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El populismo y la corrupción degradan España

Publicado: octubre 29, 2026, 1:07 am

Después del accidente de Adamuz hace diez meses, con 46 fallecidos y 292 heridos, el Gobierno de Pedro Sánchez esquivó cualquier responsabilidad política y/o penal haciendo gala de su acreditada pericia para la opacidad y el control del debate público mediante altas dosis de propaganda, sectarismo y desinformación. Sin mucho esfuerzo, pero con mucha indecencia, tapó la polémica sobre el siniestro con un manto de confusión y sentimentalismo que desdibujó las explicaciones técnicas respecto a la ruptura de la vía por mal estado, que señalaban una responsabilidad del Ministerio de Transportes que dirige -por decir algo- Óscar Puente, de Adif y de Renfe. Y a día de hoy todavía no existe una explicación oficial.

Tampoco nadie tiene muy claro cuáles fueron las causas del apagón eléctrico, que devolvió a España durante diez horas al siglo XIX, de la ausencia del Estado durante la DANA o, incluso, de la invasión de Ceuta y de la traición al pueblo saharaui. Con este Gobierno todo es velado salvo el autobombo y el servilismo a Sánchez. Todos los problemas y contratiempos a lo largo de la legislatura parten de una causa ajena al Ejecutivo, ya sea el error humano, el cambio climático, un ataque híbrido de Rusia o la maléfica internacional ultraderechista que encabeza Trump. Incluso Sánchez se ha presentado como víctima colateral de estas desgracias. A eso los numerosos apologetas del sanchismo lo llaman «resistir».

Con semejantes antecedentes de desmemoria inducida, el obligado respeto por las víctimas del accidente de Los Yébenes, y por el dolor de sus familiares, no puede ser utilizado de nuevo por el Gobierno como una coartada para impedir el escrutinio de las causas técnicas y responsabilidades políticas -van de la mano- de esta tragedia que hace de España el país del mundo con más muertos por accidentes de alta velocidad ferroviaria. Causas y responsabilidades de lo sucedido en Adamuz y de Urda que, en buena parte, están en el mismo origen y esencia del sanchismo: la transformación de la vida pública en una contienda de bloques antagónicos e irreconciliables.

Este sometimiento populista de las instituciones a la lógica guerracivilista es un obstáculo para el normal funcionamiento del país y un factor de degradación paulatina del sistema, pero a la vez es el clima que ha permitido al Gobierno eludir la fiscalización del ejercicio del poder y convertir los organismos públicos y empresar en cuarteles partidistas donde que colocar a sicarios, amigos y familiares sin mayor cualificación profesional que la fidelidad al sanchismo. En el caso de Puente, de ser un desvergonzado agitador en las redes sociales; en el caso de José Luis Ábalos, en presunta asociación con Santos Cerdán, de montar la trama de corrupción y mordidas por doquier en el jugoso Ministerio de Transportes.

Incomprensiblemente, tras el accidente de Adamuz no se dio la importancia debida al vínculo directo entre la decadencia de las infraestructuras españolas y el hecho de que el Clan del Peugeot hiciera de ese ministerio el campamento base para el saqueo del Estado.

En una legislatura en la que Hacienda bate cifras históricas de recaudación, y en la que se ha recibido una lluvia de millones europeos -el principal receptor ha sido Adif con 6.000 millones-, el deterioro de las infraestructuras básicas como las carreteras y servicios esenciales como la Educación y la Sanidad acerca al país a ese Sur Global del que Sánchez intenta ser su portavoz en Occidente y lo alejan de los estándares mínimos de la Unión Europea. Porque junto a la corrupción y la mala gestión del Gobierno socialista, son la falta de ejemplaridad, el sectarismo, el cierre de filas tribal y la concepción del otro -el que piensa y vota diferente- como un enemigo, características que definen sanchismo, las contribuyen decisivamente a la decadencia y el colapso de España.

Estamos de la mano de Sánchez en un progresivo proceso de tercermundización que cuesta vidas humanas y que empuja al país a una profunda crisis de Estado. Y de confianza en sus instituciones y en sus capacidades como sociedad.

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