Publicado: octubre 19, 2026, 2:07 am
Mientras los enragés volvían a incendiar Francia en su versión multicultural del siglo XXI, aquí la extrema izquierda ha estado entretenida eligiendo entre Ada Colau, Irene Montero y Gabriel Rufián. Que las opciones para este «espacio político», como les gusta llamarse, se redujeran a ese tridente calavera ya da idea de cómo andan las cosas por ahí. La alcaldesa que dejó Barcelona en su estado actual de alquileres inalcanzables e inseguridad rampante. La ministra de la ley que favoreció a cientos de agresores sexuales. Y el señor que llevó una impresora al Congreso para reírse de los españoles.
Ellos se han entregado a remarcar sus diferencias, pero desde fuera solo se aprecia el punto común que comparten, que es la falta de proyecto. Qué pueden ofrecer con el bagaje que arrastran. El frentismo, que da nombre al nuevo Sumar a pesar de sus especiales connotaciones históricas en España, es siempre una mala señal. La alianza con el independentismo, otra aún peor. Y el protagonismo de Pablo Iglesias, el remate.
El legado que tienen que gestionar no es pequeño. La extrema izquierda fue clave en la génesis del sanchismo, en su prolongación y en llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Aún en las elecciones de 2023, Yolanda Díaz fue capaz de organizar en pocas semanas un Podemos blanco, de apariencia moderada y votable, y conseguir tres millones de votos. Es lo que tocaba en aquellas elecciones, ser simpáticamente progresista frente a la derecha. Después, Díaz fue la primera en ir al exilio belga a abrazarse con Puigdemont, y a partir de ahí empezó el ocaso.
La complicidad con la amnistía y la corrupción y el silencio en tragedias como Adamuz hirieron de muerte a una izquierda a la que se presupone combativa, pero que miraba hacia otro lado mientras la vivienda se disparaba, los sueldos se precarizaban y los servicios públicos se deterioraban.
La encuesta que publicamos hoy da a Frente Amplio entre 12 y 14 escaños, que son 15 si se incluye el de Podemos en Madrid. Al nivel de la vieja IU y con la misma duda existencial: si su influencia está destinada a ser cero, qué utilidad tiene votar esto. Todos los electores de izquierdas se harán esta pregunta en algún momento de aquí al 29-N.
El plan de muchos pasa por resistir lo mejor posible ahora para montar la revuelta contra el Gobierno que viene. Pensar en las elecciones de 2030 más que en las de 2026, algo en lo que parece estar también parte del PSOE. El ejemplo de las calles de París será tomado en el peor de los sentidos y aquí están todavía por desencadenarse con plenitud algunas consecuencias de las políticas de la era Sánchez, como el agujero de las pensiones o la inmigración masiva. Quien consiga capitalizar el descontento tendrá una llave de futuro poderosa.
Porque este es el tema. El periodo electoral es fecundo en analistas que recorren las televisiones contando escaños, pero el auténtico debate es otro: hasta dónde llega el cambio social en España. Si el giro a la derecha que señalan las encuestas es coyuntural, por el rechazo a las barrabasadas del sanchismo, o se ha hecho estructural por el desapego de un sector creciente de la sociedad de una izquierda que no da ideas ni aporta soluciones.
Es entre difícil e imposible visualizar en qué mejoraría el país con otros cuatro años de sanchismo y más aún sentir la ilusión de votar a Colau. Siendo esto así, el 29-N puede decidirse en una guerra de votos útiles: si van al PSOE para frenar la «ola ultra» o a PP y Vox para que España no termine en un desmadre como el de Francia.

