Publicado: julio 5, 2026, 10:23 am
Durante años, tener una televisión en el dormitorio se consideró un símbolo de comodidad. Ver una serie antes de dormir, quedarse viendo una película o utilizar la pantalla como compañía nocturna son hábitos muy extendidos, de esto que incluso coges el sueño y ella sigue encendida parte de la noche. Pero con el paso de los años, cada vez más especialistas en descanso desaconsejan esta práctica por su impacto negativo sobre la calidad del sueño, dejando la televisión en un lugar que no ayuda a dormir bien.
Uno de esos especialistas es Oceanía Martín, psicóloga sanitaria, que asegura que «es muy frecuente escuchar a personas comentar que se lo ponen para poder dormir mejor, que lo tienen de fondo para conciliar el sueño y que no le están prestando atención». Sin embargo, asegura, nuestro cerebro sí lo hace aun sin ser nosotros conscientes de ello.
Lo cierto es que los expertos desaconsejan el uso de la televisión en el dormitorio, ya que la presencia de pantallas en el espacio destinado al descanso altera las condiciones necesarias para dormir bien. Pero no se trata únicamente de la televisión. La mira también sigue puesta en móviles, tabletas y ordenadores, que han invadido también la habitación, convirtiendo el dormitorio en un espacio multifuncional en el que resulta cada vez más difícil desconectar.
El dormitorio es un espacio reservado al descanso
Los psicólogos especializados en sueño defienden que el cerebro establece asociaciones entre determinados espacios y determinadas conductas. Por ello, cuando la cama deja de estar vinculada exclusivamente al descanso y pasa a relacionarse con actividades estimulantes, como ver televisión o navegar por internet, conciliar el sueño puede resultar más complicado.
«Si tienes televisión en la habitación donde vas a dormir, dejarás de tener condiciones óptimas para una buena calidad del sueño«, dice la experta. El dormitorio debería funcionar como una señal para el organismo de que ha llegado el momento de relajarse y prepararse para dormir. Pero la exposición continua a estímulos audiovisuales dificulta este proceso natural.
La tecnologia se ha colado en la cama
Los efectos de las pantallas no se limitan a tardar más en quedarse dormido. Los expertos advierten de que la exposición a la luz emitida por estos dispositivos puede alterar los ritmos circadianos, es decir, el reloj biológico que regula los ciclos de sueño y vigilia. Además, el contenido consumido también influye. Series intensas, películas de suspense, noticias de última hora o incluso la interacción constante en redes sociales pueden mantener el cerebro en estado de alerta cuando debería iniciar la transición hacia el descanso. En este sentido, el problema no es únicamente cuánto tiempo se dedica a las pantallas, también el tipo de estimulación que generan antes de acostarse.
Pero también es cierto Marta Calderero, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, desvela que «con el surgir de las ‘tablets’, se ha estudiado que la televisión no es tan perjudicial como tener tu teléfono móvil junto a ti los minutos previos a irse a dormir'». Al parecer, la cercanía en la que colocamos estos aparatos y el tiempo que les dedicamos antes de dormir es mucho peor que la televisión. ¿El motivo? La televisión, en varias ocasiones, sirve como vía de escape cuando la mente empieza a ponerse en situaciones que generan estrés y, con total seguridad, dormir va a ser tarea complicada.
Mejorar la higiene del sueño
Los expertos recomiendan recuperar el dormitorio como un espacio destinado principalmente a dormir. Entre las medidas más eficaces destacan retirar la televisión de la habitación, evitar el uso del móvil durante los minutos previos a acostarse y establecer rutinas relajantes que indiquen al organismo que es hora de descansar. Leer un libro en papel, practicar ejercicios de respiración o mantener horarios regulares de sueño pueden contribuir a mejorar el descanso nocturno. «El tiempo antes de dormir debe ser sosegado para ser capaces de regular nuestras emociones», concluye la psicóloga Elisa García.
