Publicado: septiembre 14, 2026, 8:12 am

Hay ofertas de trabajo que tienen alguna que otra red flag y luego está esta.
“No buscamos gente que lo intente. Buscamos gente que lo consiga”. Así comienza una oferta de empleo de una inmobiliaria que encontré el otro día buceando por Internet. Me detuve en ella, no sólo por las condiciones (que también comentaré más adelante), sino por el lenguaje. Porque el lenguaje también puede anticipar una determinada cultura laboral y una práctica empresarial en la que el individuo vale entre poco y nada.
La empresa dice buscar personas con “ambición económica real”, “mentalidad competitiva”, “disciplina y constancia” y mi favorita de todas (entiéndase la ironía) “tolerancia a la presión”. Define su cultura como “meritocracia pura” advirtiendo que “no hay sitio para perfiles conformistas” y asegura que en ese sector solo destacan quienes “trabajan más, mejor y con mentalidad ganadora”.
Todo esto con un salario fijo de 1.424,50 euros brutos al mes, más comisiones, y un horario partido de 9.30 a 13.30 y de 16:30 a 20:00, ¡Pero ojo, con la gran suerte de librar una tarde de viernes alterna!
Y es aquí donde el anuncio se vuelve mucho más interesante que la propia oferta. Porque resume a la perfección una cultura que lleva muchos, demasiados años, vendiéndonos que el problema nunca son las condiciones, sino que el problema somos nosotros, los trabajadores.
¿Por qué? Porque si no aguantas la presión, te falta resiliencia. Si no quieres trabajar de más, eres un conformista. Si quieres salir a tu hora, no tienes suficiente compromiso. Si no consigues llegar a “la cima”, la empresa no tiene nada que ver. El problema es tuyo, es porque que no madrugaste lo suficiente, es porque no trabajaste lo suficiente, es porque no lo deseaste lo suficiente, es porque no te sacrificaste lo suficiente.
Te venden el relato del hombre hecho a sí mismo: el que tiene que trabajar más que los demás, aguantar más que los demás, facturar más que los demás y callar, sí, callar más que los demás. Te venden el imaginario del empresario de éxito, del tipo que presume de no tener horarios, del que convierte su facturación en su personalidad y hasta del que se marcha a Andorra mientras explica a los demás que todo se consigue a base esforzarse lo suficiente, mientras los “esos demás” seguimos pagando nuestros impuestos y sosteniendo los servicios públicos, las infraestructuras y, en definitiva, el país que también contribuyó a que esa persona naciera, pudiera estudiar, crecer, emprender y enriquecerse antes de decidir que contribuir aquí era, al parecer, de perdedores.
Tampoco hay que olvidarse de que, en esta oferta, tú no eres el empresario, eres el trabajador. Tú tienes tu horario, tus derechos y tu salario. Y el éxito de la empresa no se convierte de forma automática en tu éxito. Porque la facturación de la compañía no será tuya y no heredarás jamás el negocio.
Así que por mucho que hablen de la famosa “meritocracia” no debes olvidar que ese concepto es una trola de mal gusto para todos los trabajadores y trabajadoras, porque cuando se habla de meritocracia desaparecen del análisis cuestiones fundamentales como de dónde partimos los trabajadores, de nuestras oportunidades, nuestras condiciones, nuestros derechos… y sólo se queda con el resultado sesgado que subyuga a quienes cargan con ella: Si triunfas es porque te esforzaste, pero si no lo haces es porque no te esforzaste lo suficiente.
El anuncio termina con un aviso, una amenaza directa: “Si buscas un trabajo cómodo, este no es tu sitio”.
Y aquí me quiero detener y destacar algo que es fundamental: querer un salario digno, un horario que te permita vivir, y no considerar la “tolerancia a la presión” como una virtud profesional no es buscar comodidad, es simplemente entender y luchar por el hecho de que trabajar no debe ser una soga al cuello que aprieta cada vez que no demuestras lo que los otros quieren que estés dispuesto a soportar.
Por todo esto el lenguaje es tan importante en la vida y sí, también en el entorno laboral.
