Publicado: septiembre 16, 2026, 10:25 am
El intestino es un ecosistema complejo donde, con suerte, se establece un delicado equilibrio entre las bacterias y los virus encargados de mantenerlas a raya, conocidos como bacteriófagos o simplemente fagos . En condiciones normales, cada especie bacteriana convive de forma pacífica con su propio conjunto de virus asociados. Sin embargo, cuando un patógeno externo entra en escena, carece de fagos específicos para neutralizarlo, lo que deja vía libre a la infección. Para cuando el organismo se da cuenta, ya es demasiado tarde, el paciente ha enfermado y los fagos disponibles no logran plantar cara las bacterias invasoras. Pero, ¿y si los virus intestinales pudieran prepararse de antemano para emboscar al patógeno justo en el momento en que ingresa por la boca? Esta es la premisa de la que partió el equipo dirigido por Bryan Hsu, investigador en la Universidad Virginia Tech. Su equipo acaba de demostrar que es posible establecer este escudo profiláctico utilizando una cepa modificada y no patógena de la bacteria ‘E. coli’ . En su experimento, esta bacteria actuó como un guardaespaldas microscópico capaz de proteger con éxito a un grupo de ratones frente a una infección oral por salmonela. Los resultados de este trabajo pionero se acaban de publicar en la revista científica ‘ Nature Microbiology ‘. Los bacteriófagos son virus que infectan exclusivamente a las bacterias y resultan completamente inofensivos para humanos y animales. Sin embargo, tal y como explica Hsu, utilizar la terapia con fagos para tratar infecciones intestinales ha sido hasta ahora un reto mayúsculo. «Es un desafío, especialmente en el intestino, porque los fagos y las bacterias tienden a coexistir durante largos periodos de tiempo», señala el investigador. Esta convivencia impide alcanzar la alta proporción de virus que se requiere para fulminar una nueva infección bacteriana. Además, una vez que el patógeno se instala en el tracto digestivo, a menudo se esconde en la mucosa o en las propias células del paciente, volviéndose inaccesible para los virus, que flotan libremente pero sin lograr penetrar en las trincheras de la infección. Para sortear estos obstáculos, los científicos decidieron convertir a una bacteria (inofensiva) en un caballo de Troya. Modificaron genéticamente la ‘E. coli’ para que transportara en su interior un bacteriófago diseñado para infectar única y exclusivamente a la salmonela . De este modo, se garantizan que el arma biológica apunte directamente a la diana correcta sin alterar el resto del ecosistema intestinal. Habitualmente, el virus capaz de aniquilar a la salmonela permanece latente en el propio genoma de esta bacteria. Lo que hizo el equipo de Hsu fue trasladar este fago al interior de la ‘E. coli’. Una vez que esta bacteria aliada se asienta en el intestino, actúa como una fábrica capaz de aniquilar automáticamente a la salmonela mediante un proceso destructivo llamado lisis: al «romper» las células de la salmonela, se multiplica vertiginosamente el número de fagos dispuestos a seguir combatiendo la amenaza. Sin embargo, la salmonela no es un enemigo fácil. Por lo general, es una bacteria capaz de detectar el ADN de este tipo de virus y bloquear de inmediato su replicación. Para evitar que el patógeno se defendiera, los investigadores lograron disfrazar su arma. «Pudimos engañar a la salmonela para que pensara que el fago procedente de nuestra ‘E. coli’ no era un cuerpo extraño, añadiendo un gen de la propia salmonela al genoma de la ‘E. coli’», detalla Rogerio A. Bataglioli, investigador en el Departamento de Ciencias Biológicas de Virginia Tech y autor principal del estudio. El resultado es una trampa letal para la salmonela. Cuando el virus generado por la ‘E. coli’ la infecta, se propaga fácilmente en su interior y la destruye. A partir de ahí, todos los nuevos fagos que emergen del cadáver de la bacteria invasora siguen replicándose en una reacción en cadena que acaba erradicando la infección de cuajo. Lo que ocurre en la práctica es que la bacteria buena crea una especie de revestimiento protector en las paredes del tracto digestivo. Así, cuando la salmonela llega tras sobrevivir a los ácidos del estómago, en su momento de mayor vulnerabilidad, se topa con una densidad altísima de virus que la están esperando para matarla. Los investigadores eligieron la salmonela como primer objetivo de su experimento debido a la enorme morbilidad que genera a nivel mundial. Se trata de un patógeno especialmente peligroso para ancianos, niños y pacientes inmunodeprimidos , que además presenta una alta prevalencia de resistencia a los antibióticos y ha sido catalogado como patógeno de alta prioridad por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. A pesar de haberse centrado inicialmente en este microorganismo, el equipo confía en que su trabajo tiene profundas implicaciones para otras enfermedades infecciosas complejas. «Empezamos con la salmonela, pero obviamente la expansión de esta vía con las adaptaciones correctas para atacar a otros patógenos bacterianos sería una ruta muy interesante de explorar», augura Bataglioli, quien subraya que el objetivo no es sustituir a los antibióticos tradicionales en la clínica, sino «tener una opción más en la estantería para combatir las infecciones». La puerta ya está abierta y ha demostrado ser viable in vivo. «Potencialmente podríamos introducir otros fagos ahí dentro para atacar a distintas bacterias», concluye Hsu, anticipando el nacimiento de una nueva generación de tratamientos preventivos personalizados desde las entrañas de nuestro propio microbioma .
