Publicado: octubre 10, 2026, 8:07 pm
Los griegos llamaban apoteosis al proceso de conversión de un mortal en un dios. Hércules es el caso paradigmático, como los césares en Roma. Es una operación que ese animal religioso presuntuosamente publicitado como sapiens no sabe dejar de hacer, tampoco quienes habitamos las sociedades secularizadas del siglo XXI, si bien la calidad de nuestros dioses ha empeorado bastante desde las cosmogonías de Hesíodo. La última mortal en ser ascendida al olimpo atendía por María del Carmen Abascal, madrileña de 87 años muerta en el hospital dos semanas después de ser desahuciada. Su muerte no extingue el culto sino que lo inaugura. Santa súbita, canonización laica, altares de plástico, coros de canción protesta por liturgia responsorial.
El problema de la apoteosis es que nunca la disfruta el interesado. Porque la divinización exige un precio altísimo a la especie: quienes te divinizan te despojan inevitablemente de tu condición natural. Ellos -los feligreses, los fans, los activistas- creen hacerte un favor, pero solo se lo están haciendo a sí mismos. A cambio de exhibir su virtud, de farmear ortodoxia, de doblarse hasta lamerse la punta de su pública bondad, a ti te condenan a existir a la altura de sus expectativas religiosas, que nadie humano es capaz de satisfacer. Divinizar es deshumanizar.
Hemos asistido esta semana a dos maneras opuestas de deshumanizar a Maricarmen. La de la izquierda sentimental, que aún ignora que el sentimentalismo es la condición de posibilidad de la violencia; y la de la derecha pedernal, que no sospecha hasta qué punto ha asimilado aquello que dice combatir. Ambos extremos han afirmado que la muerte de Maricarmen es un asesinato. Solo cambia el autor del crimen: para unos ha sido el rentismo carroñero; para los otros, el Sindicato de Inquilinas por exponer a una anciana enferma a las agotadoras servidumbres de un liderazgo impropio de su edad y salud.
Ahora que señalar la obviedad incluye un acto de audacia, digámoslo: aquí nadie ha matado a Maricarmen. Quienes lo afirman ya han empezado a utilizarla para su lucha proselitista, es decir, electoral. El activismo destruye lo que adora, porque no ve al humano como fin en sí sino como medio para una causa abstracta que lo trasciende. Pero nada hay más trascendente que la muerte misma. Politizarla requiere una disposición de la conciencia que oscila entre la falta de escrúpulos y la pura vileza.
Por eso el mejor homenaje a la difunta Maricarmen consistiría en devolverle la humanidad que le han arrebatado los histéricos de todos los partidos políticos. Se necesita que una persona muera para que nazca el símbolo, pero nos convendría aprender a detenernos en la primera fase de la metamorfosis: ha muerto una persona. Y luego nada más.
Durante la guerra civil, los sacerdotes que huían de la zona republicana para que los milicianos no los convirtieran en mártires llevaban consigo a veces un altar portátil, llamado altar de campaña, para celebrar misa en el monte. También los usaban los curas de la zona nacional para celebrar las misas propiciatorias del bando sublevado. Pero los altares están mejor en el interior de las iglesias. No en los montes furtivos ni en los campos de batalla ni en las plazas degradadas a escenario electoral.

