbia. También miedo, claro. Y una herencia de dolor que no deja de alimentarse. Son los ojos de quien ha hecho del sufrimiento una forma de habitar el mundo. Solo hay un modo de evitar el padecimiento, cree, y es golpear antes de ser golpeado. Que el daño caiga sobre los otros. Él, ellos, fueron los otros durante demasiados siglos.
Lee el titular y ni siquiera se detiene en el resto del artículo. Un conflicto más. Uno de tantos. La vida ya es demasiado complicada para preocuparse por los problemas ajenos. Además, recela de todas las informaciones. Todos los medios mienten, dice. Como mucho, cede su opinión a los cuatro líderes que le gustan.
Ajusta su mirada a la de ellos, y sigue con su vida. La palabra comunidad no forma parte de su vocabulario, menos todavía la voluntad de paz y prosperidad para el conjunto de la humanidad. Que cada uno aguante su vela. A veces, se deja llevar por un rencor que no sabe muy bien de dónde sale. Compartirlo le ofrece cierta sensación de control. Pronto, la ilusión se desvanece. De la ira nunca sale nada bueno. Ni control ni esperanza ni futuro.
«Trump aprueba la venta de armas a Israel por valor de 2.800 millones de dólares, incluyendo 40.000 bombas de una tonelada«, ese es el titular. Cada una de esas bombas tiene un poder de destrucción absoluta. Su onda expansiva puede resultar mortal en un radio superior a los 300 metros y es capaz de generar cráteres de 12 a 15 metros de diámetro. En un solo impacto, un edificio entero es derribado. Así se ha asolado Gaza. Así se derrumba nuestra mirada y nuestra humanidad.
