Publicado: noviembre 2, 2026, 11:24 pm
A veces, la dependencia entra en casa de forma paulatina, sin grandes ruidos de alarma, camuflada en la rutina diaria hasta que un detalle lo destapa todo. Para Ana López, de 63 años y vecina del barrio de la Concepción en Madrid, el punto de inflexión llegó durante unas vacaciones estivales en la playa junto a su madre. Al verla levantarse desorientada por las noches y pronunciar frases inconexas, comprendió que algo no marchaba bien. Lo que vino después fue el diagnóstico de una demencia frontotemporal y el inicio de un deterioro progresivo. Sin embargo, la exigencia no vino sola porque desde hace cuatro años Ana cuida también de su marido , que padece una dolencia pulmonar grave que le obliga a utilizar oxígeno continuo y silla de ruedas. En cuanto a su madre, ella requiere atención permanente. «No puede estar sola ni un minuto. Es un esfuerzo físico y mental importante», explica. Esta sobrecarga la comparte con los miles de cuidadores que en España atienden a sus seres queridos. El próximo Día Internacional de las Personas Cuidadoras , 5 de noviembre, viene a recordarnos la labor tan necesaria que realizan y las renuncias a las que se enfrentan. En el caso de Ana, su nuevo escenario como cuidadora supuso un vuelco absoluto en sus planes de vida y en su propia identidad. Atender las necesidades de dos personas dependientes la obligó a tomar decisiones drásticas para ir, como ella misma define, «quitando lastre». Tuvo que renunciar a la gestión de su propio taller de costura y tapicería, relegando su trabajo a encargos muy puntuales para conservar, al menos, una porción de su vida anterior. También, aunque de manera involuntaria, fue descuidando su propio bienestar : «Antes tenía más tiempo para salir y hacer mis cosas. Todo eso se ha ido rebajando hasta el punto de que ya cada vez es más difícil». La sensación de ir «como un pollo sin cabeza» y la falta de orientación se volvieron abrumadoras. Fue entonces cuando encontró en las aulas virtuales de la Escuela de Cuidadores de la Fundación »la Caixa» un gran punto de apoyo para aprender a cuidarse y a cuidar mejor. La posibilidad de conectarse de forma online le permitió acceder a las sesiones sin necesidad de desplazarse y compaginar la formación con el cuidado de sus familiares. Participar en este espacio supuso para Ana una vía para ganar experiencia y aprender a gestionar la realidad desde la perspectiva de quien cuida. La clave no residía en abandonar las tareas pendientes, sino en evitar desaparecer dentro de ellas. «Lo más importante ha sido dejar de lado cosas en vez de dejarme de lado a mí», reflexiona. La formación le ha permitido relativizar la presión cotidiana, darse espacio y asumir que la autocompasión es una herramienta indispensable para valorar sus necesidades dentro de la vorágine diaria. En estos talleres se encuentran cuidadores de toda España, lo que permite compartir los recursos de cada territorio y comprobar que las dificultades son muy parecidas en cualquier rincón. El intercambio de experiencias rompe una de las barreras más duras de la dependencia : la soledad. A ello se suma recibir orientación para solicitar prestaciones o ayudas de la administración pública. Desde el plano profesional, los formadores de la iniciativa destacan la urgencia de desarmar el aislamiento que acompaña habitualmente a estos procesos. Patxi del Campo, psicólogo del programa para la Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas de la Fundación »la Caixa» y docente, señala que el primer ladrillo del muro de aislamiento consiste en pensar que esa situación solo le ocurre a uno mismo . «Espacios como la Escuela de Cuidadores, donde uno puede escuchar vivencias compartidas en un entorno seguro, permiten que ese muro empiece a deconstruirse poco a poco», indica. Del Campo puntualiza que prefieren utilizar el término «soledades», en plural, para abordar las distintas caras de esta realidad desde una mirada más comprensiva. «Como formador, me di cuenta de todas las herramientas que había para enriquecer a la persona que cuida», añade. Para el especialista, tan importante como la formación es que cada cuidador realice un trabajo individual de toma de conciencia sobre sí mismo. Encontrar pausas, gestionar los tiempos y mantener espacios propios resulta fundamental para sostener la labor asistencial sin llegar al agotamiento físico y emocional. A pesar de la rutina tan exigente, Ana encuentra un motor en los pequeños gestos cotidianos . Sacarle una sonrisa a su madre o recibir un abrazo espontáneo son momentos que dan sentido a su esfuerzo. Frecuentar espacios de formación con otros cuidadores no elimina las dificultades del camino, pero puede ayudar a no dejarse de lado mientras se cuida de los demás.
