Publicado: junio 1, 2026, 5:15 am
Hospitales y aseguradoras han comenzado a construir, de manera conjunta y silenciosa, una lista negra de distribuidores, brokers y todo tipo de intermediarios de salud con prácticas poco éticas o directamente deshonestas.
Estas redes, considera Horacio Garza Ghio, director general del sistema de salud privado Christus Muguerza, están inflando a tal grado los costos de la atención médica privada que México registra hoy la inflación en salud más alta del mundo: 14.9 % en 2024, con una ligera baja esperada de apenas una o dos décimas para este año. “Estamos vetando proveedores porque detectamos prácticas muy alejadas de la ética y de la moral”, nos explicó Garza Ghio hace unos días. El hospital decide no comprarles “ni un curita” y lo comunica de inmediato a las aseguradoras. Estas, a su vez, comparten sus propios boletines. La lista es dinámica, abarca varias docenas de actores (locales, regionales y nacionales) y crece semana a semana.
El objetivo está claro: proteger la viabilidad del sistema antes de que se rompa del todo.
Pero ¿por qué México lidera la inflación médica mundial? La respuesta, según Garza, no está solo en los costos “reales” que enfrenta todo el planeta, sino en seis puntos porcentuales de ineficiencia pura y dura que son 100% hechos en Mexico. La inflación en salud casi cuadruplica a la inflación general; en el último año la superó 3.3 veces. Las respuestas habituales —subir deducibles, reducir beneficios, aumentar primas— castigan al paciente y no resuelven el problema de fondo.
La inflación “real” —provocada por el avance tecnológico y los medicamentos innovadores— es un fenómeno global. En Europa occidental, donde los sistemas de salud son mayoritariamente estatales y sin incentivos de lucro, la inflación en salud ronda el 8.2-8.6%. En Estados Unidos, con mayor control privado, está entre 10 y 10.8 %. En el resto de Latinoamérica, entre 11 y 11.8%. México, en cambio, se acerca al 15%. La diferencia de seis puntos con Europa es la oportunidad perdida: es inflación artificial, generada dentro de casa.
El principal culpable es el exceso de intermediarismo. Garza Ghío nos explica que estos intermediarios forman una cadena de hasta 7 u 8 eslabones —distribuidores, subdistribuidores y sub sub distribuidores— que comercializan todo tipo de insumos médicos: desde marcapasos, prótesis, material para cirugía de columna, catéteres hasta medicamentos biológicos e inmunológicos de oncología. Cada nivel suma su margen y el IVA correspondiente.
La pregunta natural que surge aquí es ¿por qué los hospitales no compran directo al productor? La respuesta es que para la mayoría de empresas productoras es más cómodo vender a través de distribuidor, y algunas se niegan por completo a vender directo al hospital. En Estados Unidos este problema se resolvió hace años con leyes que obligan al fabricante a vender directamente al hospital.
La realidad es que a falta de vigilancia regulatoria en este rubro, hoy en México cualquiera puede abrir una distribuidora de artículos médicos. Y entonces proliferan sin control. Peor aún son los llamados “brokers de salud”, un fenómeno relativamente nuevo y agresivo. Un médico indica una cirugía de rodilla en el hospital X. De pronto aparece el broker y le dice al hospital: “Tengo a esta paciente. Dime con qué insumos la vas a operar, quién es el proveedor y a qué precio me los das. Si no aceptas, me llevo a la paciente al hospital de enfrente”. Así manipulan precios y proveedores, distorsionando la cadena completa de atención.
El punto es que los legisladores están buscando regular el alza de costos mirando solo a los extremos visibles -hospitales y aseguradoras-, mientras la “cadena media” opera en un vacío regulatorio casi absoluto. El regulador Cofepris podría asumir un rol clave en precios y márgenes, pero no lo ejerce con la profundidad necesaria. Mientras tanto, el modelo de seguros de gastos médicos mayores se volvió insostenible desde hace una década y hoy empezaron a actuar porque hospitales y aseguradoras ven que el agua les llega a los aparejos y ya afecta sus márgenes de rentabilidad.
Garza es contundente: “Si definimos sostenibilidad como brindar atención de calidad con costos estables y beneficios sin cambio, el modelo dejó de ser sostenible hace varios años”.
El problema es multifactorial y no solo hospitales y aseguradoras son los “malos de la película”. Se requiere una regulación estructural que ataque la cadena media, mayor transparencia y que todos los actores del ecosistema —fabricantes, distribuidores, médicos, aseguradoras y autoridades— unan voluntades.
De lo contrario, el acceso a la atención privada seguirá reduciéndose para millones de mexicanos. La lista negra que hoy comparten hospitales y aseguradoras es solo un primer paso de supervivencia. El siguiente —y urgente— debería ser que el Estado asuma su rol regulatorio antes de que la atención médica privada termine de colapsar.
La salud privada no es un lujo; quién puede negar que es parte esencial del sistema de salud nacional. Dejar que la inflen impunemente no sólo es malo para los bolsillos: es malo para la salud de México.
Muguerza está buscando cambiar los incentivos
Frente a esto, Grupo Muguerza ha tomado la delantera. Con 15 hospitales de diferentes niveles (desde microhospitales de 8 camas hasta grandes de 150+), presencia en siete u ocho estados, implementó entre sus 9,200 empleados asegurados un modelo de medicina administrada: check-ups preventivos pagados por la empresa, seguimiento estricto de protocolos y guías clínicas, y tratamientos conservadores antes de cirugía. Resultado: la prima colectiva de renovación no subió ni un peso en el último año. Es la excepción en un mercado donde los incrementos son la norma.
Además, en Muguerza -apunta su director general- ya empieza a cambiar la relación con los médicos donde ya no sea el incentivo que el paciente o la aseguradora pague más: ya contratan en nómina parte del tiempo de los médicos (staff parcial) y están alineando incentivos con eficiencia, estancia corta y apego a protocolos, no con volumen de consumo. También impulsan el “costeo absorbente” transparente: cada medicamento o procedimiento debe estar ligado a un centro de costo, reconociendo que muchos centros de costo no generan ingreso directo, tales como mantenimiento, admisión, banco de sangre 24/7, vigilancia epidemiológica, aplicaciones digitales, ancho de banda para familiares, etcétera.
