Dentro del búnker español contra las infecciones más letales: «Somos la UME de la sanidad militar» - Estados Unidos (ES)
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Dentro del búnker español contra las infecciones más letales: «Somos la UME de la sanidad militar»

Publicado: octubre 31, 2026, 1:23 am

Hay lugares en un hospital en los que entrar es fácil y salir exige mucha más precaución . En la planta 22 del Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, en Madrid, nada más abandonar el ascensor, un par de puertas separan dos mundos. A un lado, la actividad cotidiana de un gran centro hospitalario. Al otro, la Unidad de Aislamiento de Alto Nivel (UAAN), un espacio diseñado para atender a pacientes con algunas de las enfermedades infecciosas más peligrosas conocidas sin que el patógeno salga con ellos. Allí dentro, antes de acercarse a un enfermo, cada movimiento está previsto, estudiado y entrenado. Ponerse el equipo de protección individual (EPI) es un procedimiento. Quitárselo, también. Abrir una puerta depende de que otra esté cerrada. El aire, el agua, las muestras clínicas, la ropa utilizada y hasta los residuos orgánicos siguen circuitos específicos . En esta unidad, distinguida en los Premios ABC Salud por su labor durante la crisis del hantavirus de este año, la seguridad se construye con esas comprobaciones como dogma. La sala de control, el ‘cerebro’ de la unidad, no pierde detalle mediante cámaras, micrófonos y domótica de las ocho habitaciones-cápsula en las que se divide el nivel, siete de ellas planteadas como habitáculos herméticamente cerrados, UCIS en condiciones de aislamiento, con sistemas de presión negativa que impiden que el aire contaminado salga al pasillo. El octavo lugar aloja el laboratorio BLS-III, integrado en la unidad para analizar las muestras sin la necesidad de salir del circuito de aislamiento. En toda la planta la luz es fría, casi clínica, y el silencio es absoluto salvo por el zumbido de los filtros y ventiladores. Las conversaciones se evitan para que todo el mundo agudice el oído a las indicaciones y los sistemas están diseñados para que el contacto humano directo sea mínimo. Un puzle que permite que esta UAAN sea la mejor preparada de España para atender cualquier tipo de emergencia infecciosa y, según sus responsables, la segunda del mundo por su capacidad. «Puede parecer excesivo, pero nuestra prudencia es racional y lógica porque trabajamos con las enfermedades mortales y con mayor riesgo de contagio que se atienden en España», explica Francisco Javier Membrillo , coronel médico jefe de la Unidad NRBQ-Infecciosas del Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla. «Nada se puede improvisar cuando llega la emergencia porque para entonces ya es demasiado tarde para aprender», indica por su parte Ester Fernández-Cano, coordinadora de enfermería interina de la UAAN. Durante la visita no hay pacientes en la UAAN. Los dos infectados por hantavirus -de los 14 que estuvieron en cuarentena en el hospital- recibieron el alta el junio, mientras que el último caso que atendieron de fiebre hemorrágica de Crimea-Congo abandonó las instalaciones poco después. No obstante, la hospitalización convencional de enfermedades infecciosas, que ocupa la otra parte de la planta, está llena. Aquí se atienden a diario infecciones y complicaciones tras una cirugía en personas que viven con VIH, entre otras patologías que no requieren las medidas excepcionales del aislamiento de alto nivel. La actividad se prolonga en las consultas externas, con el seguimiento a infecciones de transmisión sexual y las enfermedades adquiridas durante un viaje a otros países. Esa actividad ordinaria forma parte también del entrenamiento para lo extraordinario. Porque aquí, explican, formarse no consiste únicamente en aprender a ponerse y quitarse un EPI. Se practican simulacros, se montan cápsulas de aislamiento y estaciones de descontaminación, pero también se atienden pacientes durante todo el año. «Para hacer esto bien tienes que haberte puesto y quitado el traje mil veces, pero también tienes que haber cogido vías a pacientes normales millones de veces», comenta Membrillo. Hacerlo después con tres pares de guantes, calor, peor visibilidad y bajo la presión del riesgo es otra historia. Una preparación continua, además, para situaciones que quizá nunca lleguen a suceder. «Como hospital militar tenemos muy interiorizado que hay que entrenar y formarse para cosas que no forman parte del día a día y que a lo mejor no pasan nunca», añade el coronel. Para la comandante médico y coordinadora del equipo PROA del hospital, Tatiana Mata, esa excepcionalidad es precisamente parte del atractivo. «Te da una experiencia a la que el resto de facultativos no está habituado. Siempre digo que es un lujo trabajar aquí». Ese «lujo» profesional, sin embargo, no equivale a sentirse expertos. Desde que la unidad abrió en 2015 han acumulado más casos que ningún otro centro español de fiebre hemorrágica de Crimea-Congo , ocho hasta ahora, pero Membrillo pone la cifra en perspectiva: « Ocho pacientes no son nada . Si cualquiera quisiera que un cirujano cardíaco le operase el corazón, querría que hubiese operado muchos más de ocho corazones». Y remata: «No tengo ningún miedo a decir que seguimos siendo unos novatos. Aunque los resultados de los pacientes que hemos atendido hayan sido muy buenos». El ejemplo más reciente llegó con la crisis del hantavirus a principios de mayo. Curiosamente, una semana antes, esta unidad había ensayado un escenario en el que un barco llegaba a Mallorca con varios contagiados y un fallecido. Después llegó el caso real. «Fue muy llamativo porque el contexto era tan parecido que pensábamos: ‘no puede ser verdad’. Luego la realidad superó con creces al simulacro», recuerdan Mata y Fernández-Cano. A la complejidad clínica y mediática se sumó la emocional. Al inicio, los 14 contactos del hantavirus permanecían aislados y convivían con la incertidumbre de no saber si acabarían desarrollando la infección . «Una cosa es tener enfermos y otra tener personas aparentemente sanas, pero muy asustadas», explica Mata. El acompañamiento se volvió entonces casi tan importante como la vigilancia médica: hablaban con ellos a diario, les llevaban regalos de los familiares o hacían videollamadas en sus libranzas. «Estaban allí con sus problemas, sus dificultades y sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo. Teníamos que ser el brazo en el que se pudieran apoyar, por encima de nuestro descanso», reconoce. En esas condiciones, añade, la empatía resulta fundamental. «Pasan horas y horas dándole vueltas a algo que saben que es muy grave y que tienen muchas posibilidades de morir . Estar un rato con ellos y dejar que te cuenten su vida les entretiene y les ayuda». La situación se complicó todavía más cuando, sin haber terminado de atender al segundo paciente con hantavirus, tuvieron que ingresar a otro con fiebre hemorrágica de Crimea-Congo. Dos enfermedades distintas, dos equipos de protección diferentes y la obligación de evitar cualquier contaminación cruzada. « Es la situación más compleja a la que nos hemos enfrentado nunca . Hasta donde nosotros sabemos, es la primera vez que se ha hecho algo así en una unidad de aislamiento de alto nivel», asegura Membrillo. No obstante, pese a la aparente calma con la que trabaja la UAAN en estos momentos, «sienten» que tienen una nueva amenaza a la vuelta de la esquina. El brote de ébola en África declarado en mayo y con 4.500 muertos preocupa especialmente a la unidad. «Es una enfermedad con una mortalidad altísima, un periodo de incubación largo y el riesgo de transmisión por contacto es muy alto», advierte Membrillo, mientras recuerda al médico francés infectado con ébola este verano. La red española está hoy mucho mejor preparada que en 2014, indica el coronel, pero persiste una dificultad esencial: ante determinadas variantes no existen tratamientos de eficacia demostrada y cualquier error durante la atención puede traducirse en un contagio. «Nuestra filosofía es localizar los casos lo antes posible, aislarlos y evitar que un contagio se convierta en un brote . Porque estas unidades no están concebidas para atender decenas de enfermos simultáneamente, sino para como búnker para impedir llegar a esa situación», reafirma Membrillo. Mantener esa misión exige profesionales preparados y, sobre todo, conservarlos. Actualmente la unidad cuenta con nueve médicos y alrededor de 18 enfermeros de plantilla, mientras que unas 200 personas del hospital disponen del curso necesario para incorporarse cuando se activa. «La dificultad es mantener a la gente» , resume Mata. Membrillo habla de un problema de reconocimiento. «Somos la UME de la sanidad militar», afirma, pero esa dedicación no lleva aparejado un reconocimiento especial en la carrera militar ni complementos económicos. Después de varios veranos entrando en habitaciones de alto riesgo, el reto es evitar que esos profesionales busquen destinos donde puedan tener una vida más tranquila. En el caso de los médicos añade otra reivindicación: España continúa sin una especialidad propia de enfermedades infecciosas, «el único país en esta situación en toda la UE» , remarca el coronel. «Nos cuesta mucho encontrar gente con el perfil y, una vez que llega, tenemos que formarla durante mucho tiempo para convertirla en lo que creo que somos: especialistas en enfermedades infecciosas, pero sin un título que lo reconozca», lamenta. Por el momento, su recompensa se mide en pequeños gestos. A veces es una carta, una fotografía meses después o un regalo enviado de un paciente que, ante todo pronóstico, salió con vida de la unidad . Fernández-Cano recuerda especialmente a un paciente de 70 años de Crimea-Congo que pasó semanas ingresado muy grave. Cumplió años dentro y decoraron su habitación para felicitarle. Incluso, con autorización médica, le llevaron un pequeño trozo de tarta. «Cuando finalmente recibió el alta, le hicimos un pasillo hasta la puerta donde su mujer le esperaba al otro lado. Lloré mucho cuando se fue», reconoce, y añade: «Cuando ves que has conseguido que vuelvan a su vida piensas: ‘Qué orgullosa estoy de mi trabajo’». En una unidad construida para que nada salga de ella, quizá esa sea la única excepción que todos esperan: que el paciente sí pueda hacerlo.

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