Evacuados de sus casas por el incendio de Los Gallardos: "Mi madre vivió la dana en Paiporta, yo recién operado y ahora esto" - España
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Evacuados de sus casas por el incendio de Los Gallardos: «Mi madre vivió la dana en Paiporta, yo recién operado y ahora esto»

Publicado: julio 11, 2026, 2:07 am

Nadie termina de entender qué ha ocurrido para que el incendio de Los Gallardos (Almería) haya dejado una contabilidad tan feroz. «Mi cuñado me contaba hoy por la mañana que ayer conduciendo lo vio«, afirma una mujer en el convento de Antas, habilitado ahora por el Ayuntamiento para albergar desalojados. «Decía que con una chaqueta o una manta parecía que se podía apagar. Pero bueno ahora estamos así«, añadía. Ese así se ha transformado en 12 cuerpos calcinados en vehículos -«No sé si es verdad, pero hablaban de que había un coche con una familia abrazada«, susurra una voluntaria en el pabellón de Garrucha-, 23 personas sin localizar y más de 1.400 personas desalojadas.

Moisés y su familia son unas de esas personas que aún buscaban en la tarde de ayer. Mientras conversa con EL MUNDO, recibe una llamada de una vecina de Bédar preguntando por su paradero. Son cinco (su mujer, sus dos hijos de cuatro y cinco años y su madre Loli) en la habitación del convento, con los interrogantes habituales en un incendio, con pensamientos sobre los caprichos de la vida y con un agradecimiento total a una zona que ahora está dando todo por la gente que está fuera de sus casas.

A Moisés le persigue el quebradero de la coincidencia de cómo una operación, que le podía haber costado la vida, ha acabado por permitir que salve a su familia. Tiene el abdomen cerrado por grapas debido a una cirugía para corregir los efectos secundarios de una colectomía anterior. El alta la recibió sólo 24 horas antes del fuego. «Si el incendio se llega a declarar cuando estoy en el hospital, creo que me hubiera muerto sólo de pensar cómo mi mujer, que no conduce, iba a salir de allí con los niños», dice. Están todos bien aunque ella es tímida y no quiere ser retratada.

Moisés habla de una las benditas casualidades que, ahora, le atormentan. Otras es la del instante en la que comprendieron que algo no iba bien en la tarde del jueves. Iban al salir al parque cuando, al abrir la puerta de su casa, el pequeño Musa de cuatro años percibió el humo. Acto seguido escucharon el repiqueo inhabitual de las campanas y el ruido de las palmas de sus vecinos golpeándose entre sí para avisar, Después, la prisa que, en las apuradas catástrofes, transforma la vida en el tamaño de una o varias bolsas. «Si lo pienso no sé cómo fui capaz de conducir con el dolor», dice.

«Mi madre vivió la dana estando en Paiporta y ahora esto», sigue, y encoge sus hombros tatuados. Lleva en la piel escrita con tinta parte de la biografía de su peleada vida de «luchador». Conoció la Valencia más áspera de finales del siglo pasado y principios de éste, así como la crudeza las gradas del fútbol. «Me traje a mis hijos [de Marruecos] a Bédar para que no conocieran la Valencia que conocí, y míranos ahora», dice delante de su familia. «Estuve comiendo sólo pan con arroz durante meses para poder pagar los papeles y trámites burocráticos». En su brazo izquierdo, «amor y familia», y en la mano, la luna creciente y la estrella, símbolo de guardián del hogar y las almas en los nuevos comienzos, como la propia historia de este Moisés.

«Dejé los pájaros que crío allí y, aunque la gente muchas veces no entienda cómo se puede querer tanto a los animales, a mí me importan«. Su madre recuerda que, con las prisas -esas que le llevaron a llenar sólo dos bultos para cinco personas-, se dejaron las ventanas y las puertas abiertas y a él se le resquebrajan las facciones. «Por la carretera que vinimos, dicen, es donde aparecieron los coches con los fallecidos», afirma Moisés, y es la única vez, en esta conversación, que amaga con un suspiro, pero no: «No sé si volveremos a nuestra casa», aventura, «tenemos una orden de desahucio para dentro de unos mes». Ahí es la única vez que un episodio de su vida hace que las lágrimas corran por su mejilla. «Tengo una pensión muy pequeña con la que mantenernos e intentar pagar el alquiler».

En la planta de abajo del convento esperan noticias Samantha y Eric. Dos británicos a los que hay que creerles por fe la nacionalidad, porque hablan un castellano tan preciso que parece aprendido al revés: primero los matices y después las palabras, algo que choca con la mayoría de extranjeros -cerca de 2.000- que habitan esta zona.

Ambos viven en Los Chopos, una pedanía cercana a Los Gallardos. «En la noche del jueves, las informaciones del Infoca [portal oficial de la Junta de Andalucía para emergencias de esta índole] llevaban ocho horas sin actualización», explica Eric. «¿Cómo no puede haber alguien en una oficina o un sistema automático que actualice los datos?», añade Samantha.

«La orografía donde vivimos es difícil, no veíamos las llamas por la cresta de los valles y las montañas», continua Samantha. «Pero, a lo lejos, se veía el cielo resplandecer naranja en la oscuridad«.

Decidieron marcharse en la mañana de ayer tras dormir en la noche a retales de una hora. Buscaron una alternativa al pabellón habilitado en Garrucha porque ya han vivido un desalojo por fuego y el calor que acostumbra a albergar este tipo de infraestructuras fruto de una especie de efecto invernadero no es bueno para su perro, Chomsky, de 15 años y con varias afecciones cardíacas, como pudo comprobar Samantha en el desalojo del año 2012 por un incendio en Bédar. En aquella ocasión, se encontraban alquilados de manera temporal en una casa que ahora puede que sí se haya visto afectada de manera seria por este episodio. Y, por eso, Samantha evita escribir a su ex casero. En aquel incendio, esta mujer actuó como traductora improvisada para hacer llegar, puerta por puerta, la voz de alarma a los extranjeros e intentar que se unieran a un convoy improvisado para desalojar el pueblo.

«Tanto aquella vez como ésta creo que, según lo que sé, las cosas se están haciendo relativamente bien en lo referente a anuncios para desalojar«, opina. «Y la caridad y buena voluntad de los ayuntamientos cercanos, así como el trabajo de los bomberos y efectivos de la UME, son lo que nos está salvando y a lo que hemos de estar agradecidos».

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