Publicado: mayo 10, 2026, 4:07 am

Ha llegado el MV Hondius a nuestras aguas. El Gobierno se viste de largo, capaz y solidario ante la OMS. TodavÃa no está claro de quién partió la iniciativa de organizar la evacuación. Sólo sabemos que Clavijo fue el último en enterarse. Entre 800 guionistas operativos en La Moncloa, raro serÃa que ninguno haya anticipado escenarios inicialmente no previstos. Si la crisis se salda pronto, Sánchez se colgarÃa otro galón global como lÃder de la Internacional comprometida… con China. Pero si sale mal y las cosas se complican, para todos menos para Sánchez, los guionistas acudirán a la fatalidad e inevitabilidad. Han puesto el primer parche alternativo: Sánchez argumenta estar «legalmente» obligado. De hecho, empezamos a perder también el rastro de los contagios y aparecen y se diseminan los casos sospechosos. Los guionistas amortiguarÃan el coste polÃtico de encarar el traslado de pasajeros pretextando la fuga anterior del virus.
España aceptó el encargo haciendo gala de cierta imprudencia. No se ofreció a coordinar una operación internacional sino a ejecutar una acción de marketing. Para completarla, tampoco hacÃa falta que el crucero tocara puerto. La modificación del guion no alterna nada: el Gobierno gana en aparente cautela lo que no pierde en teatralidad. Las cadenas se relamen. El Gobierno ya televisó el rescate del Aquarius.
Cuando en 1986 explotó un reactor en la central nuclear de Chernóbil y el régimen comunista comenzó a evacuar sin alarmismo a las obedientes poblaciones de alrededor, comunicaba por altavoces su decisión: «Los niveles de calidad del aire no son los mejores en este momento». Está bien que los gobiernos gestiones con aplomo las crisis y contengan el rebato y el pavor. Pero resulta mucho más conveniente que los gobiernos sean de fiar. Simón, que acude al rescate, no lo es; los antecedentes, tampoco ayudan. Nunca hubo tiempo para ventilar las responsabilidades polÃticas producto de la gestión del coronavirus. Aunque contribuyó a esquivarlas un argumento muy socorrido: todos los gobiernos actuaron de manera similar con parecidas consecuencias. No era verdad. Los resultados de la gestión española, aunque sea midiéndola sólo por la relación entre intensidad de las restricciones y número de muertos, fue catastrófica.
Hay pautas valorativas que se repiten con el hantavirus. ConvendrÃa no forzar el argumento de la escasa probabilidad de contagio. Al menos para no abusar después, si sucede lo contrario, del término «mutación». Varios pasajeros del barco se han contagiado sin contacto Ãntimo -que se sepa- y los casos sospechosos aparecen entre contactos eventuales. El Gobierno ha organizado, suponemos que concienzudamente, la evacuación. Pero tampoco sabemos que se haya rodeado de los mejores especialistas para diseñarla y prevenir efectos. Tenemos motivos para dudar: durante el covid no existió el cacareado comité de expertos, apenas supimos del alpiste repartido entre politologuitos orgánicos y pancistas de guardia. Esta repetida consigna de «no nos podÃamos negar», es un mal sÃntoma, anticipo, apaño, croquis; una inquietante disculpa anticipada.
