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“El único material que podía tocar”: vivía para su profesión hasta que un químico tóxico la empujó a empezar de nuevo

Publicado: septiembre 9, 2026, 6:00 am

Ulises, agotado después de años de naufragios y batallas, se repetía dos palabras para no rendirse ante la furia: aguanta, corazón. La frase aparece en el canto veinte de la Odisea, cuando el héroe, disfrazado de mendigo en su propia casa, contiene el impulso de estallar y espera el momento justo para actuar. Miles de años más tarde, esa misma frase le dio nombre a un proyecto artístico nacido en Buenos Aires, en el cuerpo y en las manos de una mujer que tuvo que aprender, casi a la fuerza, a esperar, a resistir y, finalmente, a crear de nuevo. Gabriela Gruszko pasó buena parte de su vida adulta entre oficinas, reuniones y planillas, hasta que un químico irrumpió en su rutina y la obligó a reconstruir, desde los cimientos, una identidad entera.

“El arte es meditación en movimiento, el arte cobija”

En su casa no sobraban los recursos ni la atención. Sus padres se separaron cuando ella tenía dos años y desde chica tuvo que arreglárselas con lo que había, en todos los sentidos. Esa escasez, dice hoy, “terminó afilando una curiosidad y una sensibilidad que encontraban material para crear en cualquier parte. Todo podía ser apto para algo”, resume. A los diez años entró a un local que vendía alfombras y empapelados, pidió los muestrarios viejos, consiguió unas cajas de cartón y con un poco de témpera armó una casa de muñecas entera. El modelado llegó por ese mismo camino, primero con plastilinas de la escuela, después con un paquete de crealina que le pidió a su madre cerca de una Navidad. Con telas, cartones, paja de escoba y papel tissue armó su primer pesebre. Tenía ocho años y todavía recuerda la emoción de terminarlo. “El arte es meditación en movimiento, te transporta y te transforma, el arte cobija -describe-. Es como si me sumergiera en una especie de vientre, me siento abrigada, plena, existiendo como corresponde que exista”.

La dificultad de Gabriela Gruszko fue encontrar un material que pudiera tocar sin que le produjera problemas de salud

“No había un equilibrio entre mi persona, la mujer, y la mamá”

Fue madre joven y debió hacerse cargo sola de su hija. Necesitaba un trabajo que le permitiera sostenerla y que además fuera rentable, y esa necesidad la llevó al ámbito corporativo, donde construyó una carrera de años, con distintos puestos y responsabilidades crecientes. La jornada se estiraba entre el trabajo y la crianza, sin espacio de por medio. “No había un equilibrio entre mi persona, la mujer, y la mamá”, cuenta. Durante mucho tiempo se convenció de que ese ritmo estaba bien, aunque algo, dentro suyo, pedía otra cosa.

En marzo de 2025 alquiló un PH en Vicente López. La primera noche sintió un olor intenso que no la dejó dormir adentro y pasó horas en el patio, hasta que una tormenta la obligó a entrar. Al día siguiente le avisó al dueño, que negó cualquier problema con los materiales de la vivienda. Los días siguientes trajeron sarpullidos, una conjuntivitis sin causa aparente, ardor en la nariz y en la boca, y una inflamación en el pecho que crecía de forma sostenida. Un profesional de la construcción, consultado ante la falta de respuestas, dio con el diagnóstico casi de inmediato: ácido muriático, un químico altamente tóxico que impregnaba el lugar. Ocho días de exposición fueron suficientes para destrozar su salud. “Cada crisis es como un bombardeo -describe-. Empieza con un ardor y un entumecimiento externos, después la sensación de inflamación se mete para adentro y todo el cuerpo se empieza a quemar, literal, como si se incendiaran los órganos, las manos, los pies, la garganta. Con que pase una persona perfumada cerca, el humo de los autos, pasar por una vereda que estén baldeando, o la góndola del supermercado con productos de limpieza o perfumería, ya es terrorífico”.

Un nombre para el dolor y la búsqueda de otros casos

Vinieron después infinidad de médicos, internaciones, un aislamiento cada vez más estricto y una denuncia que quedó desoída en la fiscalía de Vicente López. Pasó semanas durmiendo sentada, bajo el efecto de corticoides, antihistamínicos y calmantes potentes, apenas consciente, tratando de sobrevivir al dolor más que de entenderlo. En medio de esa incertidumbre llegó a pensar que prefería no seguir viviendo así. “Pasé de ser una mujer fuerte e independiente a tener que vivir con mi madre, encerrada, primero en un balcón porque no podía siquiera entrar en la casa, y luego en una habitación para poder ser asistida por ella en el día a día”, cuenta. Debió cambiar hasta el jabón con el que se lavaba y cortarse el pelo bien corto, porque la tintura que usaba le quemaba la cabeza y la nuca. “Todo podía ser una amenaza”, indica.

Una madrugada, durante una de sus internaciones, apeló a lo que le quedaba de instinto de supervivencia y se puso a buscar en internet, convencida de que no podía ser la única persona en el mundo con esos síntomas. Varias horas después dio con un paper que describía, casi palabra por palabra, lo que le estaba pasando. Ese hallazgo la llevó a publicaciones extranjeras y finalmente a un nombre: Síndrome de Hipersensibilidad Química Múltiple. También encontró, en una nota, a una especialista argentina que hoy sigue su caso.

“Busqué arcillas naturales, sin horno, que no representaran un riesgo para mi salud”

La necesidad de volver a crear no llegó de golpe, sino como un impulso que el cuerpo empezó a pedir antes que la cabeza lo decidiera. “Investigué distintas masas y masillas hasta encontrar arcillas naturales, sin horno, que no representaran un riesgo para mi salud -explica-. Encargue un pan de prueba y tardé varios días en animarme a abrirlo. Cuando por fin lo hice, salí al patio abrigada por el frío, pellizqué un pedazo y empecé a formar una bolita entre las palmas. El miedo convivía con el gesto, pero la bolita fue tomando forma hasta convertirse en un cactus de apenas tres centímetros. Lloraba mientras lo moldeaba. A partir de ese día nunca más paré. Había encontrado mi voz en mis manos. Pude jugar, había vuelto a mi refugio”.

De esa primera pieza en adelante llegaron figuras que apelaban a la nostalgia (fauna marina, gauchos, personajes de su infancia) y más tarde dioramas, esos pequeños cuadros en miniatura que invitan a quien los mira a habitar la escena propuesta. Pero hay una obra puntual que le dio nombre al proyecto entero. Se llama “Aguanta Corazón” y es un busto con el pecho abierto, donde queda expuesto ese órgano. “La protagonista -señala- no tiene boca, porque no puede expresar todo el dolor que siente, aunque en su piel, pintada a mano alzada, parece esa escena de la Odisea con la frase que Ulises se repetía para no quebrarse. Cuando se encuentra prácticamente derrotado, encuentra en esas dos palabras la inspiración para seguir, y eso es un poco lo que a mí me dio el arte en este momento de mi vida, la inspiración para seguir adelante.

Otra idea de triunfo: “Levantarme cada mañana sin sufrir”

La palabra éxito para entonces ya no significa lo mismo que antes. Durante años estuvo asociada a puestos, ascensos y metas cumplidas dentro de una oficina. “Hoy -resume-, tiene que ver con algo mucho más simple. Para mí es levantarme cada mañana sin sufrir. Es tan lento mi proceso de sanación que cada segundo es realmente un instante -describe-.”La visión del tiempo cambia drásticamente cuando estás en una cama”. Su hija y su compañera (contorsionista, acróbata y payasa) funcionan como sostén cotidiano en un proceso que sigue siendo lento y que todavía no le permite volver del todo a la calle. Cada pieza, mientras tanto, nace más de una necesidad de expresarse y que pueda ofrecer un mensaje puntual. ”Se lo propongo a quien la observa, como una invitación a resignificarla y hacerla propia”, sugiere. A quienes empiezan a transitar un diagnóstico similar, o cualquier condición poco conocida que nadie termina de entender, les deja una idea simple, casi un mandato: “investiguen, no se rindan, confíen en lo que el propio cuerpo expresa, aunque el resto del mundo tarde en encontrarle un nombre”.

Bufio y Bombina, dos de los personajes de su creación

En algún punto de la Odisea, el héroe logra sostenerse hasta que llega su momento. La escultura que resume el proyecto de Gabriela no tiene boca, pero no le hace falta. El corazón, expuesto, ya dice lo que las palabras no alcanzan a nombrar.

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