Publicado: abril 26, 2026, 6:00 am
Los días 18 y 19 de abril de 1956, Mónaco fue escenario de una de las bodas más recordadas del siglo XX, la de Grace Kelly y el príncipe Rainiero III. Seguido por televisión por más de treinta millones de personas (fue la primera boda real en transmitirse al mundo entero), con mil quinientos reporteros y fotógrafos que dejaron testimonio de la llegada de los seiscientos invitados que participaron de la ceremonia religiosa (en la celebración que tuvo lugar en palacio la cifra aumentaría a mil quinientos), el enlace era el cuento de hadas hecho realidad: una estrella de Hollywood se casaba con un príncipe reinante. A setenta años de aquel “sí, quiero” legendario, repasamos en detalle el casamiento que cambió la historia del principado.


AMOR EN LA COSTA AZUL
Se habían conocido el año anterior, cuando la actriz asistió al Festival de Cine de Cannes para presentar su película La angustia de vivir, por la que ganó un Oscar. Pierre Galante, periodista de Paris Match, amigo del príncipe y marido de Olivia de Havilland, hizo de celestino: logró un encuentro en el Palacio Grimaldi al que Raniero llegó cuarenta y cinco minutos tarde. Después de esa cita, Grace volvió a Estados Unidos, y durante varios meses mantuvieron una relación por teléfono y por cartas, que terminó cuando el príncipe viajó a Filadelfia para pedir su mano, en enero de 1956. Era la segunda vez que se veían (Raniero encargó el anillo de compromiso a Cartier, que tenía un valor estimado de cuatro millones de dólares de la época, equivalentes a más de treinta y ocho millones de hoy).

El anuncio se hizo en una rueda de prensa en la casa familiar de la novia, e inmediatamente se desató una fiebre por Grace que no se apagaría jamás. Así, el 4 de abril, la futura princesa de Mónaco partió de Nueva York en barco a su nuevo destino, con un séquito de ochenta personas, cuatro baúles etiquetados como “Grace Kelly, The Palace, Mónaco”, setenta valijas, veinte sombrereras y un caniche.

“SÍ, QUIERO”
Ese fin de semana, Mónaco amaneció cubierto de banderas y se agotaron las reservas de champagne del Hôtel de París antes de que comenzara la ceremonia civil, que se celebró el 18 de abril en el Salón del Trono del Palacio del Príncipe, frente a ochenta invitados. Para la ocasión, la novia eligió un traje de Helen Rose –la misma que se encargaría de confeccionar el mítico vestido de novia– de chaqueta y falda de ligero vuelo en rosa suave, que acompañó con guantes de piel, zapatos de taco alto y un tocado con flores. Tras la boda civil, fue el momento de la gran gala en la Ópera de Mónaco y, al día siguiente, llegó el esperado “sí, quiero” en la catedral de San Nicolás que, decorada con enormes ramos de lilas y lirios, explotaba con los setecientos invitados que fueron parte del evento que puso al principado en boca de todos (entre los que estaban Cary Grant, Aristóteles Onassis, Ava Gardner, Conrad Hilton y Gloria Swanson. No hubo representación de casas reales a excepción del rey Faruk de Egipto).

Grace, bellísima con un vestido hecho en encaje antiguo, tafetán, tul, seda y cientos de perlas bordadas a mano, que demandó el trabajo de más de treinta costureras durante seis semanas (fue un regalo de la Metro y costó sesenta mil dólares), no llevó tiara real y, en su lugar, lució una pieza de estilo Juliet cap, adornada con encaje y una diadema de flores de azahar, a las que sujetaba un velo de tul de casi un metro de largo (como toque final, la novia sumó unos pendientes de perlas con diamantes que pertenecían a su familia). Nerviosa, llegó al altar acompañada de su padre, John Kelly, antes que Raniero III, quien vistió un uniforme militar que él mismo diseñó para la ocasión. La ceremonia fue oficiada en francés por el obispo Gilles Barthe y representó para Mónaco la mejor publicidad posible. Y su soberano consiguió lo que quería: que el planeta entero mirara hacia el Peñón.


Convertidos en marido y mujer, los príncipes subieron al RollsRoyce oficial para pasear por las calles de Montecarlo y, durante el camino, pararon en la iglesia de Santa Devota, patrona de Mónaco, donde la princesa ofreció su ramo de novia. Hubo una recepción oficial en palacio para los invitados, en la que se sirvió caviar, langosta fría y, al final, se cortó una torta de bodas de seis pisos y noventa kilos. Terminadas las celebraciones, Grace y Raniero dieron comienzo a su luna de miel: un crucero de siete semanas por el Mediterráneo a bordo del Deo Juvante II, regalo de bodas de Aristóteles Onassis.





Desde el punto de vista de las relaciones públicas, esa unión fue un exitazo: el principado y Grace pasaron a ser sinónimos. Con su red de contactos, que incluía celebridades norteamericanas y europeas, la flamante princesa transformó la Gala Anual de la Cruz Roja, el Baile de la Rosa y el Gran Premio de Fórmula 1 en eventos de alta exposición y, en muy poco tiempo, Mónaco triplicó sus visitantes, dejó de depender del casino de Montecarlo y pasó de ser un lugar vinculado al juego que la gente no podía ubicar en el mapa a convertirse en un destino de cine donde los cuentos de hadas se hacían realidad.


Grace murió el 14 de septiembre de 1982 en un accidente de auto, a los 52 años. Raniero jamás se volvió a casar.
