Publicado: julio 5, 2026, 12:07 pm
El tiempo siempre juega en contra después de un terremoto. Durante décadas, las primeras 72 horas se consideraban la frontera entre la esperanza y la resignación. Ya no tanto. Los equipos de rescate de la Unidad Militar de Emergencias (UME) aseguran que las grandes catástrofes de los últimos años están cambiando esa realidad. Lo explica el brigada Juan Carlos Ibáñez, destinado en el equipo de búsqueda y rescate (USAR, por sus siglas en inglés de Urban Search and Rescue) del Batallón de la UME desplegado en la base de Torrejón de Ardoz. A ellos no les han activado para el terremoto de Venezuela, pues estaba de guardia el equipo de Morón, que es el que, desde el 26 de junio trabajan las 24 horas del día con un objetivo: intentar encontrar supervivientes entre los escombros. El brigada, que se siente agradecido por poder aportar su conocimiento desde Madrid, explica que hay dos claves para conseguirlo: «Mantener la esperanza y saber que cada vez la gente aguanta más tiempo».
Según los últimos datos hay 35 españoles fallecidos, mientras que son 140 los desaparecidos y 11 los localizados bajo los escombros. En total, se estima que hay 2.954 muertos y 16.592 heridos del terremoto.
«Tenemos que entender que a partir de las 24 horas baja la probabilidad de vida de una víctima exponencialmente. ¿Qué pasa? Que ahora mismo estamos llegando a 72 y 96 horas con víctimas en estado bastante saludable», explica. Una evolución que se demuestra con los últimos rescates de personas que han permanecido más de una semana bajo tierra. «Nosotros siempre salimos con una motivación extraordinaria, pero eso todavía nos da más ganas de seguir trabajando».
Detrás de cada despliegue internacional hay años de entrenamiento y una maquinaria preparada para activarse de inmediato. Los equipos entrenan todos los días aunque no haya emergencias. «La actualización es continua. Todos los días tenemos planificado nuestro Plan General de Adiestramiento. Esto al final es un entrenamiento continuo, que siempre está en constante evolución: técnicas nuevas, herramientas nuevas, protocolos nuevos… tenemos que estar siempre al pie del cañón», resume.
La UME trabaja bajo los estándares de INSARAG, el organismo de Naciones Unidas que certifica a los equipos internacionales de rescate. Cada cuatro o cinco años actualiza sus procedimientos y somete a las unidades a nuevas evaluaciones. «Eso nos obliga a estar siempre al frente y con todo muy aprendido».
La tecnología también ha cambiado la forma de buscar supervivientes. Drones, cámaras de búsqueda técnica, geófonos capaces de detectar vibraciones bajo los escombros o nuevas herramientas de perforación forman ya parte del material habitual. «Los drones nos han facilitado totalmente el trabajo. Al final es mandar un pequeño elemento electrónico donde a lo mejor una persona no puede llegar». Su utilidad va mucho más allá de los terremotos y alcanza también a incendios forestales o inundaciones.
Pero ninguna tecnología sustituye al factor humano. Un despliegue internacional moviliza alrededor de medio centenar de especialistas entre mandos, sanitarios, psicólogos, logística, búsqueda técnica, guías caninos y rescatadores. Todos trabajan en espejo, divididos en dos equipos de doce horas, para mantener activo el operativo las 24 horas del día, los siete días de la semana. En Venezuela hay desplegados 65 miembros de la UME, 2 ingenieros del Ejército de Tierra y ocho perros.
Cuando un equipo español aterriza en la zona devastada todavía queda una fase decisiva antes de empezar a retirar escombros. «Lo más importante es armarnos de esperanza, de energía y que nos den las directrices correctas para poder empezar a trabajar sobre el terreno». La coordinación con las autoridades locales y con el resto de equipos internacionales determina por dónde comenzar la búsqueda.
Los rescatadores parten sin saber cuándo regresarán. «Nosotros salimos con la mochila cargada y no sabemos cuándo volveremos». Durante los primeros cinco días son completamente autosuficientes gracias a un despliegue logístico que incluye tiendas de campaña, agua, alimentos y todo el material necesario para operar sin depender del país.
La preparación no es sólo física. También psicológica. «Trabajar con una presión tan extrema para nosotros merma mucho. Entonces, si psicológicamente no estamos preparados, el trabajo físico no se puede llevar a cabo». Por eso cada contingente incorpora médicos, enfermeros y psicólogos, además del entrenamiento emocional que reciben durante todo el año.
El instante más delicado llega cuando los perros o los equipos de búsqueda técnica localizan una posible víctima. «El momento llega cuando sabemos que hay alguien ahí y tenemos que empezar a trabajar para llegar a él». A partir de ese instante cada perforación, cada corte y cada movimiento se planifican al milímetro para evitar nuevos derrumbes. «El objetivo de todo el despliegue es esa víctima que tenemos ahí en ese momento. Es poder sacarla, reunirla con su familia y poder cumplir nuestro trabajo».
Preguntado por qué distingue a la UME de otros equipos internacionales que trabajan bajo los mismos protocolos de Naciones Unidas, evita cualquier comparación. «En principio todos trabajamos bajo una normativa. El elemento diferenciador podría ser el uniforme, el color». Lo importante, concluye, es otro objetivo compartido por todos los rescatadores desplegados en una catástrofe: «Devolver a las familias a esas personas que han perdido».

