Publicado: junio 22, 2026, 4:23 am
Si preguntáramos cuál ha sido el sueño más antiguo de la humanidad, muchos responderían sin dudar: vivir más. O incluso vivir para siempre. La búsqueda de la inmortalidad no es una idea nueva. Ha fascinado a emperadores, alquimistas y filósofos durante siglos, y hoy moviliza miles de millones de euros en laboratorios que intentan retrasar el envejecimiento y prolongar la vida humana.
Lo sorprendente es que existe algo que ya ha conseguido ese objetivo. No es una persona. Ni la inteligencia artificial. Es el cáncer.
Las células tumorales han aprendido a hacer lo que las células normales no pueden: dividirse una y otra vez, durante años, sin envejecer. Mientras el resto de nuestras células tiene un contador biológico que marca el final de su vida, las cancerosas consiguen manipular ese reloj y seguir adelante como si el tiempo no existiera. La clave está en unas diminutas estructuras llamadas telómeros.
Nuestros guardianes del tiempo
Imagina un cordón de zapato. El cordón sería nuestro ADN, la larga molécula que contiene las instrucciones para que nuestras células funcionen. En cada uno de sus extremos hay un pequeño plástico que evita que se deshilache y acabe estropeándose.
En nuestro ADN ocurre algo muy parecido: esa pieza protectora son los telómeros, unas diminutas estructuras que actúan como el «remate» de los cordones y evitan que la información genética se deteriore con el paso del tiempo y las sucesivas divisiones celulares.
Cada vez que una célula se divide para dar lugar a dos nuevas células, los telómeros se desgastan un poco, igual que ocurriría con el plástico del cordón tras años de uso. Mientras ese protector se mantiene, el ADN permanece a salvo. Pero cuando se acorta demasiado, la célula interpreta que ha llegado el momento de dejar de dividirse. Es un desgaste inevitable, una especie de reloj biológico microscópico.
Y llega la ‘jubilación’ de las células
Hace más de sesenta años, el científico Leonard Hayflick descubrió precisamente ese límite. Demostró que las células humanas normales no son capaces de dividirse eternamente y que, después de unas 50 o 60 divisiones, dejan de multiplicarse. A este fenómeno se le conoce como límite de Hayflick.
En ese momento, las células entran en un estado de ‘jubilación’, llamado senescencia, en el que permanecen vivas pero dejan de funcionar con normalidad o bien activan mecanismos para eliminarse.
Aquello que parecía una limitación resulta ser uno de los mejores sistemas de defensa contra el cáncer. Cada división celular implica copiar miles de millones de letras del ADN. Cuantas más veces se repita ese proceso, mayor es la probabilidad de cometer errores y acumular mutaciones.
Al imponer un límite al número de divisiones, los telómeros reducen las posibilidades de que una célula dañada siga multiplicándose hasta convertirse en un tumor. En cierto modo, nuestras células aceptan envejecer para proteger al organismo.
Cómo el cáncer consigue burlar al tiempo
Pero las células tumorales juegan con otras reglas. En aproximadamente nueve de cada diez cánceres humanos se reactiva una enzima llamada telomerasa, capaz de reconstruir los telómeros y compensar el desgaste producido tras cada división.
El resultado es que el contador biológico deja de avanzar y la célula adquiere un potencial de división prácticamente ilimitado. Es como si un coche consiguiera poner el cuentakilómetros permanentemente a cero. Nunca parece viejo, aunque siga recorriendo kilómetros sin descanso.
Esta capacidad explica por qué los tumores pueden crecer durante tanto tiempo y acumular millones de células descendientes de una única célula alterada.
Las células que sobrevivieron a su dueña
Uno de los ejemplos más fascinantes es el de Henrietta Lacks, una paciente con cáncer de cuello uterino fallecida en 1951. Sin que ella pudiera imaginarlo, sus células tumorales dieron origen a la línea celular HeLa (bautizadas así por las dos primeras letras de su nombre y apellido), utilizada a día de hoy en miles de laboratorios de investigación.
Décadas después de su muerte, esas células siguen multiplicándose gracias, entre otros mecanismos, a una intensa actividad de la telomerasa. Paradójicamente, una mujer falleció hace más de setenta años mientras una pequeña parte de sus células continúa viva en incubadoras repartidas por todo el planeta.
El sueño de rejuvenecer y sus riesgos
¿Y si consiguiéramos alargar nuestros telómeros? Es una pregunta tentadora. Si los telómeros limitan el envejecimiento celular, parecería lógico pensar que alargarlos podría hacernos vivir más.
Sin embargo, la biología rara vez es tan sencilla. Mantener telómeros largos no es siempre beneficioso, ya que, al mismo tiempo que permitiría a las células seguir renovándose y retrasar el envejecimiento, si una célula acumula mutaciones peligrosas y aun así conserva sus telómeros, en lugar de desaparecer aumenta el riesgo de dar origen a un tumor.
Los investigadores buscan que las células también envejezcan de manera saludable
Por eso, los investigadores, en lugar de intentar que las células sean «inmortales», buscan que envejezcan de forma más saludable. Están explorando estrategias como la eliminación de las células envejecidas que ya no funcionan correctamente y perjudican a los tejidos sanos que las rodean, la recuperación de algunas de las propiedades juveniles de la célula sin borrar su identidad o terapias dirigidas a mejorar el funcionamiento de las mitocondrias, las pequeñas “centrales energéticas” de la célula.
Cuando la ciencia intenta que el cáncer muera de viejo
Precisamente porque tantos tumores dependen de la telomerasa para sobrevivir, esta enzima se ha convertido en una diana terapéutica muy atractiva. La idea consiste en bloquear ese mecanismo para que las células cancerosas vuelvan a sufrir el desgaste natural de sus telómeros.
Sin su «servicio de reparación», acabarían alcanzando un límite de división y perderían capacidad para seguir creciendo. En cierto modo, la estrategia consiste en hacer que el cáncer muera de viejo antes que el paciente.
No obstante, el reto es enorme. Algunas células sanas, como determinadas células madre y componentes del sistema inmunitario, también necesitan telomerasa para desempeñar sus funciones, de modo que los tratamientos deben ser lo bastante selectivos para atacar al tumor sin perjudicar a los tejidos normales.
El precio de vivir para siempre
Quizá la lección más interesante sea que envejecimiento y cáncer no son enemigos independientes, sino dos caras de una misma moneda. Las mismas barreras biológicas que limitan nuestra vida ayudan a impedir que aparezcan tumores. Y los mecanismos que permiten al cáncer crecer sin control son, en esencia, mecanismos para escapar del envejecimiento.
Por eso, el objetivo de la medicina no es hacer inmortales nuestras células. Es conseguir que vivan el máximo tiempo suficiente para mantenernos sanos, pero que sepan detenerse antes de convertirse en una amenaza.
Quizá ha llegado el momento de entender que envejecer no es nuestro enemigo, sino una de las mejores estrategias para mantenernos vivos.
