Publicado: noviembre 4, 2026, 3:23 pm
Hay compromisos que nos cuesta muchísimo romper, como por ejemplo llegar a tiempo si hemos quedado con alguien a determinada hora o si hemos dicho que entregaremos algo el viernes, hacemos lo posible por cumplir. Pero cuando la persona con la que hemos quedado somos nosotros mismos, la situación cambia porque entonces somos capaces de negociar casi cualquier cosa, y una autoestima sana tiene mucho que ver en esto: aprender a respetar nuestra propia palabra es una forma de darnos valor.
«El lunes empiezo» o «esta semana no puedo» son frases que pueden convertirse en una forma habitual de aplazar aquello que sabemos que necesitamos. Así, podemos pasar meses o incluso años posponiendo decisiones, hábitos o cambios importantes, mientras mantenemos con los demás compromisos que quizá no nos planteamos incumplir.
Comprometerse con uno mismo no es exigirse más
Una de las claves está en no confundir compromiso con disciplina, fuerza de voluntad o exigencia. Comprometerse con uno mismo no significa imponernos una lista cada vez más larga de obligaciones, sino aprender a conceder valor a aquello que nos prometemos.
«Comprometerse con uno mismo no es más disciplina ni más fuerza de voluntad; es valorar nuestra propia palabra», explica Beatriz Gil Bóveda a los lectores de 20Minutos. Cuando decidimos hacer algo y constantemente encontramos una razón para no cumplirlo, el problema no está únicamente en aquello que dejamos de hacer: «Lo que se va deteriorando poco a poco es algo más importante: la confianza en mí mismo», dice.
Esa pérdida de confianza puede hacer que nuestras propias promesas dejen de tener el mismo peso. Nos decimos que vamos a empezar a hacer ejercicio, que esta vez sí pondremos un límite o que vamos a reservar un poco de tiempo para nosotros, pero después volvemos a aplazarlo. Con el tiempo, incluso antes de intentarlo, podemos asumir que tampoco esta vez cumpliremos.
Por eso, Beatriz Gil Bóveda dice que «es preferible un compromiso pequeño que cumples que una gran promesa que abandonas a los tres días», así que en lugar de proponernos hacer ejercicio cinco días a la semana, por ejemplo, podemos empezar por dos. Y si queremos aprender a poner límites, no hace falta decidir que a partir de ahora vamos a decir que no a todo aquello que no nos apetece: podemos comenzar por identificar una situación concreta en la que habitualmente cedemos aunque no queramos hacerlo.
La idea es que cumplir lo que nos hemos prometido permita recuperar progresivamente la confianza en nuestra propia palabra, en lugar de convertir cada objetivo en una prueba de disciplina.
No siempre vas a tener ganas de hacerlo
Otro de los errores habituales consiste en esperar a sentirnos motivados antes de empezar. Pensamos que cuando tengamos ganas será más fácil hacer ejercicio, mantener una conversación incómoda, dejar el móvil, acostarnos antes o empezar ese cambio que llevamos tiempo posponiendo. Sin embargo, la motivación no siempre aparece antes de la acción.
Habrá días en los que no nos apetezca hacer aquello que habíamos decidido. El compromiso también se pone a prueba cuando desaparece la motivación, aunque eso no significa que tengamos que obligarnos a cumplir a cualquier precio.
Aquí también es importante diferenciar compromiso de rigidez. Habrá ocasiones en las que necesitemos descansar, modificar un objetivo o reconocer que aquello que nos propusimos ya no tiene sentido. Cambiar de opinión o reajustar una decisión no significa necesariamente incumplirnos.
La diferencia está en el motivo: una cosa es adaptar un compromiso porque nuestras circunstancias han cambiado y otra utilizar cualquier dificultad como argumento para abandonarlo. El problema aparece cuando dejamos sistemáticamente nuestras necesidades para después y terminamos convirtiéndonos en «la última persona de nuestra lista».
Cuando sentimos que no somos capaces de mantener aquello que nos proponemos, quizá estamos haciendo demasiado hincapié en la fuerza de voluntad. Beatriz Gil Bóveda propone cambiar la pregunta: «¿Para qué quieres hacer eso?». «Cuando nos preguntamos ‘¿para qué quiero hacer esto?’, el compromiso deja de ser solamente una obligación y empieza a conectarse con algo que tiene sentido para nosotros”. De esta manera, mantener un propósito puede resultar más útil que esperar a sentirnos permanentemente motivados.
