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El raro diablo que no quiere pactar

Publicado: junio 24, 2026, 3:00 am

Silenciadas las armas, llega a Oriente Medio la hora de pactar. No es, desde luego, un camino de rosas el que se abre a ninguno de los protagonistas. Al régimen de Irán no hay que creerle una sola palabra de lo que dice. Al presidente Trump… ¡Caramba! ¡Qué coincidencia!

Netanyahu, el tercero en discordia, está en una situación particularmente difícil porque el 92% de los israelíes —una cifra que publica estos días el Times of Israel, poco sospechoso de antisemitismo— cree que esta guerra la ha ganado Irán; y su primer ministro, que fiaba su posible reelección a la derrota de su enemigo jurado, ni siquiera ha conseguido un asiento en la mesa de los mayores.

No sé lo que hará el lector durante los 60 días que se han dado Irán y los EEUU para negociar el fin de la guerra pero, más allá de la inevitable apertura del estrecho de Ormuz y de los puertos iraníes, yo no me voy a creer ninguno de los acuerdos a los que lleguen o finjan llegar los representantes de ambos bandos. Son nuestras obras las que nos definen, y Teherán tenía hasta hace muy poco un programa nuclear bastante avanzado, a salvo de los ojos de los inspectores de la ONU. Trump, por su parte, ha atacado a Irán dos veces en el último año mientras negociaba con ellos para mantenerlos distraídos.

En esas condiciones tan extremas, ¿por qué Washington y Teherán se resignan a pactar con el diablo? Porque no tienen nadie mejor con quien hacerlo. En la rueda de prensa que celebró hace unos días en los pasillos del G-7, un Trump desconocido se quitó la careta y reconoció que la guerra le había salido muy cara —hasta 700 millones de dólares al día, dijo él, y se quedó muy corto— y que las reservas de armamento sofisticado no iban a durar para siempre. Dijo también —y esto es otra novedad— que él no podía dejar que murieran de hambre 91 millones de iraníes y que destruir las instalaciones petrolíferas de su enemigo llevaría al mundo a una depresión. La única alternativa —y eso no lo dijo él, sino yo— era sentarse con el diablo y construir un relato de victoria con los mimbres que consiga acordar y alguno otro que cada bando incluirá por libre, a pesar de las protestas del contrario. Ya vendrá otro presidente que, como hizo él mismo con los acuerdos de Obama, lidie con las consecuencias.

Por desgracia, la falta de transparencia informativa del régimen de los ayatolás impide que conozcamos los razonamientos concretos que han llevado a los iraníes a sentarse a la mesa del que para ellos es el Gran Satán; pero no serán muy diferentes de los de Trump. A nadie le interesa una guerra eterna.

¿A nadie? Bueno, siempre está Vladimir Putin para desmentirnos. Después de cuatro años y cuatro meses de Operación Especial, el dictador ruso no quiere una mesa de negociaciones, sino la capitulación de un enemigo al que ni siquiera ha conseguido derrotar. Como Trump y los ayatolás, Putin podría fingir una victoria que, aunque no se alcanzara ninguno de los objetivos declarados de la guerra, sería aplaudida por la mayoría de los rusos, ya fuera por alivio o por miedo a las cárceles del régimen. Pero elige no hacerlo y solo ofrece a su enemigo una rendición incondicional que condenaría al pueblo ucraniano —que gozó de los mismos derechos que el ruso en la Unión Soviética, incluido un asiento propio en la ONU— a una suerte de esclavitud política impropia del siglo XXI.

¿Cree todavía Putin que puede ganar «su» guerra en Ucrania? Él es malvado, pero no estúpido. Seguramente habrá habido momentos en los que sus generales le pintaron de rosa la situación en el frente… pero la campaña ya ha rebasado la duración de la Primera Guerra Mundial. Pocos creen ya que Rusia tiene la victoria al alcance de la mano y no se llega a dictador de una gran potencia estando en la inopia. Lo que le ocurre a Putin es que teme más a la paz que a la guerra, teme más a la indiferencia del pueblo ruso que a su posible ira, porque esta última —no en vano fue agente de la KGB— la sabría controlar. No ignora el dictador que, cuando acabe la guerra, tendrá que abrir sus fronteras al mundo y que, cuando lo haga, no podrá evitar que sus súbditos se den cuenta de que está tan desnudo como el emperador del cuento. Puestos a elegir, él prefiere pasar a la historia como el raro diablo que no quiso pactar.

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