Publicado: septiembre 13, 2026, 8:25 am
La envidia tiene mala fama porque solemos asociarla con el resentimiento, el deseo de que a otra persona le vaya mal, de tener lo que otros tienen y el malestar que provoca compararnos con quienes parecen tener más éxito que nosotros. Pero la psicología distingue entre distintos tipos de envidia y no todas son perjudiciales. Existe una forma de experimentarla que, lejos de sabotearnos, puede convertirse en un motor de crecimiento personal: la llamada envidia benigna o «envidia buena».
Sentir un pequeño pinchazo cuando un compañero consigue el ascenso que deseábamos, una amiga termina una maratón, un conocido publica el libro con el que siempre hemos soñado y que queramos tener la vida de alguien en concreto no tiene por qué ser una emoción tóxica. De hecho, la clave está en qué hacemos con ese sentimiento.
“La envidia benigna se centra en el objeto o en el logro, no tanto en la persona”, explica la psicóloga Andrea Rosario Sánchez en un vídeo en redes sociales. Aunque también genera una sensación incómoda porque nos hace sentir que estamos por debajo de otro, «carece de hostilidad». Es decir, no deseamos que la otra persona fracase ni intentamos rebajar su mérito, sino que utilizamos su éxito como una referencia para mejorar.
La diferencia entre querer subir o querer bajar al otro
La principal diferencia entre la envidia destructiva y la benigna está en la dirección que toma la emoción. Mientras la primera busca, consciente o inconscientemente, «nivelar hacia abajo», deseando que el otro pierda aquello que tiene, la segunda intenta «nivelar hacia arriba»: somos nosotros quienes queremos acercarnos a ese logro. Según la especialista, cuando experimentamos este tipo de envidia percibimos que existe una brecha entre dónde estamos y dónde nos gustaría estar. Pero, en lugar de quedarnos atrapados en la frustración, esa distancia funciona como una especie de mapa que nos señala el camino. «Se percibe como una hoja de ruta hacia el resultado que quiero conseguir. La emoción deja entonces de ser un obstáculo para convertirse en una fuente de motivación», resume Rosario.
Envidia y admiración no son lo mismo
Aunque pueden parecer similares, la admiración y la envidia benigna no son emociones idénticas. Ambas reconocen el valor o el éxito de otra persona, pero la forma en la que nos afectan es muy distinta. «La admiración es pasiva y distante», señala la psicóloga. Quien admira suele pensar: «Es un genio, yo nunca podría hacer eso». Existe reconocimiento, pero también una cierta resignación que mantiene el objetivo fuera de nuestro alcance.
En cambio, la envidia benigna es más incómoda, precisamente porque implica compararnos con el otro. «Es activa y dolorosa. La persona piensa: ‘Ella ha podido hacerlo y yo también quiero conseguirlo‘», dice la experta en psicología. Esa sensación de no tener todavía aquello que deseamos produce malestar, pero también impulsa a actuar.
Cuando el malestar se convierte en combustible
Aunque solemos intentar evitar las emociones desagradables, no todas cumplen una función negativa. La envidia benigna es un buen ejemplo de ello. «El dolor actúa como un combustible para la acción«, afirma la Andrea Rosario Sánchez. Ese malestar puede empujarnos a formarnos, esforzarnos más, adquirir nuevas habilidades o cambiar hábitos para acercarnos a nuestras metas.
Eso sí, para que esta emoción resulte realmente beneficiosa conviene evitar las comparaciones constantes y centrarse en el aprendizaje. En lugar de preguntarnos por qué otra persona ha llegado antes que nosotros, puede ser más útil plantearnos qué decisiones, estrategias o hábitos le han permitido conseguir ese objetivo y cuáles podemos incorporar a nuestro propio camino.
Al fin y al cabo, sentir envidia no nos convierte automáticamente en malas personas. En ocasiones, esa incomodidad simplemente señala un deseo importante que aún no hemos satisfecho. La diferencia está en cómo decidimos responder a ella: intentando apagar la luz de los demás o utilizándola para iluminar nuestro propio camino.
