Publicado: julio 19, 2026, 4:08 am

Son legión los seguidores del fútbol estos días, la elástica patria en la final de todo un Mundial sin duda ayuda. Aunque silenciosos, no son pocos los paisanos que pasan del deporte rey e incluso se atreven a decir que les importa un bledo la final entre España y Argentina.
Me temo que están equivocados. A todos los españoles nos afecta y mucho el resultado de este Mundial. Los economistas han sido capaces de establecer una ecuación del impacto macroeconómico de lo que supone ganar un campeonato mundial para una nación. Y lo han hecho aislando el forofo que muchos llevan dentro.
Una aproximación superficial, como la que quizás trasladen todos esos que desprecian el fútbol, llevaría a situar las externalidades económicas exclusivamente en las industrias aledañas a la hostelería, la alimentación, las bebidas o el textil con las equipaciones deportivas. Sin embargo, la ciencia económica ha analizado de manera integral el impacto macroeconómico que experimenta el país que se proclama campeón mundial. ¿Es posible, por tanto, cuantificar el valor de la gloria deportiva en la contabilidad nacional?
La respuesta desde la econometría es afirmativa. El fenómeno de ganar un Mundial trasciende la mera efervescencia comercial en el sector servicios; se trata de una alteración medible de los agregados macroeconómicos estimulada por factores exógenos con consecuencias reputacionales y conductuales que impactan a la postre en ventas e inversiones.
La investigación empírica ofrece datos concluyentes. En el estudio A Kick for the GDP: The Effect of Winning the FIFA World Cup, el investigador Marco Mello aplicó un diseño de estudio de eventos y un enfoque de control sintético con series longitudinales de datos de la OCDE para concluir que ganar el campeonato del mundo de fútbol incrementa el crecimiento interanual del PIB en al menos 0,48 puntos porcentuales durante los dos trimestres posteriores a la final.
Este repunte representa una anomalía estadística positiva de gran magnitud. Para una economía de escala media-alta, una aceleración de casi medio punto porcentual en el ritmo de expansión trimestral equivale a miles de millones de unidades monetarias de valor añadido bruto que se incorporan al tejido productivo sin necesidad de estímulos monetarios o fiscales previos. Todo un dividendo económico no esperado.
La aportación más disruptiva de la literatura académica radica en la identificación del canal de transmisión de este crecimiento. Al contrario de lo que piensan esos que no han visto un solo partido del Mundial que circunscriben el efecto económico a un boom fugaz del consumo impulsado por la euforia colectiva, la evidencia empírica de la literatura especializada demuestra que el principal motor detrás de este avance es el fuerte incremento de las exportaciones netas.
El triunfo deportivo actúa como una masiva e inmediata campaña de revalorización de la «marca país» a escala global. En primer lugar, porque reducen las asimetrías de información. De modo y manera que la sobreexposición mediática coloca los productos y servicios del país campeón en una posición de visibilidad privilegiada en los mercados internacionales. En segundo lugar, por el llamado efecto halo reputacional. Se genera una asociación cognitiva implícita entre el éxito deportivo (asociado a la disciplina, la eficiencia y el talento) y la calidad competitiva del tejido empresarial de esa nación. Por último, se provoca una atracción de inversiones. Otros estudios recuerdan que la proyección de una imagen de éxito e innovación incrementa los índices de confianza exógena, favoreciendo no solo la inversión extranjera directa sino también el turismo corporativo a medio plazo.
Seguro que estos argumentos no convencen a los agnósticos del balompié y seguirán defendiendo que es una locura la fiebre por el fútbol. Y tienen razón. Es irracional. Es casi animal. Por eso el efecto económico de ganar un Mundial de fútbol está asociado también a la economía conductual o economía del comportamiento, donde no siempre la razón triunfa. Al evaluar las economías tras un triunfo de esta envergadura, se observa una materialización empírica de los animal spirits conceptualizados por Keynes y analizados contemporáneamente por Akerlof sobre cómo los shocks de confianza colectiva pueden mitigar la aversión al riesgo. Eso explicaría el shock de confianza tras un éxito deportivo.
Aunque la productividad laboral puede sufrir breves contracciones técnicas debido a los días de celebración o la distracción social, el saldo neto psicológico opera de manera expansiva. La cohesión social y el optimismo endógeno disminuyen la incertidumbre percibida por los agentes económicos, acelerando la toma de decisiones de inversión y suavizando las curvas de desaceleración cíclica.
Ganar una Copa del Mundo no debe entenderse como una panacea estructural capaz de corregir desequilibrios fiscales crónicos o baja productividad endógena. La literatura es clara al respecto: el efecto es de corta duración y la economía tiende a converger a su tasa de crecimiento potencial a partir del tercer trimestre post-torneo. Pero como en la física, un empujón inicial puede provocar un movimiento constante.
En una economía globalizada donde la reputación internacional y la confianza son activos intangibles de primer orden, el trofeo de la FIFA funciona como un catalizador macroeconómico excepcional. Es la demostración de que, en ocasiones, lo sobrevenido tiene la capacidad inequívoca de mover las agujas de los modelos econométricos más rígidos para bien. Frente al cisne negro de la pandemia -ese suceso impensable con consecuencias desastrosas- ganar el partido final de un campeonato es todo un cisne blanco para un país como España o Argentina, increíble e impagable.
