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En el cielo rumano donde España aprende a derribar drones ante la creciente amenaza rusa: «Moscú está probando nuestra capacidad de respuesta»

Publicado: septiembre 27, 2026, 1:07 am

¡Alpha Scramble!¡Alpha Scramble! Las alarmas que avisaban en la base Mihail Kogalniceanu de Rumanía de la entrada de un dron procedente de Rusia en territorio OTAN desubicaron a los soldados españoles de guardia. Eran las 3.45 horas de la madrugada y por la experiencia desde que comenzó la guerra en Ucrania, nunca habían sonado a media noche. Los dos pilotos de caza F-18, sus mecánicos y armeros saben que desde que suena la alarma, tienen 15 minutos para despegar. Comenzó una cuenta atrás frenética pero casi automática, pues a diario se entrenan para esa situación. Los pilotos se vistieron, cogieron su casco y planes de vuelo y corrieron al hangar donde están estacionados y preparados los cazas españoles, situado a pocos metros del área de descanso del personal de guardia. En menos de un cuarto de hora, ya estaban volando. «Calma, calma», de escucha en un momento del vídeo de esa noche. El dron había abandonado espacio aéreo aliado y estaba en Ucrania. Pero por su trayectoria parecía que volvería a entrar, y lo hizo, aunque esta vez los cazas españoles estaban esperando. Unos segundos de tensión y de pronto… ¡Bingo! ¡Bingo!, se escucha por las radios. Los jóvenes tenientes habían derribado el dron, un modelo Gerbera ruso de tres metros de envergadura por 3,5 de largo. Era la primera vez que un país aliado, distinto a la fuerza aérea rumana, derribaba un dron en su territorio. Y los pilotos del Ejército del Aire y del Espacio eran los responsables.

«RUSIA MIDE LA RESPUESTA»

Desde que a finales de julio los soldados a cargo del teniente coronel Borja Calvo comenzaran el despliegue del destacamento Paznic, han sido pocos los días de tranquilidad de estos 200 hombres y mujeres que componen la misión de vigilancia del espacio aéreo del flanco Este desde Rumanía. De hecho, han constatado que Rusia ha aumentado su ofensiva a lo largo de estos meses. Así, en agosto tuvieron 15 episodios de Alpha Scramble, y en septiembre llevan cuatro. El último se produjo la madrugada del miércoles al jueves, cuando este periódico estaba en las inmediaciones de la base conociendo el trabajo de los soldados españoles en Rumanía. «Nuestra guerra empieza cuando suena la alarma», afirma con seriedad Calvo, que lleva a sus espaldas la responsabilidad de que todos los equipos estén seguros. La dotación cuenta con siete cazas F-18, organizados de tal manera que cinco siempre están operativos y dos, cuando alcanzan las 100 horas de vuelo, en los hangares en una revisión profunda que dura cinco días como máximo según los estándares de la OTAN. Además, han reforzado la misión con la presencia de un A400M para reabastecimiento en vuelo y en pocas semanas llegan dos helicópteros NH-90.

«Antes el ataque de dron era anecdótico, ahora se ha normalizado. Rusia está constantemente probando la capacidad de respuesta de los aliados», explica. En Rumanía lo hace con drones, pues los 531 kilómetros de frontera que comparte el país con Ucrania están cerca de las zonas de puerto desde donde sale el trigo ucraniano para alimentar el mundo, una infraestructura crítica. En los Bálticos, su forma de amenazar es a través de aeronaves que invaden espacio aéreo comunitario. Allí, los Alpha Scramble obligan a los pilotos, también españoles en el caso del destacamento Estonia, a acercarse a las aeronaves y escoltarlas hasta que abandonan la zona. Sin ir más lejos, el pasado martes, dos cazas del destacamento Ámbar identificaron y escoltaron una aeronave rusa cuando volaba sobre el Báltico.

El aumento de la amenaza rusa, que ya no es sólo en el flanco este, sino que se extiende a toda la Unión Europea, ha obligado a cambiar los protocolos casi sobre la marcha. La cadena de mando para dar la orden de derribo de drones se ha acortado, quitando una escala que acelera el procedimiento. «Nos ahorra 30 segundos vitales para terminar con el objetivo», explica el teniente coronel, en cuyo brazo izquierdo cuelga el parche que certifica que ha superado las mil horas de vuelo en un F-18. Para derribar los aparatos no tripulados, tienen dos tipos de armas: misiles de infrarrojos o cañones de 20 milímetros. Estos segundos no se pueden usar de noche. «El misil es lo mejor en relación calidad efecto, no importa el coste», explica consciente de que cada uno de estos vale más de 300.000 euros.

Junto al trabajo del destacamento PAZNIC, el comandante José Alberto Escolar desarrolla otro imprescindible al frente de destacamento aéreo táctico Tigru, que el 15 de octubre cumplirá cuatro años de despliegue en la operación Policía Aérea de Radar. Así, el Ejército del Aire y del Espacio mantiene desplegado un radar de vigilancia aérea de largo alcance en la localidad rumana de Schitu, en la costa oeste del mar Negro. La misión principal es reforzar la presencia aliada operando un radar de vigilancia aérea de largo alcance de tipo AN / TPS.43M que trabaja las 24 horas del día los siete días de la semana. Un aparato con 240 millas de alcance, cobertura 3D y 360 grados que el 8 de septiembre alcanzó las 30.000 horas de vigilancia. Un instrumento indispensable que monitoriza el movimiento de todo tipo de objetos voladores de hasta el mínimo de 0,01 metros, pero que será sustituido el año que viene por un LTR-25, que trabaja en distintas millas de frecuencia y podrá dar una cobertura más amplia. El equipo que realiza el seguimiento del radar está compuesto por unas 40 personas, que rotan por cuatrimestres en Rumanía. Todos pertenecen al Grupo Móvil de Control Aéreo y la información que recaba el radar va directa al controlador del CAOC, en Torrejón de Ardoz, que es quien analiza la trayectoria de los objetos y decide qué supone un Alpha Scramble o que no.

Si la disuasión en el Aire se hace con cazas, en tierra es con presencia de tropas aliadas. A varias horas en coche de la base MK, 204 infantes de marina de la Armada contribuyen al grupo de batalla multinacional de la TAN liderado por Francia con un Subgrupo Táctico Mecanizado con unidades de apoyo de combate y un elemento de apoyo logístico nacional. Tienen Piranha IIIC 8×8 y vehículos vamtac equipados con el misil contra carro Spike -de fabricación israelí- o morteros de 81mm. Además de un destacamento de sistemas de aeronaves pilotadas a distancia. Hasta el día 30, 60 de esos militares junto a 20 de Estados Unidos participan en el ejercicio multinacional Heracleea 26, en el que 280 elementos de capacidades de la infantería de marina se coordinan para mejorar las habilidades de entrenamiento colectivo en ejercicios de acciones tácticas fluviales en el delta del Danubio y terrestres. «Nuestro objetivo es disuadir la amenaza terrestre rusa y, si fuera necesario, pasar a situación defensiva», explica el capitán Juan Romero durante al camino al campo de maniobras, donde descienden de los Piranha varios infantes de marina y avanzan en grupos y disparando para atacar la primera línea enemiga. Detrás de ellos, la cabo Calero vuela el dron Parrot, uno de los dos que aporta el destacamento y que les permite, con un alcance de cuatro kilómetros, conocer las posiciones del enemigo e incluso su armamento por la información que les aporta la cámara.

La infantería de Marina está integrada en este grupo de batalla, que es uno de los ocho que componen la defensa terrestre del flanco Este. Los aliados están presentes en Rumanía, Letonia, Bulgaria, Estonia, Hungría, Lituania, Polonia y Eslovaquia, donde España es Nación Marco. Las fuerzas armadas nacionales participan en las misiones de Rumanía, Eslovaquia y Letonia. Desde 2023 se practican de manera constante ejercicios de interoperabilidad y precisión con un objetivo: estar preparados ante una incursión rusa en territorio aliado. Así, las dinámicas se realizan una y otra vez para que la OTAN sea capaz, una vez invocado el artículo 5 por un país aliado, de tener en diez días desplegados 200.000 soldados sobre el terreno.

Uno de los siete cazas F-18 con los que España participa en el despliegue de la OTAN en Rumanía.

Uno de los siete cazas F-18 con los que España participa en el despliegue de la OTAN en Rumanía.Estado Mayor de la Defensa

Todo el dispositivo responde a una misma lógica: estar preparados para que el peor escenario no llegue a producirse. En las bases, en los radares, en los centros de mando y en los campos de maniobras, los militares españoles repiten una y otra vez los mismos procedimientos hasta convertirlos en respuestas automáticas. Una alarma de madrugada, un objeto que cambia de trayectoria, una aeronave que se aproxima demasiado a la frontera o una unidad terrestre que recibe la orden de desplegarse son situaciones que se entrenan como si fueran reales.

La diferencia es que, tras más de tres años de guerra en Ucrania, algunas de esas situaciones han dejado de ser ejercicios. La amenaza se ha acercado a las fronteras de la Alianza y los episodios que obligan a activar sus mecanismos de vigilancia y respuesta se han multiplicado. El derribo del dron ruso por los F-18 españoles es la expresión más visible de esa nueva realidad, pero detrás hay miles de horas de vigilancia, mantenimiento, entrenamiento y coordinación entre países aliados. Cada radar encendido, cada caza preparado en la pista y cada soldado desplegado forman parte de una misma cadena destinada a detectar cualquier amenaza y responder antes de que pueda convertirse en algo mayor. Mientras la guerra continúa a las puertas del territorio aliado, el flanco Este se ha convertido en un enorme ejercicio de vigilancia permanente. Una misión en la que la rutina consiste precisamente en estar preparados para que, cuando vuelva a sonar la alarma, nadie tenga que preguntarse qué hacer.

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